Julien Offray de La Mettrie

Nació en Saint Malo el 25 de diciembre de 1709 y m, en Berlín el 11 de noviembre de 1751. Después de haber estudiado Teología y sido un ferviente jansenista, marchó en 1733 a Leyden, y, bajo la guía del famoso médico y fisiólogo Hermán Boerhave, seguidor de las doctrinas de Spinoza, dedicóse al estu­dio de la Medicina; ello le indujo al mate­rialismo, al que daría la forma más siste­mática y lógica. Médico militar en París en 1742, enemistóse con todos sus colegas a causa de algunos despectivos textos po­lémicos. Su primera obra filosófica, Histoire naturelle de Vâme, publicada en 1745 en La Haya, le indispuso también con los me­dios eclesiásticos, y, así, hubo de salir de Francia; refugiado en Holanda, fue igual­mente expulsado de este país tras la publi­cación de su libro El hombre máquina (1748, v.).

Al fin, viose favorablemente acogido en la corte de Federico el Grande, quien incluso le introdujo en la Academia de Berlín. Poco después, empero, fallecía La Mettrie inesperadamente, luego de una for­midable indigestión. A partir del tratado sobre el alma, su materialismo aparece fundamentado en observaciones fisiológicas (explicación mecánica de los movimientos de los animales) y en consecuencia proce­dentes de la Física de Newton (la atracción es una prueba de las capacidades activas de la materia); la vida orgánica e incluso los actos de la conciencia, mera función fisico­química del cerebro, pueden quedar sufi­cientemente explicados por la materia: ello excluye, en cuanto inútil hipótesis, el alma sustancia. En El hombre máquina, la obra más famosa de La Mettrie, el autor funda toda la actividad consciente del hombre en la teoría del automatismo animal, y extiende al ser humano lo que Descartes había con­siderado evidente sólo en las bestias; y, seguro del desarrollo de los órganos me­diante el ejercicio y la educación, juzga posible incluso la enseñanza del lenguaje a los monos.

Posteriormente escribió L’homme plante (1748), donde afirma que los vegetales poseen, como el hombre, sensibi­lidad, y Les animaux plus que machines (1750), para demostrar, en oposición a Des­cartes, que la conciencia de los animales tiene la misma naturaleza que la humana. Niega a Dios, como hipótesis inútil, y se complace en una moral libremente materia­lista, que exalta por encima de todos los restantes el placer de los sentidos, aun cuando también deduce del mismo indivi­dualismo (a través del sentimiento del «ho­nor») el criterio de la subordinación del interés privado al público, y, en consecuen­cia, la posibilidad de una norma de con­ducta moral.

V. E. Alfieri