Juan Ruiz Arcipreste de Hita

Lo poco que se sabe de este gran poeta castellano está en su extenso poema, el Libro de can­tares de Buen Amor (v. Libro del Buen Amor). Se dice que lo escribió en la cárcel donde estuvo trece años (1337 a 1350) por castigo que le impuso el cardenal arzobispo de Toledo, don Gil de Albornoz, que en esa época regía la archidiócesis. Se desconocen las causas de este castigo. Leemos que nació en Alcalá y sabemos que en enero de 1351 ya no era arcipreste de Hita, y que posible­mente había hecho sus estudios eclesiásticos en Toledo, cuyo ambiente tan complejo, religiosa y racialmente considerado, debió ejercer influencia sobre su interesante per­sonalidad. Se nos ofrece como una especie de goliardo o estudiante vagabundo que, no obstante su carácter eclesiástico, llevaba una vida frívola, fresca y valiente. Siguiendo en su obra sus propias declaraciones cono­cemos sus prendas morales y sus aficiones juglarescas y de hombre libre e indepen­diente: valiente, tañedor de instrumentos y amante de dueñas («doñeador alegre»); y también sus señas personales en retrato de buen humor: peludo, de nariz larga, ojos pequeños y labios gruesos.

El Libro de Buen Amor que ha llegado a nosotros tiene una primera redacción fechada en 1330 y una segunda en 1343. Es miscelánea y mul­tiforme y nos permite conocer todas las for­mas y todos los temas de la poesía de su época. Este conjunto complejo constituye una verdadera antología poética de la época a la que presta unidad la presentación auto­biográfica que hace el autor, el cual intenta dar al conjunto una intención ascética y moral (el buen amor contra el malo); y para ejemplo patente se puso él mismo de prota­gonista. Como antología de formas métricas encontramos la diversidad de su época como el tetrástrofo remozado y perfeccionado, la estrofa de versos cortos a la manera provenzal, la adaptación del «zejel» de los ára­bes de Andalucía, etc. En cuanto a los temas también se da una gran variedad: cantigas de devoción a la Virgen junto a las muy realistas dedicadas a las serranas, como la endiablada chata del Puerto de Malangosto; recuerdos piadosos de la Pasión de Jesucristo junto a relatos tan desver­gonzados como el de don Pitas Payas; realismos juglarescos y fragmentos alegóricoburlescos como el famoso pasaje literario de la batalla de don Carnal o Carnaval — con su vanguardia de gallinas, perdices, conejos y guerreros como don Tocino — contra doña Cuaresma que le ataca de im­proviso con sus perros, sardinas, anguilas, truchas y la armada de camarones que navegan por el río Henares, etc. T

ambién son diversas sus fuentes ya clásicas, como Ovidio; ya orientales como las de sus apó­logos y fábulas que le presentan como el primer fabulista de nuestro idioma. Sus «ensiemplos», apólogos o cuentos alegóricos con moraleja se refieren a casos concretos dignos de imitar o seguir, como el del caballo orgulloso ante la humildad del asno y que luego la desgracia humilla y es recon­venido por el asno («¿Dó es la tu soberbia, dó es la tu rencilla?»): «Aquí tienen ensiemplo e lición cada día / los que son muy soberbios con su gran orgullía; / que fuerza, edad e honra, salud e valentía/nos pueden durar siempre; vanse con mancebía.» Entre sus poemas de mayor encanto hemos de citar sus serranillas, en las que se anticipa a las del marqués de Santillana. La gracia y la malicia se aúnan a sus encuentros con Gadea de Riofrío, con Mengua Llórente a la que ofrece casamiento y regalos, con Alda que le pide muchos presentes (buena camisa con su gollarda, buena toca listada, «gapatas bermejas») para ser bienvenido; etc.

Uno de los mayores méritos del poema es haber creado uno de los tipos de más persistencia literaria en Trotaconventos que sorprende con presentes y misivas amorosas no sólo a moras esquivas, sino a monjas en oración. Sintiéndose triste y sin compañía, el autor hace llamar a Trotaconventos, «la mi vieja sabida». La alcahueta «presta e placenterade grado fue venida». Trotaconventos reali­za sus gestiones con una buena moza, viuda y rica, con la que fracasa; y aconseja al arcipreste que ame alguna monja y la vieja narra «ensiemplos» como el del hortelano y la culebra o el de la raposa que come las gallinas en la aldea o el del ladrón que hizo carta de su alma al diablo. Y Trotaconventos muere sirviendo al arcipreste que hace «su planto, denostando y maldiziendo la muer­te» (« ¡Ay Muerte! ¡Muerta seas, muerta e malandante!») con el recuerdo y el perdón divino para la «leal trotera» («Ay, mi Trota­conventos, mi leal verdadera ») y el epitafio para su sepultura («Urraca só, que vago so esta sepultura…»).

