José María Heredia y Campuzano

Poeta cubano nació en Santiago de Cuba en 1803 y murió en México en 1839. Hijo de un funcionario español. Acompañando a sus padres estuvo en Caracas, inició sus estu­dios de Derecho en La Habana, los conti­nuó en México, donde murió su padre (1820), y los terminó en La Habana; pero el grado de licenciado no le fue concedido hasta 1823, después de solicitarlo ante la Audiencia de Puerto Príncipe. Ejerció su carrera en Matanzas, pero tomó parte en la conspiración de la sociedad Rayos y Soles de Bolívar y tuvo que huir a Estados Uni­dos; en su ausencia, se le condenó a des­tierro perpetuo (1824). Enseñó castellano en Nueva York y publicó allí sus Poesías (v.) en 1825.

Pero la dureza del clima quebran­tó seriamente su salud, que no había ya de reponerse por completo. Pasó entonces a México, donde desempeñó diversos cargos: oficial de la Secretaría de Estado y juez en Veracruz y en Cuernavaca, se casó con Ja- coba Yáñez; fiscal de la Audiencia en Tlalpan y oidor interino de la Audiencia en Toluca. Amigo y partidario de Santa Ana, fue elegido diputado; ministro de la Audien­cia, llegó al rectorado del Instituto Lite­rario de Toluca en 1835. Pero la nostalgia de la patria y las horas revolucionarias que había vivido en México lo movieron a soli­citar el regreso a su país, en carta en la que confiesa que «las calamidades y mise­rias que estoy presenciando hace ocho años han modificado mis opiniones y vería como un crimen cualquier tentativa para tras­plantar a la feliz y opulenta Cuba los males que afligen al continente americano». Sin embargo, no estuvo en la isla más que des­de el 5 de noviembre de 1836 hasta el 16 de enero de 1837, en que embarcó rumbo al continente para no regresar. De nuevo en México, ya sólo pudo ocupar cargos de poca importancia y fue víctima de la tubercu­losis pulmonar que lo venía minando desde mucho tiempo antes.

En 1832, reeditó en Toluca sus Poesías, con la particularidad de que él y su esposa fueron los tipógrafos. El gran poeta José María Heredia, primo del poeta francés del mismo nombre y apellido, es conocido principalmente por su canto Al Niágara y su poema En el Teocali de Cholula; uno y otro dan al poeta una jerarquía superior a la de los líricos hispanoameri­canos de su tiempo. Sin embargo, no puede desdeñarse ni silenciarse el resto de su pro­ducción: desde sus Ensayos poéticos, escri­tos en su mocedad y que dejó inéditos, hasta sus traducciones de Byron, Fóscolo, Lamartine y otros. Sobresalen entre sus composiciones: el Himno al Sol y el Himno del desterrado; la Oda a España Libre, El Dos de Mayo, Oda a los habitantes del Anáhuac, La Estrella de Cuba, primer grito decidido del poeta en pro de la indepen­dencia de su patria, y poemas de tono me­nos declamatorio y más íntimo, como A Emilia, A la estrella de Venus, Desengaños y placeres de la melancolía.

Menos interés tiene como dramaturgo, con traducciones y adaptaciones de Alfieri, Chénier y otros, que resultan a veces más estimables que sus intentos originales: Eduardo IV, Atreo y el sainete El campesino espantado. Como pro­sista no llega a la altura del lírico, pero es buen orador y buen periodista (El Iris, Miscelánea, etc.), y escribe sobre literatura, adapta cuentos del francés (Cuentos orien­tales), dicta normas preceptivas, da Lec­ciones de Historia Universal y escribe sobre Mitología. Ama a la «tierra madre» España y odia la tiranía y la incomprensión de los españoles de su época. Es un poeta neoclá­sico influido ya por el romanticismo.

J. Sapiña