Liutprando

Nació en Pavía poco después del 900 y murió entre 971 y 972, en el curso de un viaje a Constantinopla. Huérfano de padre, quedó confiado a su padrastro, que cuidó de su educación y le introdujo, en 931, en la corte del rey Hugo de Provenza, gracias a cuyo favor fue nombrado prime­ramente clérigo y luego diácono de la Igle­sia paviana. El sucesor de Hugo, Berenga- rio II, dispensóle también su aprecio; y así. le hizo secretario suyo y encargóle el des­empeño de varias misiones de confianza, en­tre ellas una embajada a Constantinopla. Sin embargo, al regreso de esta legación cayó en desgracia, y desposeído de sus bienes y temeroso de peores consecuencias, buscó re­fugio en Alemania, junto a Otón I. En esta corte desahogó su rencor hacia Berengario y su esposa Villa escribiendo la Antapodosis (v.). Llegado a Italia con el emperador, fue elevado a la sede episcopal de Cremona.

En 962 asistió, en Roma, a la coronación imperial de su protector, de quien compuso el panegírico Líber de rebus gestis Ottoni Magni imperatoris. A partir de entonces tomó parte como personaje de primera fila en los diversos y complejos episodios de la política otomana. En 963 estuvo presente en el sínodo convocado en Roma por Otón para obtener la deposición del papa Juan XII. En Rávena intervino en la gran asamblea que presidieron el pontífice y el emperador. Hallóse luego en la ceremonia de la corona­ción romana de Otón II, y en 968 dirigió la legación enviada a Bizancio junto al basileo Nicéfalo Focas a pedir la mano de la prin­cesa Teófano, misión que dio lugar a un gran desaire y de la cual dejó una detallada relación: Líber de legatione Constantinopolitana. En 971 realizó un tercer viaje a Constantinopla para recoger a la princesa Teófano.

Murió durante el regreso, en cir­cunstancias ignoradas. Hombre de rica ex­periencia política y cultural, vinculado por sus relaciones y embajadas a los principales personajes de la época y a los ambientes más diversos y remotos, refleja en su obra los verdaderos aspectos de la vida contem­poránea. El gusto por la anécdota y lo pin­toresco, un agudo sentido humorístico y la agresividad polémica se unen a una singular habilidad descriptiva. Tanto en la discu­sión histórica como en el desahogo de su rencor de diplomático frustrado o en la ex­presión de su reverencia al príncipe, su estilo nos revela a un diestro prosista, cuyas evocaciones de la sociedad de su tiempo están llenas de vida y color.

A. Cutolo