Mariano José de Larra

Crítico y es­critor español y figura destacada de su tiempo. Nació en Madrid el 24 de marzo de 1809  y murió en la misma capital, de manera trágica, el 13 de febrero de 1837. Se crió en la capital de España, en la Casa de la Moneda, con su abuelo paterno, que vivía en ella. El padre de Larra era médico de pri­mera clase en el ejército de José Bona­parte. Cuando las tropas francesas salieron de España, el médico se marchó con ellos, llevándose consigo al pequeño Mariano José. De paso por Burdeos, el padre dejó al niño en un colegio, trasladándose él a París. En 1817, a raíz de la amnistía pro­mulgada por Fernando VII a favor de los desterrados, el padre de Larra regresó a Es­paña trayendo con él a su hijo. El médico cuidó en seguida de la educación del pe­queño; se preocupó en primer lugar de hacerle aprender bien el castellano, pues el futuro gran escritor, el que había de manejar la lengua con tanta gracia y des­enfado, en los cinco años de estancia en Francia lo había olvidado por completo. El pequeño Mariano José ingresó en el colegio de San Antonio, en el cual estudió cuatro años bajo la dirección de los pa­dres escolapios.

El padre del niño se ha­bía trasladado entretanto a Valladolid. Su condición de afrancesado, con la inseguridad de los tiempos, le decidieron a pasar de allí a Corella, pueblo de Navarra, que parecía ofrecerle más seguridad. Larra dejó el colegio y se trasladó a Corella con su padre. Apenas la situación pareció más segura, regresó el médico a Valladolid, y poco después, en el mismo año en que las tropas francesas entraban en España para afirmar en el trono a Femando VII, Larra, que contaba a la sazón catorce años, ingresaba en el Colegio de Jesuitas de Madrid. En este colegio estudió Matemáti­cas y aprendió las lenguas griega, italiana e inglesa. Siguió después la carrera de Me­dicina pero la dejó al tercer año, prueba de la inseguridad en que se movía sobre su destino, sobre lo que debía ser en la vida. De la Medicina pasó a las Leyes, que estu­dió en Valladolid, a donde se había trasla­dado en 1825, y la carrera de Derecho quedó también sin terminar. En este mo­mento, ocurrió algo en la vida del escritor que tuvo en él una importancia decisiva, pero algo que no ha acabado nunca de acla­rarse.

El hecho se ha atribuido por algunos a desgracias ocurridas en el seno de su familia, a quebrantos tal vez de fortuna; por otros, a desdenes de la muchacha de quien andaba enamorado por aquellos días; se ha dicho por último, y esta opinión ha prevalecido, que Larra, enamorado con locura de una mujer hermosísima y aficionada a los coqueteos, descubrió de repente que esta mujer era la amante de su padre. Sea lo que fuese, es lo cierto que a partir de éste momento se produjo un cambio profundo en el carácter del muchacho. Había sido desde siempre un niño sosegado, estudioso, despierto y de carácter alegre: a partir de aquí se vuelve receloso, triste y reflexivo. Se dice también que en esta época y por primera vez en su vida, se le vio llorar sin consuelo, señalándose en él aquella hi­pocondría de que no había ya de librarse, y causa, al fin, de su trágico destino. Se vio a Larra, de repente, apartarse de su fami­lia. Pidió licencia a su padre para trasladarse a Valencia a continuar sus estudios en aquella Universidad, pero su estancia allí fue muy breve; al poco tiempo, una orden de su padre le hizo volver a Madrid, donde había conseguido para él un empleo en las oficinas del Estado.

