Kaibara Ekken

(Vulgarmente Atsunobu). Filósofo japonés. Nació en Fukuoka en 1630 y murió en Kyoto en 1714. Descendiente de una familia de médicos, hijo de Kwansai, que ejercía también la Medicina, y médico él mismo de los Kuroda, señores feudales de su ciudad natal, estudió prime­ramente el budismo, y luego, a los veinti­siete años, marchó a Kyoto, donde, bajo la guía de Yamazaki Ansai (1618-82) y Kinoshita Jun-an (1621-98), dedicóse al estudio de la filosofía de Lu Hsiang-shan (1139-91) y Wang Yang-ming (1472-1529). Defensor luego de las doctrinas de Chu Hsi (1130- 1200), hasta una edad avanzada no se alejó de éste y esbozó una teoría propia. Viajó mucho por todo el Japón y fundó una es­cuela en Kyoto.

A los treinta y tres años contrajo matrimonio con una joven de dieci­séis que, bajo su guía, convirtióse en la poetisa Tōken y le resultó una buena com­pañera de estudios y viajes. Hombre de una cultura inmensa, sólo comparable a su increíble modestia, fue un escritor muy activo, que trató muchos y variados temas. Destaca singularmente, empero, como filó­sofo, y es uno de los principales represen­tantes de la escuela de los «kangakusha», denominación aplicada a los cultivadores de la Filosofía y de los estudios chinos. En cosmogonía fue un monista, seguidor de Wang Yang-ming e Itō Jinsai (1627- 1705). Sin embargo, la parte más impor­tante de su obra es la moral, inspirada por completo en los procesos cósmicos. En su opinión, la naturaleza ama y protege al hombre, a quien prodiga cuanto necesita. El Cielo es el gran padre, y la Tierra la gran madre; a ambos debe amar el ser hu­mano como un hijo reconocido; además, tiene que sentirse hermano de los seme­jantes y apreciar todo lo creado.

El amor no es tanto una necesidad como una obli­gación impuesta por la naturaleza; y así, hemos de amar primero a nuestros proge­nitores, y, luego, a los demás hombres, y también a los animales, las plantas, etc. A distinción de los restantes «kangakusha», que escribieron en chino para un restrin­gido círculo de estudiosos, K. E. dirigióse en particular al pueblo, a través del lenguaje nacional y en un estilo sencillo y claro. Fue, asimismo, el primer japonés que se ocupó de problemas de pedagogía. Por todo ello es el sinólogo más conocido y citado en su país. Sus obras (v. Nihon Shakumyō y Onna Daigaku) constituyen el canon moral en el que muchas generacio­nes fueron educadas, y todavía hoy son leídas con respeto e interés.

Y. Kawamura