José Martí

Político y escritor cubano; nació en La Habana en 1853 de padre valen­ciano y madre canaria; murió en 1895. Es la figura más relevante y simbólica en la his­toria de su país. Desde niño, su vida fue un constante peregrinar, pues ya estuvo en Es­paña de los cuatro a los seis años. Alumno desde 1865 del poeta Rafael María Mendive, la influencia del maestro en el alma y en la formación del muchacho fue con­siderable. Una carta en la que censura con otro compañero la conducta de su amigo que había ingresado en el Ejército español le valió una condena a trabajos forzados (1870); indultado al año siguiente, partió rumbo a España, donde inició los estudios de la carrera de Leyes (Madrid), que ter­minó en Zaragoza (1874). Antes, lo había sorprendido en Madrid la proclamación de la república y el patriota cubano aprove­chó la coyuntura para hacerse ilusiones y trabajar por la independencia de su patria; fracasado su intento, vuelve a América por la ruta de París.

Pero su estancia en Europa había sido fructífera para su espíritu, pues se había formado allí y había conocido a hombres como Echegaray, Giner de los Ríos, Salmerón y Víctor Hugo. En México (1875), tuvo ocasión de trabajar más intensamente por sus ideales de emancipación y de rela­cionarse con Justo Sierra y con el grupo de escritores mexicanos de aquellos tiempos: Acuña, Flores, Altamirano, Gutiérrez Nájera y otros; además, conoció y rindió culto sentimental a la famosa Rosario de la Peña. Pero la llegada al poder de Porfirio Díaz lo descorazona, y después de un viaje a Cuba, se establece en Guatemala (1877), con la protección del presidente Barrios, y allí es profesor de la Escuela Normal y de la Universidad. Después de su matrimonio en México con Carmen Zayas Bazán, re­gresó a La Habana en 1878. Pero sus acti­vidades emancipadoras no podían pasar allí inadvertidas y fue deportado a Santander (1879), para volver a América al año si­guiente y establecerse en Nueva York; y desde allí, planea y organiza la liberación de su país. Menos de medio año pasó en Venezuela, donde trabó amistad con Cecilio Acosta y causó gran impresión como pro­fesor y como periodista (1881).

Viaja a Nue­va York y su fama crece: primero Uru­guay (1887) y después Argentina y Para­guay (1890), le confían su representación consular en la gran urbe norteamericana; pronuncia discursos, escribe artículos y ver­sos, conspira, lucha, funda la Liga Patrió­tica y redacta las Bases del Partido Revo­lucionario Cubano, en contacto con Máxi­mo Gómez. En los años siguientes, su vida de conspirador es de una constante agita­ción por Centroamérica y las Antillas, y en 1895, cuando los patriotas cubanos se levantan, Martí se embarca en Caba Haitiano, des­pués de haber suscrito con Máximo Gómez el Manifiesto de Montecristi, y desembarca en Playitas; su Diario (9 de abril a 17 de mayo) lo incorporó Máximo Gómez a su Diario de campaña. Y el 19 de mayo, en la acción de Dos Ríos, una bala lo alcanzó y segó la vida del héroe cubano en plena ma­durez. José Martí es un romántico por su inspiración y su rebeldía, un precursor del modernismo por sus gustos e inquietudes y por las calidades de su prosa; un poeta delicado y exquisito que no llega a entregarse al esteticismo; un orador de altura; un edu­cador moderno que aprovecha el sentido práctico del positivismo para combatir la enseñanza tradicional y memorística; el cau­dillo de un pueblo al que entrega su inte­ligencia, su voluntad y su vida.

Como ora­dor, cautiva y arrebata (v. Discursos); como hombre de acción y de criterio, su pensa­miento y su carácter pueden estudiarse en sus cartas (v. Epistolario); como poeta, sus versos están recogidos en dos volúmenes que publicó: Ismaelillo (1882) y Versos sen­cillos (v.), y en su poesía se refleja el sin­cero dolor por el incidente de «la niña gua­temalteca», que amó al maestro y poeta, y «murió de amor»; su pensamiento sobre América y sus ilusiones continentales se encuentran recogidas en el libro Nuestra América (v.); sus ideas acerca de la rea­lidad y función de los Estados Unidos en relación con los problemas del momento y de lo futuro se han recogido con el título Norteamericanos (v.). Sus escritos en rela­ción con la educación, en los que se encuen­tran fecundas ideas acerca de la organiza­ción y sentido práctico y técnico de la ense­ñanza, han sido recogidos por Félix Lisazo en el libro José Martí, precursor de la Unesco (1953), publicado con motivo del centenario del nacimiento del héroe cubano. Martí ensayó también la novela Amistad fu­nesta (1885), con el seudónimo de «Ade­laida Ral», y tradujo al castellano la no­vela Called Back (1885) de Hugo Connay, con el título Misterio.

Intentó también la producción dramática en Abdala (1869), drama simbólico en un acto y en octosíla­bos, y Amor con amor se paga, también en verso, proverbio en un acto estrenado en México en 1875; además de un drama filosófico en prosa, en tres actos, con evidente influencia de Tamayo y Baus y de Eche- garay, que escribió entre 1872 y 1874, y no se publicó hasta después de su muerte. Pero todo esto no daría una idea completa de su labor y de su producción, pues el propa­gandista incansable nos ha dejado otros muchos escritos; El presidio en Cuba (1871), fruto de su condena a trabajos forzados; La República Española ante la Revolución Cubana (1873), La solución y Las reformas, de la misma fecha; Cuba y los Estados Uni­dos (1889), refutación de los ataques de la prensa norteamericana a los patriotas cuba­nos; breves estudios biográficos sobre Emer­son, Oscar Wilde, Walt Whitman, Cecilio Acosta, Pérez Bonalde (prólogo a su Poema del Niágara), Longfellow, Olegario V. Andrade, Heredia y otros.

Y en la labor del infatigable periodista,, debemos señalar esencialmente sus cuatro números de la re­vista infantil La Edad de Oro (1889), pu­blicada en Nueva York, y Patria, (1892), también de Nueva York, publicación que dirigió durante tres años, desde la muerte de su fundador, Enrique José Varona. Martí, el gran idealista y patriota, está muy lejos de ser un inadaptado, como algunos han pretendido; la contradicción entre su idea­lismo y su sentido práctico y positivista de la educación no es más que el producto lógico de su rebeldía frente a lo absurdo de una tradición nociva que parecía inque­brantable; tiene las debilidades del ser hu­mano que se subliman con la grandeza del visionario y del héroe; sabe a dónde va, y cuando la muerte le cierra el paso, su obra ya está en marcha. Cuanto inicia, fructifica. Y pese al heroísmo de su pueblo, no incu­rrimos en hipérbole al afirmar que Martí, muerto en plena juventud, fue un caudillo que estuvo a una altura superior a la de su pueblo y simbolizó la grandeza futura de América. Juan J. Remos y Rubio hace un excelente estudio de Martí y de su obra en su Historia de la Literatura Cubana; sería muy largo señalar tan sólo la biblio­grafía sobre el ilustre patriota, acerca del que han escrito, entre otros, Roque E. Garrigó, Néstor Carbonell, Isidoro M. Mén­dez, Ofelia de Benvenuto, Isaac Goldberg, Rubén Darío, Max Henríquez Ureña, Al­fonso Reyes, Varona, Chacón y Calvo, Lequizamón y otros muchos.

J. Sapiña