Cansóse muy pronto del empleo, y lo dejó, pero conti­nuó en Madrid, sin ánimo ya para prose­guir sus estudios. Larra se dedicó entonces a frecuentar las tertulias de literatos, em­pezó a colaborar en algún periódico, com­puso poesías de ocasión; escribió para el teatro, que también le ilusionaba, y se dedicó a la política, que no dejaba tam­poco de atraerle. En 1828 empezó la publi­cación de una serie de folletos, firmados con el seudónimo El Duende solitario y que fueron apareciendo periódicamente. Estos folletos, con algún otro opúsculo publicado por aquellos días, fueron la primera mani­festación de su actividad en los campos de la literatura y de la política, y a pesar del desprecio que posteriormente hizo de ellos, los que empezaron a darle a conocer entre el público. Sirvieron, sobre todo, para algo más importante: afirmarle definitivamente en el camino de las letras. En el mes de agosto de 1832 empezó Larra a publicar una nueva serie de folletos; aparecieron con el título de El pobrecito hablador y firmados con el seudónimo de Juan Pérez de Murguía. En ellos satirizó Larra sin piedad los abusos, la corrupción de las costumbres, etc. Sus folletos alcanzaron esta vez gran reso­nancia, tanto por la fuerza de sus inven­tivas, como por el tono aparentemente fes­tivo y el desenfado y la gracia de su es­tilo.

Era tanto el favor que merecieron, que la gente esperaba cada vez con mayor im­paciencia la aparición de estos folletos. Muy pronto, y por cuestiones relacionadas con la política del momento, la censura interrumpió aquella publicación. En el número decimocuarto, Larra anunció la muerte de El pobrecito hablador. En la Revista Española, en la cual venía colaborando desde hacía tiempo, empezó a firmar sus escritos con el seudónimo de Fígaro, con el cual había de ser al fin conocido y famoso. En este período alcanzó nuestro escritor el apogeo de su talento; en la Revista Española pu­blicó artículos de crítica literaria y teatral, de costumbres y, hacia el final, de sátira política, que, si no los mejores, fueron, como es lógico, los que le dieron más popula­ridad. Había llegado Larra al punto culminante de su carrera, estaba considerado como el primer escritor, y se relacionaba con lo más destacado de Madrid en todos los órdenes; distinguíanle, en efecto, con su amistad los hombres más importantes, entre ellos el general Castaños y la propia reina.

Parecía que Larra había de sentirse feliz, o cuando menos, satisfecho con su carrera. No había tal; era, por el contrario, desgraciado, y la vida que llevaba de banquetes, de fiestas, de reuniones y francachelas, ocultaba en el fondo una íntima y sombría amargura, que con los días no hacía sino crecer, en la cual las discusiones y disgustos conyugales no serían el motivo menor. Hacía algunos años, todavía muy joven, Larra había contraído ma­trimonio con Josefa Anacleto, perteneciente a familia distinguida. Este matrimonio fue un fracaso, en mucha parte debido al ca­rácter de Larra, pero en parte también a las escasas condiciones que mostró su cónyuge para el hogar; el escritor fue sintiéndose cada vez más despegado de su esposa y de sus hijos. Por este tiempo se había enamorado, no menos locamente — pare­cía el signo de su vida — de una mujer casada, Dolores de Armijo. Esta pasión, lle­vada por Larra sin la menor prudencia, con­sumó la división entre él y su esposa; ésta acabó, en efecto, por abandonar el hogar y dejarle solo con sus pequeños.

En 1835, desesperado por aquel abandono, desespe­rado más aún por los desdenes de su aman­te, agobiado por la soledad, emprendió un viaje; estuvo en Portugal, en Francia, en Bélgica y en Inglaterra, y pudo entonces darse cuenta de la fama que gozaba tam­bién fuera de la península. En todas partes, en efecto, y principalmente en París, fue acogido con las mayores muestras de con­sideración. Vuelto a España, continuó sus colaboraciones. En sus artículos se notaba ahora una cierta moderación en la crítica de las costumbres; también sus ideas habían cambiado, y en política empezó a militar en el partido conservador. Entonces se pre­sentó para diputado. Era jefe del gobierno su amigo el duque de Rivas, y le pareció que la coyuntura era favorable. Salió, en efecto, elegido por Ávila en unas eleccio­nes de moralidad más que dudosa, pero su gozo duró poco. Se produjo en seguida la sublevación de La Granja, las elecciones fueron anuladas y Larra se quedó sin acta y con sus ilusiones por los suelos. Desespe­rado buscó de nuevo a su amante, pero fra­casó y se sintió cada vez más hundido en la desesperación.

