Lorenzo de Médicis (el Magnífico)

Nació en Florencia el 1.° de enero de 1449, murió en la misma ciudad el 8 de abril de 1492. Hijo de Piero y de Lucrezia Tornabuoni, a los diecisiete años se veía ya encargado de una embajada cerca del Papa y de Fer­nando, rey de Nápoles; a los dieciocho representaba a su padre en el más impor­tante Consejo de la República, el de los Cien, e inspiraba su acción en la lucha contra los Pitti. En 1471, por la muerte de Piero, llegó al poder y continuó la tradición de su abuelo Cosme: introducir la Señoría en el régimen comunal; el procedimiento a emplear sería el sistema electoral: confiar a hombreé fieles el cargo que tenía por objeto insacular los nombres que debían ser votados para los consejos y cargos pú­blicos. También su política exterior fue una continuación de la de Cosme: el mante­nimiento del equilibrio en Italia. En 1472, habiendo rescindido la Señoría de Volterra un contrato oneroso referente a unas minas de alumbre con una sociedad florentina en la que tenía participación Lorenzo Florencia impuso su mantenimiento y, a raíz de una revuelta, envió a Volterra un ejército man­dado por Federico de Montefeltro, el cual, tomada la ciudad con la promesa de res­petarla, dejó que fuera saqueada a sangre y fuego, hecho del que fue injustamente acusado Lorenzo.

En 1478 cayó sobre Lorenzo y sobre su hermano Juliano, partícipe, en apariencia, del poder, la ira del papa Sixto IV, que había chocado con los Médicis al querer fundar en Romaña un Estado para su hijo Gerolano Riario. Mandó el pontífice a Flo­rencia al arzobispo de Pisa, Salviati, enemigo de Lorenzo, con objeto de organizar una con­jura de acuerdo con los Pazzi, banqueros del Papa y rivales de los Médicis. El 20 de abril de 1478 fue muerto Juliano en el Duomo al término de la misa; pero Lorenzo, atacado por dos eclesiásticos, consiguió po­nerse a salvo en la sacristía. Los conjurados intentaron apoderarse del palacio comunal y sublevar al pueblo. Pero éste, por el contrario, se dedicó a cazarlos e hizo un horrendo estrago entre ellos. La muerte en la horca del arzobispo Salviati le dio ocasión al Papa para lanzar la excomunión y desencadenar la guerra contra Florencia, de acuerdo con Fernando de Nápoles. Como ellos decían que no combatían a la ciudad, sino sólo a Lorenzo, marchó éste a Nápo­les, y con hábil diplomacia separó al rey del pontífice, quien debió aceptar la paz de 1480. De acuerdo con Venecia, atacó Sixto IV en 1483 a los Estenses de Ferrara aliados de Milán, Florencia y Nápoles; pero al año siguiente se volvió contra Venecia y Lorenzo consiguió dar por terminada la guerra en 1484.

Muerto poco después el Papa, y habiendo estallado un conflicto entre el nuevo pontífice Inocencio VIII y el rey de Nápoles, a consecuencia de la conjura de los barones. Lorenzo apoyó a Nápoles y conclu­yó también esta vez la paz en 1486. Es­trechó a continuación vínculos de amistad con el Papa, casando a su hija con el hijo del pontífice al tiempo que obtenía el ca­pelo cardenalicio para su hijo Juan, el fu­turo León X. Mientras tanto, reforzaba su poder en Florencia: habiéndose apode­rado del «Monte delle Fanciulle» (Casa de seguros dótales) y sustraída la hacienda estatal al control público, impuso contribu­ciones caprichosas a amigos y a enemigos y se sirvió del erario público para equili­brar el balance de su propia banca, no de­masiado bien administrada. En 1480 se ha­bía instituido el Consejo de los Setenta, elegido por el sistema acostumbrado, pero vitalicio, al que se le confió el nombra­miento de la Señoría y de los cargos. En 1490 fue confiado este poder a una comisión de Diecisiete, en la que figuraba Lorenzo, elegidos del mismo modo. Se había formado así una oligarqcomisióna vez más restringida, a las órdenes de Lorenzo, el cual no asumió nun­ca ningún título, tomando siempre la posi­ción de ciudadano privado. Como el sistema dependía de su habilidad personal, se de­rrumbó al sucederle su incapaz hijo Pedro.

En política exterior, temiendo Lorenzo una inva­sión extranjera, se preocupó ante todo de evitar los conflictos. Pero aquel precario equilibrio, por el que fue denominado el fiel de la balanza italiana, se rompió des­pués de su muerte ocurrida el 8 de abril de 1492, cuando las rivalidades entre los italianos abrieron las puertas de Italia a Carlos VIII. Poco queda que decir acerca de su vida privada: se casó Lorenzo, siendo joven y por razones políticas, con la romana Clarice Orsini, de la que tuvo muchos hijos; amó a Lucrezia Donati, a la que dedicó su Cancionero (v.) a la moda del «stil novo». Gran mecenas, protegió a artistas, escrito­res y estudiosos; discípulo de Marsilio Fi­emo, de Landino y de Argiropulo, nombró a su predilecto Poliziano, descubierto por él, maestro de sus hijos; Pulci vivió en su casa, fue íntimo de Pico della Mirandola, favoreció a Paolo dal Pozzo Toscanelli, Hizo un museo de su palacio en vía Larga, especialmente de esculturas antiguas, en el que estudió Miguel Ángel. Trabajaron bajo su protección Verrocchio, Pollaiolo, Botticelli, Ghirlandaio, Fillippino Lippi, Benozzo, Gozzoli.

En una palabra, en los veinte años de su Señoría, fue el centro del último es­pléndido florecimiento artístico del siglo XV florentino, en el que él mismo participó como escritor, influido bien por Poliziano, bien por Pulci. Falta de sus obras toda cronología y no es posible, por lo tanto, reconstruir el desarrollo psicológico de las mismas; pero se tiene la impresión de que su variedad de contenido y de formas no son debidas a una lenta y lógica madura­ción, sino a una serie de sugestiones capri­chosas de sus diferentes, contradictorias y momentáneas aficiones. Se va desde el amor platónico del Canzoniere y de las Selvas de amor (v.) a la sensualidad de las Ambra (v.) y de los Amori di Venere e Marte, al frenesí deleitable de los Cantos carna­valescos (v.) y de las Baladas (v.); de las burlas contra la religión y el clero en los Borrachos (v.), a los Laudas (v.) y al Auto de los santos Juan y Pablo (v.); desde el trecenstismo al clasicismo (Ambra, Corinto, v.; Venere e Marte) y al realismo popula­rizante (Nencia, v.; La caza con halcón, v.). Verdadero hombre del Renacimiento, el Magnífico, en su deseo de universalidad, se dispersó y no llegó a ser un gran crea­dor; más diplomático que político, más lite­rato que poeta, su figura resulta por ello incompleta y fragmentaria. Sin embargo, tuvo momentos felicísimos en su inquieta actividad y el Triunfo de Baco e Ariadna (v.), es, no sólo su confesión, sino la voz del siglo, alegre y melancólica a un tiempo.

E. Rho