Leopold von Ranke

Nació en Wiehe (Turingia) el 21 de diciembre de 1795 y murió en Berlín el 23 de mayo de 1866. Descendien­te de una familia de pastores luteranos e hijo de un abogado, de este ambiente y de los estudios en el gimnasio de Schulpforta derivaron el cristianismo interior y el ideal neohumanista que impregnaron su juven­tud más que cualquier otro acontecimiento exterior y que el mismo espíritu nacional de la «guerra de liberación». Estudió Teolo­gía en Leipzig (1814-18), pero, hostil al protestantismo racionalista y habiéndose interesado por la hermenéutica bíblica, se acercó a la enseñanza exegética de Hermann; aprendió de Tucídides que la «his­toria tiene precisamente como sujeto a] hombre», «especialmente con sus errores y sus dolores», y de la lectura de Niebuhr heredó el método de comparación y análi­sis de las fuentes, consolidándolo en la escuela del mediavelista Stenzel. Aunque comprendía mal a este último, y pese a que el fragmento biográfico sobre Lutero (1817) se resentía todavía de una mezcla de teísmo luterano, de romanticismo y de idealismo, del teólogo iba naciendo el historiador; y manifestaba ya su nueva sensibilidad, con la aspiración a volver a encontrar a Dios en la historia, y una particular maestría en relacionar la historia política con la reli­giosa y la constitucional.

El carácter nacio­nal de la poesía, literatura y artes figurati­vas, que había reconocido en sus románticos vagabundeos por el Main, por el Rhin y por la Alemania meridional, se le apareció como un fenómeno exquisitamente cultural y es­piritual, garantía de libre autonomía y de autoconciencia. Profesor en el gimnasio de Francfort del Oder (1914-1824) fue pro­fundizando sus ideales de unidad y libertad en sus relaciones, y aunque condenaba el conservadurismo extremo, se mantuvo ale­jado del radicalismo; su sentido de lo uni­versal le llevó a considerar Austria como una pequeña Europa, una «divina unidad» de pueblos. Estaba ya encaminado al descu­brimiento de la unidad del mundo cultural romano-germánico. La maduración de su pensamiento religioso, más allá del pietismo, debía conducirlo a la perfecta expresión de aquella idea, en la aspiración a conocer a Dios y al género humano, los pueblos y la historia. Las Historias de los pueblos ro­mánicos y germánicos desde 1494 hasta 1535 [Geschichten der romanischen und germa­nischen Völger von 1494 bis 1535, 1824] constituyen el primer fruto de su rigurosa vocación histórica.

Las experiencias y las lecturas de Böckh y de Otfried Müller, así como de Niebuhr y de las Historias ge­nerales de Johannes Müller, mas sobre todo el estudio de las fuentes, de las antiguas, debidas a los escritores carolingios, de las del Medievo alemán e italiano hasta Giovio y Guicciardini, de las relaciones de los embajadores venecianos descubiertas por Müller, le permitieron dominar plenamente aquel método crítico-filológico, que él teo­rizó, distinguiendo entre material original y fuentes derivadas, principalmente narra­tivas, en el apéndice Sobre la crítica de la historiografía moderna; su principio de selección de los motivos histórico-univer­sales se ha orientado hacia la unidad cul­tural del mundo occidental; y su adhesión a lo concreto, su amor hacia el detalle, recordando quizás a Walter Scott, aunque exento de toda novelería, han producido un relato vivo, en el que la imagen brota siem­pre de las fuentes originales.

Si el volumen publicado le valió la cátedra de Historia en la Universidad de Berlín (donde permane­ció hasta 1879), el riquísimo material reu­nido le sugirió la gran obra de su vida, que revela hasta en su título la lograda maestría para poner en relación las per­sonalidades creadoras, los individuos acti­vos y las necesidades vitales de los Estados con los «acontecimientos dominantes y uni­versales de la época», con el espíritu colec­tivo, con las tendencias e ideas generales, en cualquier «momento» histórico particu­lar: los Príncipes y pueblos de la Europa meridional [Fürsten und Völker von Südeu­ropa]. Su primera parte sobre Los otoma­nos y la monarquía española en los si­glos XVI y XVII [Die Osmanen und die Spanische Monarchie im 16. und 17. Jahr­hundert, 1827] comprendía esencialmente una serie de ensayos sobre relaciones vene­cianas, en tanto que la segunda, los tres volúmenes sobre la Historia de los papas romanos en los siglos XVI y XVII (v. His­toria de los Papas), coronó un período in­tenso de trabajo y de meditaciones, consti­tuyendo con la casi inmediata Historia de Alemania durante la Reforma (v.) su obra maestra de la madurez, en la que narración, grandes visiones de conjunto y reflexiones generales se compenetran en perfecta armo­nía.

