Juan Valera

Nació en Cabra (Córdoba) el 18 de octubre de 1824 y murió en Madrid el 18 de abril de 1905. Juan Val era y Alcalá Galiano, hijo de los marqueses de Paniega, realiza sus primeros estudios en el semi­nario de Málaga y en el colegio del Sacro Monte en Granada. Sus padres impiden que estudie la carrera militar y en la Univer­sidad granadina y en la de Madrid estudia Leyes, licenciándose en 1846, establecién­dose poco después como abogado en la capi­tal española. Al mismo tiempo había reali­zado estudios de Filosofía, adquiriendo una sólida formación humanista, lingüística y literaria. Nombrado el duque de Rivas em­bajador en Nápoles (1847), Valera parte en su comitiva. En Nápoles permanece dos años, pasando en 1850 a Portugal en calidad de agregado y a Brasil en 1851 en la de secre­tario. Trasladado a Dresde en 1854, en 1857 es nombrado oficial de la secretaría de Es­tado. Este mismo año parte para Rusia como agregado de la embajada. De nuevo en la secretaría de Estado, en 1881 es enviado como embajador a Lisboa (1883), Washing­ton (1885), Bruselas (1886), Viena (1893).

Esta larga y brillante carrera diplomática fue compatible con la actividad política y literaria. Políticamente se afilia al partido liberal moderado, en 1858 es elegido dipu­tado, interviniendo desde entonces activa­mente en la complicada y confusa política europea del XIX. Entre sus más decididas actuaciones se recuerda la defensa de la unificación italiana contra el poder tempo­ral del papado. Funcionario en el Ministerio de Fomento, secretario del Congreso (1862), nuevamente diputado por Montilla a la caí­da de Isabel II, marcha a Florencia con la comisión que ofrece la corona al príncipecomisiónde Saboya. Durante la República permaneció retirado de la política. En el trono Alfonso XII, vuelve a la vida públi­ca, ocupando varios cargos. Senador vita­licio, condecorado con la Gran Cruz de Car­los III, terminó los últimos días de su vida ciego. Espíritu culto, sutil, filósofo con un fondo de equilibrado escepticismo dentro de su suave optimismo, Valera es además del diplomático y del político una de las figu­ras claves de la literatura española del si­glo XIX.

Oigamos al propio autor como preámbulo a su estudio: «Primero fui poeta lírico, luego periodista, luego crítico, luego aspiré a filósofo, luego tuve mis intencio­nes y conato de dramaturgo zarzuelero, y al cabo trató de figurar como novelista en el largo catálogo de nuestros autores». En­juiciamos someramente estas facetas hasta llegar al novelista. Valera no es un poeta, pese a estar satisfecho de sus Poesías (v.), que publica en 1858; ya en su juventud había hecho algunas publicaciones en el Guadalhorce de Málaga, y en 1844 la de sus Ensayos poéticos. Su actividad periodística, fácil y brillante, la realiza en la revista satírico-política El Cócora, en El Contem­poráneo, La América, El Liberal, etc., co­laborando con infinidad de artículos. Críti­camente Valera es en general transigente, suave, irónico, fino, pero con los excepcionales deslices y apasionamientos propios de este temperamento (recuérdese su crítica de Jorge Manrique).

Puede considerársele como el descubridor de Rubén Darío en sus Car­tas Americanas sobre Azul; citemos tam­bién sus obras Del Romanticismo en Es­paña y de Espronceda, La poesía Urica y la épica en el siglo XIX, De la naturaleza y carácter de la novela, Apuntes sobre el nue­vo arte de escribir novelas, Sobre los cantos de Leopardi, etc. El conjunto de sus estudios literarios los recogió primeramente bajo di­versos títulos. A / vuela / pluma, De varios colores, Ecos argentinos. El conjunto de estos estudios de extensión y valor muy desigual es extensísimo, ocupando dos volú­menes de sus Obras completas (v. Estudios de crítica literaria). En otro conjunto de su obra crítica (v. Estudios críticos) se agrupan una doble serie de estudios filosóficos y político-históricos. En la primera se inte­gran entre otros trabajos sus cartas polémi­cas con Campoamor, y en la segunda estu­dios sobre Portugal, Cataluña, la unidad Italiana, sus Notas Diplomáticas, etc. Nada que decir de las aspiraciones a filósofo y de los conatos de dramaturgo.

