Mario Rapisardi

Nació en Catania el 25 de febrero de 1844 y murió en la misma ciudad el 4 de enero de 1912. Educado en una atmósfera rígidamente religiosa, se rebeló contra ella con tal apasionamiento que determinó la conversión de su espíritu hacia toda manifestación positivista, muy corriente en su tiempo por lo demás. Una grave desventura conyugal lo llevó a la dolorosa separación de su mujer, Giselda Foianesi, enamorada, aun antes de su matrimonio con Rapisardi (que, a su vez, tenía relaciones con la condesa Lara, v.) de G. Verga. Este triste episodio provocó en Rapisardi una crisis de pesi­mismo sentimental que debía resolverse con una renovada profesión de ateísmo y de claro espíritu iconoclasta. De este modo pasó de una posición evidentemente leopardiana a apasionadas invectivas anticris­tianas, a pesar de la consoladora amistad de Amelia Poniatowski Sobemich, una noble rusa unida a él para toda la vida.

Profe­sando después un socialismo anarcoide, lo exaltó de un modo ardiente en sus obras más significativas, no logrando sin embargo entusiasmar a un público vasto, excepto el grupo de sus discípulos sicilianos. En 1881 una disputada polémica con Carducci lo llevó al campo de la crítica, tras una poco respetuosa alusión al mismo Carducci en Lucífero (v. Lucifer). Éste lanzó contra él una andanada de insultos y lo definió como «árcade ruin sujeto, un tenorzuelo de pro­vincia». La refriega literaria terminó con la sátira que Olindo Guerrini y Corrado Ricci compusieron agudamente sobre el Júpiter (v.) de Rapisardi, apuntando más a la vida cultural italiana que al mismo Rapisardi También en política desilusionó Rapisardi, a sus partidarios cuando, a propósito de las famosas reunio­nes de 1890, predicó una preparación revo­lucionaria más adecuada.

Sobresalen entre sus obras los Epigrammi (1888) y L’asceta e altri poemitti (1902), en los que el espíritu exaltado del poeta se suaviza en la visión de pequeños cuadros de vida. Entre las más conocidas figuran: La Palíngenesi (1868) en la que defendió con ardor de iniciado un futuro acuerdo entre fe y progreso, en nom­bre de una reforma religiosa, y las Ricordanze (1872). La crisis de ateísmo le inspiró el Lucífero (1877), que exalta la pura razón humana y Giustizia (1883) en la que cantó Rapisardi la ideología socialista.

En el Job (1884, v.) naturalismo y pesimismo se funden en una visión blasfema, y en fin la Atlantide, indudablemente mal compuesta, sólo es una alegoría huera y fría. Merecen una alu­sión final las Poesías religiosas (1887, v.) por la profesión de fe positivista conver­tida aquí casi en religión. Fue llamado por sus coterráneos el Lucrecio moderno y de Lucrecio tradujo notablemente el poema, así como algunos fragmentos de Horacio y de Catulo. Tradujo, en fin, de Shelley el Prometeo libertado.

N. Rellini Lerz