José Manuel Marroquín

Escritor co­lombiano; nació en Bogotá en 1827 y murió en 1908. Pertenecía <a una familia de abolengo virrei­nal, emparentada con figuras ilustres de la Independencia y dueña de la hacienda de Yerbabuena. Quedó huérfano cuando era aún niño, y su educación tuvo todas las ven­tajas de una posición económica brillante y todos los inconvenientes de la falta de un hogar normal, con tíos y tías en lugar de padres. Y ello influye indudablemente en la verdadera paradoja que fue su vida. El muchacho, educado en las más rígidas nor­mas de la buena sociedad, se fuga del pri­mer colegio a donde lo envían y entra en el seminario de la Compañía de Jesús, pero no llega a cursar estudios universitarios. El distinguido y elegante «señor de Yerbabuena», de gustos clásicos y rigor preceptis­ta, capaz de escribir un tratado mnemotécnico de Ortografía Castellana para tormento de los pobres escolares, pasa a la posteridad por sus poesías de carácter festivo, especial­mente por una de ellas, titulada La Perrilla.

El hombre docto, fundador de la Academia Colombiana de la Lengua, que frecuentaba los círculos más distinguidos de la ciudad y la tertulia literaria, era también un ena­morado de la vida del campo y excelente caballista, y escribe su mejor trabajo en prosa, la novela El Moro (v.), sobre la vida y costumbres de un caballo, sin gran pro­fundidad ni emoción, pero con una excelen­cia de conocimientos difícil de superar. Y, en fin, el gran señor «solitario», escritor local a lo Pereda, que atribuye los males de la sociedad a la política y a los políticos con ambiciones y sin ética, como refleja en su novela Blas Gil (v.), acaba dejándose convencer por sus amigos en la ancianidad para aceptar la vicepresidencia de la Repú­blica (1898), quiere hacer de hombre bueno, desconoce al gobierno del presidente San clemente, asume el poder (1900), no puede evitar que los suyos cometan toda clase de tropelías en «los mil días» de lucha (1899- 1903) y contempla con amargura cómo el departamento de Panamá se desgaja del territorio nacional.

Publicó, además, las no­velas Entre primos (1897) y Amores y leyes (1898), de tipo costumbrista e influidas, como las anteriores, por la novela picaresca española; unas Lecciones de urbanidad (1886) responden a la obsesión por su con­dición de gran señor y por la evocación de las costumbres coloniales; un Diccionario Ortográfico; diversas crónicas y artículos costumbristas reunidos en el volumen His­toria de Yerbabuena; Poesías, en diversas ediciones; un Tratado de Retórica, etc. Marroquín es un superviviente virreinal, un gran señor que amaba los caballos y hacía poe­sía festiva, y un buen patriota que tuvo que sufrir la amputación de una parte del terri­torio nacional.

J. Sapiña