Se acercaba el final. Un cambio completo se había producido en sus ideas y ya no simpatizaba con el liberalis­mo, defendido con tanto brío en su juven­tud; ahora lo atacaba, con lo cual se atraía la hostilidad de sus antiguos admiradores y agrandaba su soledad. Las veladas alusio­nes políticas y las reticentes ironías de sus escritos se habían transformado en amarga, en hiriente sátira. El tono era violento, mordaz, y en ellos se percibía una melan­colía creciente, una creciente desesperación. El artículo «El día de Difuntos de 1836», uno de los mejores que salieron de su plu­ma, muestra ya con claridad el estado de su espíritu, pero lo muestra, sobre todo, la «Noche Buena de 1836» escrito el día antes de su muerte. Hasta el final había continuado alimentando su pasión por aquella mujer, pasión que crecía en él con las dificultades. Continuaba escribiéndola carta tras carta. Por fin la dama le hizo llegar un billete anunciándole su visita; ella acu­dió, pero no para una reconciliación, como esperaba él, sino para decirle que renun­ciase a su amor para siempre, ante lo cual no valieron ruegos ni lágrimas. Poco des­pués de haber salido de su casa la dama, el hombre se disparaba un tiro en la sien.

Larra fue, sobre todo, un gran articulista (v. Artículos), pero escribió novelas, teatro, poe­sías y probó sus fuerzas en los géneros más diversos; en todos fracasó, o poco menos, sólo en el artículo encontró su centro y en él mostró verdaderamente sus grandes dotes de escritor. Dentro del artículo descolló especialmente en la crítica de las costum­bres. Tal vez algunos de los que dedicó a temas de política alcanzaron en su tiempo más resonancia; tal vez su popularidad en vida, se cimentó más en ellos que en los otros. El hecho tampoco es de extrañar, dado el clima político y las pasiones del mo­mento. En general, en los artículos políticos se deja sentir con fuerza el paso del tiem­po. No así en los otros, que conservan casi intacta la gracia, la lozanía, el brío y el valor del primer día; en ellos está sin duda alguna el Larra mejor, y en ellos se nos ofrece con su humor sombrío, con su visión dolo- rosa y trágica de la vida, con su gracia, no obstante, y su desenfado; también con aquel anhelo de justicia y de perfección casi desesperado, siempre oculto bajo el rasgo de humor, bajo la anécdota aparentemente festiva, con aquel sentimiento que él resu­mió en una frase de uno de sus artículos, cuando escribía en él, después de un pe­ríodo de inactividad: «Dado de nuevo al mundo y devuelto a mis antiguos y salu­dables hábitos de reírme de todo, por no tener que llorar de todo…» En esta frase está entero el Larra de los artículos.

Fue, ade­más, este escritor, un gran estilista; pocos manejaron el castellano con igual dominio, con tanta gracia y flexibilidad, y por su elegancia de los giros, la propiedad en la elección de los términos, la sobriedad y la riqueza a la vez, por la pureza del léxico, Larra ha quedado como un maestro de la prosa castellana. También en las ideas, en el con­tenido, se muestra con cualidades de excep­ción; capta la nota cómica, el rasgo saliente, descubre lo vano en la inclinación del hom­bre, y en sus costumbres el lado ridículo; pocas veces se han fustigado los vicios, los excesos de los hombres en las costumbres, en las ideas, con tanta acritud, pero a la vez con tanta gracia, con igual desenfado; tampoco con más sinceridad. Su final, el pistoletazo con que selló su breve existen­cia, es prenda para nosotros de cuán ge­nuino era en él este sentimiento.

S. J. Arbó