Louis-Sébastien Le Nain de Tillemont

Nació el 30 de noviembre de 1637 en París, donde murió el 10 de enero de 1698. Estudió en las «petites écoles» de Port-Royal, que, jun­to con la piedad y la devoción jansenistas, le transmitieron una tradición tendente a la formación de una personalidad responsa­ble y un recto y sano juicio individual, fundamentado en la autoridad de testimo­nios tanto teológicos como históricos. Las enseñanzas de Arnauld y de Nicole le reve­laron la existencia de «cosas que sólo cono­cemos por fe humana» y le habituaron a la lectura directa de los autores clásicos (de Livio singularmente) y modernos (en par­ticular Baronio).

Ello le indujo «a buscar la verdad de los hechos y a exponerla con fidelidad de la manera más simple y clara», así como a la paciencia filológica, gracias a la cual fue acumulando, a partir de los dieciocho años, lecturas y extractos de la Biblia y los Padres. Esta pasión por los estu­dios y las solicitaciones de su amigo Buzan- val, obispo de Beauvais, le llevaron, como tonsurado, al seminario de esta ciudad; sin embargo, la sinceridad de sus convicciones le alejó todavía largo tiempo de la carrera eclesiástica. Y así, continuó entregándose a la investigación, incluso cuando desde el seminario fue a reunirse con el canónigo de Beauvais, Godefroi Hermant, amigo de Arnault, en cuyos estudios sobre las vidas de los santos Atanasio, Basilio y Gregorio Nacianceno (luego publicadas en 1671-74) colaboró generosamente; de manera pare­cida trabajó después en París, con Thomas du Fossé, otro amigo de Port-Royal, a quien ayudó en la preparación de una historia de Tertuliano y Orígenes (publicada en 1675).

Mientras tanto, su confesor, Isaac Le Maistre de Saci, que compartía las inclinaciones de su erudición y le quería director espi­ritual de Port-Royal, le indujo a recibir el subdiaconado (1672) y, finalmente, el sacer­docio (1676). De esta suerte, pasó a vivir en las cercanías del famoso convento, pri­meramente en Saint-Lambert, y luego en Port-Royal-des-Champs mismo (1677), don­de vio ratificada su amistad con el círculo jansenista de los «solitarios» y prosiguió las colaboraciones eruditas con De-Saci y Filleau de la Chaise (sobre San Luis) y en particular con Arnauld y Lambert (acerca de San Cipriano). Alterada tal labor por la dispersión de los «solitarios» (1679), fue a continuar sus estudios en la pequeña pro­piedad familiar de Tillemont (entre Montreuil y Vincennes), que sólo abandonó con motivo de un viaje a Holanda, donde visitó a Amauld y algunos refugiados (1681), y de otro realizado a París hacia el fin de sus días.

El material que a través de su escrú­pulo y su exactitud había acumulado en el curso de largos años (estuvo asimismo en relación con los eruditos maurinos a causa de la edición de San Agustín llevada a cabo por éstos) le llevaron a la preparación de una obra monumental sobre las vicisitudes del Imperio y de la Iglesia durante los pri­meros seis siglos de nuestra era. El texto en cuestión, concebido, al principio, como un conjunto uniforme, apareció más tarde en dos libros distintos y separados entre sí por un espacio de tiempo, debido a las difi­cultades opuestas por la censura eclesiás­tica a las partes referentes a la historia de la Iglesia. Empezó, así, en 1690, la publi­cación de la Histoire des empereurs et des autres princes qui ont régné durant les six premiers siècles de L’Église (1690-1738, en seis tomos, los dos últimos póstumos), pri­mera sistematización filológica de las noti­cias literarias sobre el Imperio romano, a pesar de su método, meramente «concilia­torio», e interesante libro de consulta por su escrupulosidad (Tillemont llega incluso a ence­rrar entre corchetes cualquier afirmación no directamente apoyada en las fuentes).

Jus­tifica la obra la premisa según la cual «exis­te un vínculo tal entre la historia sagrada y la profana que el dominio de la primera y la resolución competente de sus dificul­tades exigen un cuidadoso conocimiento de la segunda»; en realidad, empero, el autor situó el desarrollo histórico del Imperio ro­mano fuera de los esquemas teológicos, y demostró la posibilidad de una autónoma certidumbre de los acontecimientos huma­nos basada sólo en testimonios y argumen­tos de esta misma índole. En el siguiente y considerable «digesto» Mémoires pour ser­vir à l’histoire ecclésiastique des six premiers siècles (1693-1712, v. Historia eclesiástica), Tillemont, siquiera pretenda «representar la verdad pura y simple de lo ocurrido» sobre la base de la autoridad del testimonio divino, di­recto o indirecto, extendió a éste el crite­rio de «genuinidad», acudió a San Pablo y al papa Gelasio contra-la admisión de informaciones sin discernimiento, y ofreció un primer fundamento crítico, no aparecido anteriormente en época alguna, a la moderna historiografía- eclesiástica.

En su ari­dez, el estilo refleja precisamente la exigen­cia que induce a conferir a las verdades documentales, históricas y teológicas la misma claridad y caracterización cartesia­nas de las «de razón». Algunos de los numerosos textos inéditos del autor fueron publicados luego por Tronchay, su biógra­fo, quien retocó las partes de las obras apa­recidas póstumas; así, la Lettre à l’abbé de Raneé (1705) y las Réflexions sur divers Sujects de morale (1706). La Vie de Saint Louis roi de France y los apéndices sobre la Histoire de la conquête de la Sicile par Charles d’Angiou y la Vie de Guillaume de Saint-Amour no aparecieron hasta 1847-51, procedentes de un texto inédito de la Bi­blioteca Nacional de París.

E. Lépore