Nació en Nancy el 29 de abril de 1854 y murió en París el 17 de julio de 1912. Terminados sus estudios universitarios en París, inició en 1879 su carrera de ingeniero de minas. Pero en el mismo año consiguió el doctorado en matemáticas en la Sorbona con una brillantísima tesis que le valió el nombramiento de profesor encargado de análisis en la Universidad de Caen. En 1881 pasó a la facultad de ciencias de la Universidad de París, donde hizo una brillante carrera: encargado al principio de mecánica física, fue después, en 1886, titular de la cátedra de física matemática, y a continuación (1906) trasladado a la de mecánica celeste; mientras tanto (1904-08), enseñó también en la École Polytechnique de París, donde había sido estudiante (1873-75). Su carrera de profesor se alternó, por otra parte, con la de ingeniero de los ferrocarriles del Estado francés y más tarde con la de ingeniero jefe de minas (1893) y con otras varias misiones.
Obtuvo muchos honores y premios y consiguió el nombramiento de miembro de las principales academias científicas del mundo (recordemos, entre otras, la Royal Society, 1901, y la Académie Française, 1909). Viajó muchísimo; tomó parte activa en congresos científicos, dio cursos y conferencias en Estados Unidos (1904), en Gotinga (1909), en Bruselas (1909), en Berlín (1910) y en Londres (1912), y en todas partes fue acogido con honores; muchas universidades extranjeras (entre otras las de Cambridge, Oxford y Berlín) tuvieron a gala conferirle el doctorado «honoris causa». Su obra científica fue muy notable: además de treinta volúmenes, un número impresionante de artículos, ensayos y memorias, reunidos en Tratados y memorias (v.), vueltos a publicar póstumamente en tres volúmenes (1916, 1928 y 1934). Su interés por las matemáticas puras está documentado por sus escritos filosóficos y por una masa imponente de memorias matemáticas, en las cuales, entre otras cosas, contribuyó poderosamente a echar las bases de aquella disciplina matemática que se llama «topología» o «analysis situs»; recordemos también Sur la théorie des fonctions fuchsiennes (1881) y el importantísimo Calcul des ‘probabilités (1896).
Más imponente todavía es la masa de trabajos en torno a la física matemática y a la física teórica, de cuyos temas se ocupó toda su vida llevando a ellos junto al rigor metódico una genial audacia en el planteamiento y en los procedimientos, que hicieron de él un excelente intérprete, sistematizador y expositor en aquel delicadísimo momento en la historia, de la física en que le tocó vivir: el momento en que se desarrollan las teorías de la luz y de las ondas electromagnéticas por obra de Maxwell y de Herz, que estaban abriendo a la física nuevos e imprevistos horizontes, y creando al mismo tiempo aquella profunda crisis de la que todavía no sé ha salido por completo. A estos campos de la nueva física matemática están dedicadas algunas de las grandes obras de Poincaré, como la clásica Thermodynamique (1892), Les théories de Maxwell et la théorie électromagnétique de la lumière (1890), La lumière et les théories électrodynamiques (1901), mientras que los tres volúmenes de Les méthodes nouvelles dela mécanique céleste (1892-99) y las Leçons de mécanique céleste (1905-09), tratan de mecánica celeste.
Los criterios que guiaron la obra científica de Poincaré, sus geniales y atrevidas concepciones, su predilección por los métodos probabilísticos fueron teorizados ampliamente por él en una serie de volúmenes, Ciencia e hipótesis (1902, v.), El valor de la ciencia (1905, v.), Ciencia y método (1909, v.), Dernières pensées (1913), que han hecho de él uno de los mayores filósofos de la ciencia contemporánea. La ciencia le parece, por una parte, libre construcción, convencional y apriorística, cuyo criterio, en relación con la experiencia, es dado solamente por la capacidad que tienen las teorías de sistematizar, «comprender», hacer previsibles los hechos: así, una geometría o un sistema físico-matemático de ecuaciones diferenciales no podrán nunca confirmarse o desmentirse por los hechos, sino solamente resultar más o menos «cómodos» en la sistematización de los hechos conocidos; y éste será el iónico criterio que nos autorizará a escoger entre las muchas geometrías y los muchos sistemas de ecuaciones posibles.
Por el contrario, por lo que se refiere a la aritmética, Poincaré, basándose en una interpretación de los procedimientos de definición y demostración «por inducción completa», sostiene que está basada en una especie de intuición a priori, de tipo kantiano, que permite el salto de lo finito a lo infinito. En los últimos años de su vida, Poincaré acentuó todavía más su convencionalismo, bajo el impulso de estudios que venía realizando en Alemania D. Hilbert y su escuela.
G. Preti