Esta vieja alcahueta, maestra en tercerías, se prodigará en nues­tra literatura pasando por la gran creación de Celestina y por la caricatura teatral de Doña Brígida en el Tenorio de Zorrilla. Se distingue el poema por la sátira de las costumbres, que es graciosa y suave, como en el Enxiemplo de la propiedad que’l di­nero ha, en que lo presenta como revolvedor del mundo que convierte al necio en sabio, da dignidades a clérigos necios y «por todo el mundo faze cosas maravillosas» («El faze caballeros de neçios aldeanos, condes e ricos ornes de algunos vyllanos…» «do son muchos dineros, y es mucha nobleza»…)Así ataca los vicios corrientes de la huma­nidad, como la avaricia, la envidia, la gula, la vanagloria o la ira y, sobre todo, la lujuria que siempre está «adoquier que tú seas» y que mantiene al mundo escarnecido y a la gente triste. Y siempre encontramos el ata­que prerrenacentista al clérigo frívolo, no­cherniego y tabernario y amigo de dueñas, como el propio arcipreste se nos presentó. Hombres y animales quieren tener compañía con las hembras porque el mundo, como dijo Aristóteles, trabaja por dos cosas: la primera «por aver mantenencia» y la se­gunda «por aver juntamiento con fenbra plazentera».

Y, como el seglar, el clérigo cae en pecado. El arcipreste recibe la visita de su vecino el Amor de cuyos razonamien­tos y denuestos contra él, de su pelea, deducimos las páginas más valientes de la literatura europea de la época. La sátira cle­rical es muy fuerte aunque sean caminos para un fin moral, las armas de que se debe armar todo cristiano para vencer al diablo, al mundo y a la carne. Y el arci­preste nos explica cómo se ha de entender su libro: «E rruego e consejo a quien lo viere e lo leyere que guarde bien las tres cosas del alma. Lo primero que quiera bien entender e bien juzgar la mi entención porque lo fiz’e la sentengia de lo que y dize, e non al son feo de las palabras: e segund derecho, las palabras sirven a la intensión e non la intençión a las palabras. E Dios sabe que la mi intençión non fue de lo fazer por dar manera de pecar nin por mal dezir; mas fue por reducir a toda per­sona a memoria buena de bien obrar e dar ensiemplo de buenas costumbres e castigos de salvaçión, e porque sean todos aperçebidos e se puedan mejor guardar de tantas maestrías, como algunos usan por el loco amor.» «Al son feo de las palabras», como . dice el arcipreste, se trata de poner en abo­rrecimiento de los hombres el mal amor y frente a él oponer el Buen Amor que da título al libro.

Pero por encima de todo, de su arte, que es una expresión total del de la Edad Media en la poesía, destaca su gracia maliciosa, que se percibe hasta en sus elogios como en los magníficos tetrástrofos alejan­drinos «De las propiedades que las dueñas chicas han, como el siguiente: «Son aves pequeñuelas papagayo e orior, / pero cual­quiera de ellas es dulçe gritador, / adonada, fermosa, preçiada, cantador, / bien a tal es la dueña pequeña con amor». La armazón autobiográfica del Libro de Buen Amor ha hecho pensar en la sinceridad del arcipreste, dándose a sí mismo ejemplo a todos a la manera de la novela picaresca. Pecador pero creyente. Nunca como rabelesiano librepen­sador. Se le sitúa en la línea prerrenacentista y reformista a la manera de Petrarca. Su poema es españolísimo no obstante las influencias clásicas y latinoeclesiásticas, ára­bes o francesas que se le han señalado. Es el arcipreste un típico representante de lo que será el arte español literario en su extraña mezcla de realismo descarnado e idealismo genial.

Y siempre ha de conside­rársele como un gran poeta y como una pri­mera figura de la poesía europea medieval como demostró en este extenso poema (1728 estrofas) que ha llegado a nosotros en tres códices del siglo XIV y cuya primera edi­ción crítica y paleográfica se debe, en 1901, al hispanista francés Jean Ducamin que adoptó en su edición el título propuesto por Wolf y aceptado por Menéndez Pelayo. Aunque ejemplo de una gran cultura me­dieval, en el poema predomina lo juglaresco y popular. El arcipreste de Hita fue un gran juglar goliardesco.

A. del Saz