Jordi De Sant Jordi

Poeta catalán. Nació probablemente en el reino de Valencia, a fines del siglo XIV. Parece que fue arma­do caballero en 1420. Cuatro años antes estuvo en Francia cumpliendo una misión del rey. En 1417 están fechadas unas cartas de Alfonso el Magnánimo y de la reina María interesándose por el ingreso de Isabel de Sant Jordi, hermana del poeta, en el convento de Zaidia de Valencia. En esta época nuestro autor era ya camarero del soberano, quien en 1418 le asignaba una pensión de 600 florines anuales. Hacia 1420 toma parte en la expedición a Italia y se le concede la baronía del Valle de Uxó, lo que le lleva a un largo y enconado pleito con Gispert de Talamanca, hasta que el rey falla la cuestión en favor de su camarero. En 1423 fue hecho prisionero por el condo­tiero Sforza, cautiverio que dio origen a su composición Presoner. Parece que fue pues­to en libertad el mismo año; un documento de principios de 1425 lo da ya por muerto.

En su juventud se relacionó con el marqués de Santillana en el tiempo en que éste era copero de Alfonso el Magnánimo, y todo hace suponer que fueron buenos amigos. En 1430, el castellano le dedicó un recuerdo laudatorio en su composición La coronación de Mosén Jorde, en la cual Homero, Virgi­lio y Lucano presentan el poeta catalán a Venus para ser coronado. La poesía de J. de St. J. oscila entre las reminiscencias trovadorescas provenzales y el petrarquismo. Los momentos más altos y más puros de su lírica (los Stramps, el Comiat, el Enyorament, v. Cancionero) son bellísimas mues­tras de la más fina representación catalana del estilo del cantor de Laura, tanto por el contenido como por la forma. Los conceptos amorosos, el análisis de los senti­mientos, la contemplación del objeto amado, responden en nuestro poeta a una feliz y personal adaptación de la poética petrarquista. También en la métrica del catalán se observa una agilización del ritmo, una acen­tuación más eufónica, que tienden a liberar el decasílabo catalán de su dureza tradicio­nal: nuestro poeta se contagia, quizá sin darse plena cuenta de ello, de la suave musicalidad de su modelo.

También en el lenguaje sigue J. de St. J. un camino de independización de las formas provenzales; en él se impone la lengua catalana en me­dida sólo superada por Ausiás March. En las expresiones más significativas, en las imá­genes de que se vale para animar o matizar sus sentimientos, en las mismas rimas, se nos revela, sobre todo en su obra madura, un poeta elegante, sobrio, oportuno. De las dieciséis composiciones conocidas de este autor sobresale la titulada Stramps, de for­ma estrófica y versos libres; en ella el poeta define con bellas imágenes el recuer­do de la amada, que le acompañará hasta el sepulcro. Esta poesía ha sido considerada con razón como una de las obras maestras de la lírica catalana de todos los tiempos. En Comiat de Mossén Jordi y en Enyorament, se da el tema de la añoranza amorosa con sinceros acentos, llenos de emoción y autenticidad. La composición llamada Midons es un respetuoso homenaje a una «reina de honor» probablemente la reina Margarita, viuda de Martín el Humano.

La Caneó d’opósits contiene la traducción de unos versos de Petrarca, lo que dio lugar a una confusión por la que se creyó que había sido el italiano el imitador de nuestro poeta y no al revés. Es también digna de mención la poesía Lo canviador, en la que se filosofa con gracia y usando comparacio­nes monetarias acerca de la mudanza de los corazones femeninos. J. de St. J. tuvo mu­chos imitadores, entre los que cabe citar a Torroella i Ferrer, Róis de Corella, Escrivá, Martí García, Masdovelles, Lluís de Requesens, etc.