Joseph Górres

Nació en Coblenza el 25 de enero de 1778, murió en Munich el 29 de enero de 1848. Su madre era de origen ita­liano. Desde la adolescencia demostró G. apasionarse por la política; todavía estu­diante publicó hojas polémicas llenas de simpatía por las ideas de la Revolución francesa. Durante los años 1799-1800 estuvo en París, al frente de una delegación de los republicanos de Renania; pero el contacto directo con la realidad revolucionaria enfrió mucho sus entusiasmos. Vuelto a su patria, obtuvo un puesto como profesor en el Instituto de Coblenza, y en 1806 una ayudan­tía en la Universidad de Heidelberg, donde conoció a los representantes del grupo romántico de esta ciudad y trabó estrecha amistad con Acim von Amim.

Desarrolló un curso sobre la poesía alemana antigua, el primer curso de germanística realizado en Alemania. Influenciado por los hermanos Grimm, publicó en 1807 los Libros populares alemanes (v.). En 1808 regresó a Coblenza y continuó allí, con renovado fervor, su propaganda en favor de la idea imperial alemana, desde las páginas de su revista Rheinischer Merkur (1814-16, v.), definido por Napoleón, al que atacaba ásperamente, como «el quinto poder». Fue también uno de los más populares defensores de la nece­sidad de terminar la construcción de la catedral de Colonia, en la que veía casi el símbolo de la grandeza y de la unidad de Alemania. A la caída de Napoleón, de nada le valieron los servicios prestados a la causa de la liberación; sospechoso de profesar ideas liberales, hubo de abandonar su em­pleo y cesar en su actividad periodística.

Cuando publicó Alemania y la Revolución (v.), el gobierno prusiano dio orden de cap­tura contra él. Se refugió primero en Suiza y después en Francia, en Estrasburgo, donde se convirtió al catolicismo. El rey Luis de Baviera le llamó en 1826 a Munich para desempeñar una cátedra de Historia en aquella Universidad, lo que le permitió pasar veinte años de vida tranquila desde el punto de vista material y fecunda espiritualmente. En tomo a él, se reunieron en su hospita­laria casa los representantes del segundo romanticismo católico — Brentano, Sailer, Cornelius— y después de la detención del arzobispo de Colonia, Von Droste-Vischering, muchos consideraron a G. como jefe y guía espiritual. Fue un escritor brioso, fácil, infatigable polemista, y un estudioso abierto a las más contrapuestas tendencias.

G. V. Amoretti