Fue además Valera orador fácil y ameno, ateneísta, parlamen­tario; recordemos su discurso de ingreso en la Real Academia (1862): La poesía po­pular como ejemplo del punto en que debe­rían coincidir la idea vulgar y la idea académica, y los que versan sobre el Quijote y Fausto; polemista al estilo de su época, con Campoamor, la Pardo Bazán, Castelar, su mundo no está exento de cierto dilatentismo. Como traductor recordamos su Dafnis y Cloe, en excelente versión, y Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia, de Schack. Sus Cartas son ejemplo de prosa pulcra y correcta, precedente de la de sus novelas. Hasta aquí el diplomático y político, el culto, variado y extenso, pero también abigarrado y disperso mundo de Valera, excepto su obra novelística y narrativa. La hemos dejado expresamente para el final con la finalidad de estudiarla más aislada, descar­gándola del peso de un polifacetismo y de un sistema de vida que más que interesamos agobia y extraña a la sensibilidad actual.

Y antes de entrar en la obra novelística de Valera, en su solitario espíritu de novelista — «paso días enteros solo, encerrado en mi cuarto; leo, fumo y me entristezco»—, ca­bría preguntarse por el sentido de esta soledad a la luz de su sonante, incansable vida político-literaria. Con frecuencia pa­rece que Valera es un hombre perfecto, brillan­temente encajado en su época, y por tanto muy distante de nosotros, más que pueda estarlo Galdós o la Pardo Bazán. Pero es también esta distancia la que paradójica­mente le acerca a veces, casi repentina­mente, a nosotros, a este espíritu finamente desarraigado de la vida; creemos, además de la comprensibilidad que nos facilita la época, que ese refinamiento es el que le permite integrarse de modo tan efectivo, aunque siempre medido, en su complicado siglo.

El arte de novelar de Valera se estructura en la intimidad de un hombre escéptico y pesimista pero con el suficiente interés para adoptar en la vida una postura elegante, de interés por la belleza, de finura y equilibrio, sutil pero tenaz lazo con la realidad. De aquí que Valera no se interese por el natura­lismo y tienda al arte por el arte y a la delineación fría, equilibrada, galante, de sus temas y de sus personajes. No por ello, sin embargo, deja de ser cierto que esta galan­tería en su vuelo casi escalofriante sobre la realidad adquiere unas dimensiones y una actitud más densas y trágicas. También hay que reconocer que desde esta postura el arte se hace difícil; o, lo que es lo mismo, que trata de una actitud más apta para ser vivida que novelada. Cronológicamente su primera novela es Pepita Jiménez (1874, v.), escrita en una extraordinaria prosa, sencilla y bien elaborada descripción de una historia de amor, bien llevada técnica y psicológica­mente.

Es quizá su mejor novela y aparece muy relacionada con su estilo epistolar, con la consiguiente falta de acción y de intriga novelesca. Las ilusiones del doctor Faustino (1875, v.) significa una dirección novelística menos romántica y más atenta a la realidad humana y social decepcionante de su siglo. En Pasarse de listo y en El comendador Mendoza (1876-77, v.) vuelve Valera a plantear­nos casos psicológicos al estilo de Pepita Jiménez, a la que todavía más claramente se parece Doña Luz (1879, v.); la protago­nista nos recuerda a Pepita y la disquisi­ción psicológica, a ratos mística, es del todo semejante, pero la trama es más dramática; Juanita la larga (1896, v.), con un fondo costumbrista; Genio y figura… (1897, v.), cosmopolita y picante, y Morsamor (1899, v.), fantástica y delicada narración inspi­rada en un cuento de D. Juan Manuel, que ya había inspirado al Duque de Rivas El desengaño de un sueño (v.), cierran su exigua y correcta producción novelística. En tono narrativo menor escribió sus Cuentos, diálogos y fantasías (v.), con los cuentos «El pájaro verde», «Parsondes» y «El bermejino prehistórico o las salamandras azules», los diálogos «Asclepigenia y Gopa», los ar­tículos «Un poco de Crematística», «La cor­dobesa» y «La primavera», y el intento dra­mático «La venganza de Atahualpa».

Apuntan en estas obras el carácter de idealización y delicadeza que caracteriza su prosa noveles­ca. Valera es un estilista a la vez elegante y sen­cillo, de una nitidez y tersura que surge al cabo del tiempo y del estudio, depurado, como corresponde a su ideal de arte, pero sin afectación. Su obra, extensa en conjunto, a excepción de la parte noveladora, se pier­de en aras de una escasa especialización; divagadora, diletante, en cierto modo con­fiada a una amplia y sólida pero poco ge­nial cultura, en definitiva no interesa ni la filosofía, ni la moral, ni la psicología de Valera, quien sí que nos queda como un desarrai­gado aristócrata de la vida, sumergiéndose por una parte en ella, y por otra fina y dra­máticamente aislada; de este dramático ais­lamiento es desde el que edifica Valera un arte profundamente humano y silencioso que, en efecto, más nos dice por lo que calla y por lo que supone de actitud que por su misma obra en general y más particularmente por su siempre interesante, amena y sagaz novela.