Léon Brunschvicg

Nació el 10 de no­viembre de 1869 en Paris, murió en Aix-les- Bains el 18 de febrero de 1944. Es autor de numerosas obras de historia del pensamien­to científico y filosófico en las que son, por lo demás, evidentes las líneas de una ori­ginal postura especulativa suya, que puede definirse como un idealismo crítico (v. El idealismo contemporáneo), que concede am­plio margen a la solicitud de las ciencias física y matemática (Les étapes de la philosophie matémathique, 1912; La experiencia humana y la causalidad física, 1922, v.), pero la dirige hacia una concepción huma­nista de la vida, en la que acaban por im­ponerse las exigencias morales y religiosas, reafirmando los valores propiamente espiri­tuales de la libertad y del amor como fun­damento de la sociedad humana.

Asistió al principio al Liceo Condorcet de París y tuvo allí como maestro a Alphonse Darlu, cuya enseñanza fue decisiva para su carrera. Pos­teriormente estudió en la École Nórmale Supérieure, hasta que, en 1891, pasó a en­señar filosofía en liceos de los departa­mentos, como «agregé». Estuvo en Lorient (1891-93), Tours (1893-95) y Rouen (1895- 1900).

Consiguió el doctorado en filosofía en 1897, desarrollando la tesis sobre la Moda- lité du jugement. De regreso en París, en­señó en el Liceo Condorcet de 1900 a 1903 y después en el Liceo Henry IV, donde reci­bió el encargo de preparar a los aspirantes a la École Nórmale Supérieure.

A partir de 1909 enseñó en la Sorbona. En 1919 fue ele­gido miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París; en 1924 de la Real Sociedad de Nápoles (Ac. de Ciencias Morales y Políticas), y en 1928 de la Real Academia de Dinamarca. Desde 1923 fue doctor «honoris causa» de la Universidad de Durham.

Fue miembro de la Sociedad Francesa de Filosofía y redactor de la Revue de Métaphysique et de Morale, en cuyos fascículos aparecieron muchos artículos su­yos, recensiones y estudios críticos. Como pensador, tuvo Brunschvicg abierta la mente a los más arduos y diversos problemas culturales y humanos: no había idea que lo dejase indiferente; ni movimiento del pensamien­to del que no quisiera captar el sentido y el valor, confrontándolo con sus propias concepciones.

Como hombre, habiéndose formado en el ejemplo de los grandes con cuyo espíritu había vivido en contacto, es­tuvo animado de profunda sagacidad: las duras pruebas de sus últimos años — escribe de él Berger — no lograron oponer obs­táculos a su meditación, ni alterar su obje­tividad, ni destruir su indestructible con­fianza en la razón y en la justicia.

C. Carbonara