Josep María López-Picó

Poeta catalán. Nació en Barcelona en 1886, murió en la misma ciudad en 1959. Cursó los estudios de Filosofía y Letras en la universidad catalana e inició sus tareas literarias en el grupo «Joventut». Fue secretario de la Sociedad Económica de Amigos del País, cargo plá­cido que le permitió consagrarse plenamente a la poesía; ésta y el amor y cuidado de la familia fueron los únicos motivos vitales de López-Picó, hombre sin biografía, sin vicisitu­des externas, que vivió casi setenta y cinco años en perfecta paz consigo mismo y con la sociedad; viajó poco, no persiguió hono­res ni lucros, no promovió ni participó en polémicas ni tuvo detractores, ya que su voluntaria oscuridad social no despertaba la envidia de nadie. Aparte la obra poética, el hecho más notable de su existencia es la fundación y dirección de La Revista (1915) y la pequeña editorial aneja del mismo nombre; en una y otra colaboraron gran número de escritores jóvenes, que en López-Picó encontraban a un amigo y a un crítico benévolo; en dichas publicaciones se dieron a conocer además muchas obras de poetas y escritores extranjeros contemporáneos, con lo que nuestro autor contribuyó a airear las letras catalanas de su tiempo, bajo el impulso europeísta del novecentismo capi­taneado por Xénius (Eugeni d’Ors), de quien López-Picó muestra un influjo directo, so­bre todo en sus prosas Moralitats i pretex­tos.

Su obra de poeta es vastísima. Entre sus primeros libros, Intermezzo galant y Turment-Froment, ambos de 1910, y Pax (1948) dio a luz unas sesenta colecciones; al morir dejó inéditas una treintena. Ade­más de las ya citadas notas criticofilosóficas, Moralitats y pretextos, publicadas periódi­camente en su revista y luego reunidas en volumen, dio., a la estampa algunas traduc­ciones, entre las que destaca De les mil i una nits, adaptaciones de la gran recopilación de narraciones orientales. La poética de López-Picó (v. Poesías) está enraizada en la rica tradición medieval catalana (Ausiás March, Róis de Corella, Jordi de Sant Jordi). El tema amoroso centra su producción de la juventud y la madurez; un amor, entiéndase bien, cristianamente legítimo, el de la es­posa y madre de sus hijos, expresado, ya desde el primer canto, en acentos austeros y trascendentales. Hombre de inalterables convicciones religiosas, su poesía invade el campo ascético y metafísico con el hambre de absoluto y la espera de Dios, la conside­ración de la muerte cristiana como libera­ción y paso a la inmortalidad en alma y carne, con la exaltación del primer hombre y la primera mujer y la invención del diá­logo amoroso (Invocado secular, 1926); con los misterios de la Encarnación, la Reden­ción, la Comunión de los santos.

Sus fuentes son la Biblia, los Padres de la Iglesia, la liturgia, las devotas tradiciones del pueblo. López-Picó compuso poemas de amplio aliento teológico y cultivó el epigrama circunstan­cial y familiar, y un paisajismo metafórico, artificioso. De él se ha dicho que daba por bueno todo cuanto salía de su pluma y todo lo estimaba apto para ser puesto en letras de molde y publicado. Su estilo es muy particular, confuso y luminoso a un tiempo, a la vez hinchado y escueto; ideas, más que profundas, poco clarificadas pugnan por to­mar cuerpo en palabras e imágenes de una evidente ascendencia orsiana, pero sal­tan aquí y allá versos sublimes, cual fru­tos de una feliz inspiración automática, gratuita. Tal vez por esto nuestro autor se interesó poco por la prosa; la que llegó a escribir, tan «magistral», es más bien pesada que grave. El problema de la expresión en prosa fue insoluble para él. Ejemplo rigu­roso de vocación lírica, su obra en aparien­cia muy diversa, obedece a un impulso único, extrañamente obstinado, y los resul­tados, vistos en conjunto, ofrecen una cierta monotonía y una cierta falta de relieves y claroscuros. Sus frecuentes invocaciones, sus apóstrofes solemnes parecen en ocasiones el efecto de un mecanismo de ritmo sincopado que obrase por inercia. Carles Riba ya dijo que los versos de López-Picó son el frío cumplimiento de un deber sagrado.

Nos hallamos en verdad ante un poeta pro­fesional en la más estricta acepción de la palabra; su vida fue esto: escribir versos infatigablemente, obsesivamente. No hubo en ella pasiones, veleidades, caprichos que le desviaran del quehacer poético; no hubo tampoco una brizna de ironía, ni de duda. El caso es realmente insólito, quizá único. Por todo ello su poesía necesita y merece un análisis objetivo, minucioso, profundo; es posible que un crítico genial, creador, ex­trajera de la obra — del opus — lopezpiconiana mucho más de lo que en apariencia contiene. Ya que no podemos descartar la idea de que encierre algo parecido a un profetismo esotérico, un misterio al que el propio poeta fue ajeno. En 1931 sus amigos publicaron una extensa Antología lírica, con un prólogo de C. Riba; y en 1948 apareció el primer volumen de Obres completes, que comprende sus sesenta primeros libros.

J. Oliver