Ki-No-Tsurayuki

Nació en 883 y murió en 946. Hijo de Ki-no-Mochiyuki y primo de Ki-no-Tomonori (v.), es considerado el poeta más ilustre de su época, y fue también un funcionario hábil y apreciado. Durante la era Engi (901-22) dirigió la biblioteca imperial; luego desempeñó diversos cargos, aun cuando no de importancia. Estuvo al frente de la comisión comisiónorden del emperador compiló el Kokin-Waka-Shū (v.), obra que fue presentada al soberano Daigo (897-930) en 905. Nombrado en 930 gober­nador de la provincia de Tosa (actual pre­fectura de Kōki, en la isla de Shikoku), marchó a su destino y volvió a Kyōto en 934, o sea transcurridos los cuatro años de dura­ción del cargo.

En Tosa, y según los deseos de Daigo, compiló él solo otra antología poé­tica en cuatro tomos, el Nuevo florilegio de poesías japonesas [Shinsen-Waka-Shū], que, sin embargo, no pudo ser incluida en las colecciones oficiales por cuanto a su regreso el monarca había ya fallecido. Del autor en cuestión poseemos también una colección de poesías personales en diez libros titu­lada Ki-no-Tsurayuki-Shū; existen, empero, otras composiciones poéticas suyas esparcidas en varias antologías oficiales y privadas: sólo en el Kokin-waka-shū figuran ya 101. La posteridad ha exaltado a Ki y le ha situado junto a Hitomaro, cual un genio de la poesía. No obstante, el juicio que acerca de él cabe emitir hoy resulta muy distinto. Sus versos nacen de la mente y no del corazón; sus versos son técnicamente per­fectos, pero pobres de aliento poético y de sentimiento. Su comparación con los «dei maiores» de la poesía contemporánea es también muy reveladora.

Ki no presenta los tonos acentuados de Fujiwara-no-Toshi- yuki (881-907) ni la ductilidad de Ōshikōki- no-Mitsune (v.), ni la objetividad descrip­tiva de Sōjō Henjō (816-90), ni tampoco la fina discreción de Fujiwara-no-Kanesuke (v.); pero de todas estas cualidades parti­cipa parcialmente su estilo. Como escritor, también aparece frío ante la realidad de la existencia; en Tosa nikki (v.), por ejemplo, el dolor por la pérdida de la hija, fallecida en Tosa, resulta expresión de un fatalismo resignado más bien que desesperación de padre con acentos capaces de conmover el corazón de los lectores. Todo ello puede ser, posiblemente, consecuencia del «gusto» por la ocultación de los sentimientos íntimos, característico de una época en la que el más complicado formalismo dominaba la vida en todos sus aspectos y dificultaba la mani­festación libre e inmediata de la sensibili­dad. Sea como fuere, para el criterio mo­derno resulta injustificada la exaltación de Ki por la posteridad a la categoría de gran poeta, por lo menos si no se pretende basar exclusivamente la poesía en la elegancia formal.

M. Muccioli