Jorge Isaacs

Novelista y poeta colom­biano nació en el Valle del Cauca en 1837, murió en Ibagué en 1895. Cali y Quibdó se disputan su cuna, pero no se ha encontrado su partida de nacimiento, y el propio autor no aclara la duda cuando nos dice que nació en el estado de Cauca, estructura adminis­trativa que no existía aun cuando nació el escritor. Era hijo de un judío converso, súbdito inglés procedente de Jamaica, que se estableció primero en Quibdó y luego en Cali; su madre era hija de un oficial español de la Marina. Lo cierto es que el joven se crió en Cali (hacienda «El Paraíso»), y que según él mismo nos cuenta, recibió instruc­ción primaria en Cali y en Popayán, y des­de 1848 en Bogotá, donde inició estudios superiores de Medicina que no llegó a ter­minar.

Colaboró en el periódico Mosaico y dirigió La República (1867), órgano con­servador. Cónsul en Chile (1871-1872), se batió como liberal en Chancos (1876); go­bernador de Cauca, encabezó una rebelión contra el presidente del estado de Antioquia, Restrepo Uribe, invadió el territorio para derrocarlo y tomó el poder en Medellín; pero las fuerzas del gobierno nacional le obligaron a capitular. Retirado en Ibagué y anulada su elección como diputado por Antioquia, intentó sin éxito la explotación de carbón mineral en el departamento del Magdalena. Murió pobre y en plena madurez. Debe su fama literaria continental y universal a su novela María (v.), que hoy sigue siendo leída en todos los países de habla española. Tienen mucho menor interés sus actividades periodísticas, políticas o mi­neras y un curioso Estudio sobre las tribus indígenas del departamento del Magdalena que escribió en sus últimos años, después de sus incursiones por la selva. Pero ha quedado injustamente relegado al olvido otro aspecto literario del escritor colombia­no: el de poeta lírico.

Es un becqueriano equilibrado y vigoroso, que puede ser lla­mado el poeta del Valle del Cauca, aunque ello no autorice a García Prada a afirmar que supere a Bécquer por el vigor y por él más hondo sentido de lo trágico en el hombre, el mundo y la belleza. Su primera colección de poesías se imprimió en 1864 por un grupo de hombres de letras colom­bianos que se entusiasmaron con los versos del joven escritor, quien ya en su madurez, después de sus actividades de novelista y político, volvió a la poesía con dos poemas de más ambición: Tierra de Córdoba, canto a la raza antioqueña, a su raza, entre la cual quiso que se le enterrara, y Saulo, que no llegó a terminar. I., lírico discreto y excelente novelista, enlaza la visión ro­mántica europea de América a través de Chateaubriand con la visión poemática trá­gica posterior de Eustasio Rivera, mediante una sincera y delicada matización costum­brista del romanticismo.

J. Sapiña