Friedrich Heinrich Karl de La Motte-Fouqué

Nació en Brandeburgo el 12 de febrero de 1777 y murió en Berlín el 23 de enero de 1843. Pertenecía a una familia noble de origen francés; su abuelo, el barón Heinrich, nacido en Holanda y llegado a Alemania como oficial del ejército prusiano, en el que alcanzó la graduación de general, había sido amigo del rey Federico II, y dejó dos interesantes volúmenes de Memorias y una correspondencia con el monarca. El nieto alternó la carrera militar con la acti­vidad poética. Figuró en el grupo de los románticos berlineses y en el círculo del famoso y mediocre literato August Varnhagen von Ense (1785-1858); no obstante, su romanticismo resultó más bien superficial y amanerado. Escribió mucho: poesías amo­rosas y religiosas de escasa originalidad, una trilogía de poemas dialogados proce­dentes de la mitología germánica, El héroe del Norte (v.), y novelas de intriga, como El anillo mágico (v.); más que cualquiera de estas producciones, empero, nos da la idea de sus posibilidades artísticas la obra maestra Ondina (v.), cuento en el que se inspiraron Hoffmann y Albert Lortzing.

Al estallar la guerra libertadora contra Napo­león, tomó las armas en calidad de oficial y tras la victoria de 1813 retiróse a vivir al campo. Mientras tanto, enviudado prema­turamente, había contraído nuevo matrimo­nio con una mujer de la nobleza provincial, Karoline von Briest, mayor que él y también autora de mediocres novelas; hasta la muerte de su segunda esposa vivió casi siempre en una finca suya de Nennhausen. Viudo nuevamente en 1831, casóse todavía otra vez, asimismo con una novelista. Él, por su parte, había seguido componiendo, con inagotable vena, novelas, narraciones, poesías y obras dramáticas; se trata, en ge­neral, de una producción cada vez más mediocre. Ya en 1818 había empezado la decadencia del autor, fruto, quizá, de una grave enfermedad de la columna vertebral que le atacó en la citada fecha; una vez curado, escribió todavía durante cinco lus­tros, aun cuando ya sin originalidad ni vigor. En realidad, nunca se había revelado gran literato, excepto, posiblemente, en el delicioso cuento Ondina.

Su fama, que en los años juveniles llegó a igualar la de los mayores poetas románticos, era debida sobre todo a la aparente riqueza fantástica de sus narraciones; sin embargo, la producción más tardía del autor demostró cuán su­perficial resultaba su adhesión al Roman­ticismo.

V. M. Villa