Por aquel tiempo realiza numerosos via­jes e investigaciones en archivos (1827-31), acopia un inmenso material sobre el que basará sus famosas obras Don Carlos y La Revolución Serbia (1829), los ensayos de historia veneciana y florentina, (especial­mente La conjuración de 1618 contra Venecia [Die Verschwörung gegen Venerig im Jahre 1618], Los venecianos en Morea (1685- 1715) [Die Venezianer im Morea (1685-1715), 1831], Datos para la historia de la poesía italiana [Zur Geschichte der italianischen poesie, 1837], que había venido publicando, junto a artículos políticos los famosos Gran­des Potencias [Die Grossen Mächte, 1833] y Coloquio político [Politisches Gespräch, 1836] en la Historiche-politische Zeitschrift, revista que el mismo Ranke dirigía (1832-36). Gracias a su profunda experiencia política práctica se erigió en mediador entre los románticos (Arndt. Adam Müller) y Bis­marck, manteniéndose en una posición de moderado conservadurismo, odiado por de­rechistas e izquierdistas y basado en aque­llos conceptos personales de «nación» y de individualidad estatal, que sólo su intuición y su talento lograban mantener fuera de la confusión.

Posteriormente logra descu­brir en Francfort las actas de la Dieta del Imperio (publicadas bajo su dirección, en 1858, por la Academia de Ciencias de Mu­nich de Baviera): revelación trascendental que proyecta una nueva luz sobre la época de Carlos V y de Lutero a cuyo estudio dedicará todas sus fuerzas en los años si­guientes. Desde la publicación de sus dos obras y del artículo sobre las «grandes po­tencias», se nos -aparece ya caracterizado el pensamiento histórico de Ranke en sus moti­vos centrales: su «panenteísmo», como ha sido denominado, la tendencia a hacer de la historia de los Estados y de los indivi­duos el «pensamiento de Dios», la reali­zación de principios, de «ideas», «de origen divino», y la necesidad crítico-empírica de comprender cómo han ocurrido las cosas en la realidad, en el mundo histórico espi­ritual y real, creado e imperfecto; su clara preferencia por la historia de las relaciones diplomáticas, que, nacida sobre todo del material empleado, viene a remacharse en el reconocido nexo entre la política exte­rior y la política interior de los Estados europeos.

Aunque en 1836 se había despe­dido de la política práctica, su pensamiento histórico continuaba siendo político y pro­seguía su influencia sobre el desarrollo del ideal de Estado nacional en Alemania. El interés por las «ideas» como fuerzas histó­ricas le llevó a París para estudiar los prin­cipios de la Revolución; pero tampoco ésta era, para él, fenómeno francés sino euro­peo; en consecuencia, no puede sorprender que el análisis de la situación de Francia (como antes lo hiciera en Die Grossen Mächte) lo remitiese a la historia de los Estados del Este, del Norte y de Prusia. Di­cho estudio aportaba un nuevo valor a los antiguos conceptos nacionales y conserva­dores y le permitía comprender a fondo los vínculos concretos de Prusia con la nacio­nalidad germánica: a los Nueve libros de historia prusiana [Neun Bücher preussischer Geschichte, 1847 – 48] acompaña un apéndice sobre la influencia ejercida por Manteuffel sobre Federico Guillermo IV y sobre la constitución del 5 de diciembre de 1848.

Respecto al concepto de Estado nacional y la pugna suscitada en Europa entre los principios conservadores y liberales, sus ideas no son empíricas sino que se basan en investigaciones realizadas en los archivos de París, Berlín, Londres y Bru­selas, a base de las cuales pudo crear sus postreras grandes obras: la Historia de Francia [Französische Geschichte vornehm­lich im 16 und 17. Jahrhundert, cuatro vols., 1852-56) y la Historia de Inglaterra [Engli­sche Geschichte vornehmlich im 17. Jahr­hundert, siete vols., 1859-68], en las que el relato está impregnado de elevada espiri­tualidad y de un sublime sentimiento de la realidad, y las menores de historia ale­mana, como son la biografía de Wallenstein (Geschichte Wallenstein, 1869), Oríge­nes de la guerra de los Siete Años [Der Ursprung des siebenjährigen Kriegs, 1871], Las potencias alemanas y la liga de los príncipes [Die Deutsche Mächte und die Fürstenbund, 1871], la Génesis de la gue­rra revolucionaria [Ursprung und Beginn der Revolutionkriege \, que le llevaron a la reelaboración de la historia del Estado pru­siano en los Doce libros de historia prusia­na [Zwölf Bücher preussischer Geschichte, 1874] y a la publicación de la correspon­dencia entre Federico Guillermo IV y Bunsen (Aus dem Briefwechsel Friedrich Wil­helms IV mit Bunsens, 1873) y de las me­morias de Hardenberg (Denkwürdigkeiten Hardenbergs, 1878 y sig.).

Todavía en plena actividad (1867) inició la edición de sus obras completas (Gesammelte Werke, 54 volúmenes, 1867-90) y, habiéndose retirado de la universidad, atendió desde 1879 a la Historia Universal [Weltgeschichte] que, a su muerte, llegaba hasta la época de Otón I (vol. VI, 1885), obra continuada, con apun­tes suyos, por sus discípulos (vols. VII-IX, 1886-88) hasta la caída de Constantinopla. En apéndice fueron publicadas las conferen­cias de Ranke, en Berchtesgaden (1854), ante Maximiliano II de Baviera, sobre el tema Épocas de la historia moderna [Epochen der neue ren Geschichte], donde mostró cómo los hechos de la historia no se sustrajeron nunca a las «eternas leyes de la ordenación moral del mundo». Los métodos críticos de este eminente historiador influyeron en toda la ciencia histórica de la segunda mitad del siglo XIX y fueron unánimemente adopta­dos por los historiadores de todos los paí­ses cultos.