Manuel Tamayo y Baus

Nació en Madrid el 15 de septiembre de 1829 y murió en esta capital el 20 de junio de 1898. Hijo de acto­res, José Tamayo y Joaquina Baus y Ponce de León, estuvo en contacto con el teatro desde la infancia. Las representaciones de sus padres, las declamaciones particulares y los intentos de dramas llenan los primeros años del futuro dramaturgo. En 1841 repre­sentaban en Granada Genoveva de Bra­bante, adaptación de Tamayo y Baus, que por en­tonces contaba con once años de edad, de un texto francés de Anicet Burgeois. El autor, que ocultaba su nombre, fue obligado a salir a escena. Poco después el precoz dramaturgo representaba en Madrid una re­fundición, esta vez de La doncella de Orleans de Schiller, con el título de Juana de Arco (v.). Al año siguiente, por la compañía de sus padres se estrenaba ya su primer drama El cinco de agosto (1848). En 1849, a los diecinueve años de edad, contraía ma­trimonio con la sobrina del gran actor Isidro Maíquez, María Amalia Maíquez. Durante un período dedica su actividad a readaptar comedias extranjeras, generalmente en co­laboración (con Cañete, Fernández Guerra, su hermano Victoriano). En 1853 obtiene su primer éxito con Virginia (v.), tragedia clá­sica realizada en colaboración con Fernán­dez Guerra.

Siguieron a éstas una serie de obras, las más interesantes de ellas La lo­cura de amor (1855, v.) y La bola de nieve (v.). En 1858 ingresaba en la Real Acade­mia, versando su discurso sobre La fuente de belleza de la literatura, con ideas sobre el teatro realista: «aquellas figuras que as­piren a ser puro espíritu, puro egoísmo, pura bondad, no serán espirituales, ni he­roicas, ni buenas». En 1862 representa Lo positivo (v.) y en 1867 su obra fundamental, Un drama nuevo (v.) traducido pronto a las principales lenguas europeas. De tendencia moderadamente liberal, a partir de la revo­lución del 68 se orienta cada vez más hacia el tradicionalismo. En 1869 estrena No hay bien que por mal no venga, y en 1870, su última obra Los hombres de bien. El escaso éxito, quizá motivado por su ideología poco abierta y progresista, le decidió a abandonar el teatro, dedicando a partir de entonces su actividad en diversas instituciones. En 1874 fue nombrado secretario interino de la Real Academia y este mismo año perpe­tuo, y a partir de 1884 dirigió la Biblioteca Nacional y poco después el cuerpo de Ar­chiveros.

Anteriormente (1868) oficial del Ministerio de la Gobernación y jefe de la Biblioteca del Instituto de San Isidro, había renunciado a esos cargos públicos, pero su alejamiento del teatro le llevó de nuevo a ellos. El teatro de Tamayo  es fundamentalmente ecléctico: romántico moderado en su prime­ra época y realista igualmente moderado después. Dotado de una notable agilidad es­cénica, su equilibrio artístico está sin em­bargo falto de verdadera fuerza interior. Formalmente osciló entre la prosa y el verso, decidiéndose por la primera en sus obras más notables. Su ideología, dogmática y moralizadora, hostil a toda reforma so­cial y económica, constituyó el obstáculo principal en la creación de sus caracteres, que en contra de sus intenciones, resultan artificiosos. Esta mentalidad fue la que al cabo le indispuso con el público y eviden­ció su falta de auténtica potencialidad artís­tica, de la que Un drama nuevo no es más que una excepción. En este sentido señale­mos su empeño en trasladar al arte pro­blemas de carácter moral o político. No obs­tante ser un excelente conocedor de la esce­na, experimentado y con sobrados recursos, carece sin embargo de profunda originali­dad, a la que tampoco sustituye su eclecti­cismo, más fácil y ancestral que resultado de insolubles conflictos.

Su producción no es excesiva; de variado interés, en una pri­mera serie de obras cercanas al romanti­cismo aparece el tema histórico, para pasar en su última producción al planteamiento de problemas morales contemporáneos o a la pintura de pasiones. Su primera obra El cinco de agosto no ofrece interés crítico; en realidad se trata de un intento malogra­do, lúgubre, de un romanticismo casi má­gico, comprensible como tentativa de autor; Ángela (1852), drama en cuatro actos, ins­pirada en Intriga y amor de Schiller, inte­resa más por su lenguaje entrecortado y breve, al que no falta cierta gracia, que por el conocido tema de la pasión atormen­tada en sus propias consecuencias; Virginia (v.), inspirada en Lucrèce, de Ponsard (1843), es un intento de fusión de drama romántico y tragedia clásica — «la tragedia, en cinco actos, está hecha, dice el propio Tamayo y Baus, con menos cabeza y más alma que las tragedias neoclásicas» —; en La ricahem­bra (1853), drama histórico, al igual que La locura de amor (v.), a pesar del romanticismo que supone ya el tema, se advierte el interés por la psicología; Hija y madre (1855), en la que Tamayo y Baus, después de haber adoptado la prosa, utiliza de nuevo el ver­so por última vez tratando el tema de los celos infundados; con la obra Huyendo del perejil, termina en realidad la primera época del autor, coincidiendo con su in­greso en la Academia.

A partir de entonces adopta el seudónimo de Joaquín Estébanez y alguna vez el de Don Fulano de Tal. Con una prosa más trabada, amena pero sobria, aparece en 1862 Lo positivo (v.) de éxito extraordinario, imitación de Le Duc Job de León Laya, sobre el tema de la elección interesada del marido; Lances de honor (1863)      es una condenación desde el punto de vista católico del duelo; Del dicho… al hecho (1863), de escaso interés, es una imi­tación de La Pierre de Touche, de E. Augier y Sandeau. Un drama nuevo (1867), sin duda su mejor obra y uno de los dramas más conseguidos del siglo XIX español, ,de re­cuerdos shakespearianos y fundada en el resorte de los celos, es una obra intensa y perfectamente tramada. Sus dos últimas obras No hay mal que por bien no venga (1868) y Los hombres de bien, sátira contra el indiferentismo, fueron mal recibidas. Con ello Tamayo y Baus se retira del teatro para no romper jamás su silencio.