Martin Heidegger

Nació en Messkirch el 26 de septiembre de 1889. Es el más cé­lebre de los filósofos alemanes contemporá­neos, y, sin duda, el más importante. Ha llevado a cabo casi toda su actividad uni­versitaria en la Universidad de Friburgo de Brisgovia. Sus primeras obras giraban en torno a la escolástica, que ha influido nota­blemente en toda su labor. Fue también, asimismo, discípulo de Edmund Husserí (v.); en los Anales de filosofía y de inves­tigación fenomenolócica [Jahrbücher für Philosophie und phänomenologische Fors­chung], que este último iba publicando des­de 1919, aparecieron los grandes estudios en los que su pensamiento encontró una forma propia: El Ser y el Tiempo [Sein und Zeit, 1927, v.] y De la esencia del fundamento [Vom Wesen des Grundes, 1929, v.].

Esta segunda obra marca el final de su colabora­ción en los Jahrbücher: Husserl, para quien la fenomenología es un método verdadera­mente científico y perfectamente riguroso, no comprendía la naturaleza específicamente metafísica de la ambición y la investigación de H. Sein und Zeit es una obra de gran trascendencia que pretende superar, en una nueva descripción de la realidad humana, la oposición, perpetuada en la historia de la filosofía, entre los caracteres ontológicos (la caída, el encadenamiento, el devenir) y los gnoseológicos (la subjetividad, la natura­leza inmanente que tiende a convertirse en trascendente) de la filosofía misma. Además, el hombre, la «Dasein», es considerado no ya simplemente el objeto de la filosofía clási­ca, sino un ser-en-el-mundo (In-der-Welt-Seint), una «existencia», que, en calidad de tal, comprende el ser. H. estudia las grandes categorías de esta existencia a través de ciertos sentimientos fundamentales que el método fenomenológico le permite captar en su esencia: la inquietud, el cuidado, la an­gustia, la muerte, etc. Singularmente la angustia es la manera de ser que manifiesta la nulidad de todas las cosas; aquélla, pues, salva a la existencia de la dispersión en éstas, y permite el cuidado (Sorge), posibilidad de existencia auténtica.

En tales descripcio­nes existenciales H. alcanza la verdad más poderosa, y también, y quizá sobre todo, la mayor belleza, por cuanto puede colocar al servicio de su pensamiento un lenguaje in­tenso y original, caracterizado por la confianza del filósofo en las palabras, y en la etimología y las relaciones de las mismas, consideradas como necesariamente signifi­cantes. H. cree que los vocablos contienen una verdad oculta, y que algunos de ellos, como por ejemplo, la palabra griega «physls», poseen incluso un valor metafísico que nos supera y que sólo podemos descubrir parcialmente. Sein und Zeit había de abar­car dos tomos; el segundo, empero, que el autor dice haber escrito, no ha sido nunca publicado. En ello cabe vislumbrar una manifestación de las dificultades encontra­das por el filósofo en la realización de su plan fundamental destinado a la formula­ción de una ontología, pero asimismo el primer anuncio de las reflexiones que H. llevaría a cabo poco después acerca de la imposibilidad de la metafísica. En 1929 pu­blicó su conferencia ¿Qué es metafísica? (v.), en la que estudia el problema de la nada, que se convierte en la cuestión fundamental de su metafísica.

En 1930, en una conferencia sobre La esencia de la verdad [Vom Wesen der Wahrheit], sometió, efecti­vamente, el problema de la verdad a un nuevo y más profundo examen. Como en Sein und Zeit, su punto de partida es la vida cotidiana; sin embargo, la conclusión resulta aquí más pesimista en cuanto a las posibilidades del hombre para alcanzar la verdad. Según el filósofo, la metafísica, in­dudablemente, nos libera, porque permite comprender nuestras propias tinieblas; no obstante, permanece entre el mundo disfra­zado del sentido común y el auténtico del Ser. En resumen, pues, no puede revelarnos este último, y queda limitada a cumplirse en el hombre como una especie de destino es­piritual, cual la manifestación del misterio. La conferencia en cuestión no fue publicada hasta 1943. Mientras tanto, H. viose envuel­to en los graves problemas que el hitlerismo planteó a los intelectuales alemanes. En 1933, cuando el partido nazi iba adueñándose del poder, llegó a rector de la Universidad de Friburgo. Aun cuando obtuviera este cargo por la voluntad de sus colegas y no mediante un decreto gubernativo, es también cierto que muy pronto adhirióse al partido; a él, por su calidad de rector, correspondió noti­ficar a Husserl, que era judío, su exclusión de la Universidad.

Abandonó el cargo en febrero de 1934, pero no adoptó nunca una actitud opuesta al nuevo régimen, lo cual, sin embargo, no le ahorró violentos ataques ni frecuentes censuras. Resulta inevitable preguntarse si la ideología de H. es respon­sable de sus desviaciones políticas. Cabe, empero, admitir que los elementos existencialistas de su filosofía aparecen diametral­mente opuestos al nazismo, entre cuyos adversarios más hostiles hallaron una gran acogida. Después de la guerra la fama de H. se hizo internacional. Publicó Los senderos perdidos del bosque [Holzwege], y, más recientemente, una Introducción a la filoso­fía [Einführung in die Philosophie, 1953]. Durante los últimos años ha renovado tam­bién la crítica de la poesía de Hölderlin [Erläuterungen zu Hölderlins Dichtung, 1951] y los puntos de vista tradicionales acerca de los presocráticos, singularmente de Parménides.

J. Duval