John Ruskin

Nació en Londres el 8 de fe­brero de 1819 y murió en Brantwood (región de los lagos) el 20 de enero de 1900. El ambiente familiar favoreció su vocación. Su padre, casado con una prima, era esco­cés; fundador de un próspero negocio de vinos poseía destacadas aficiones literarias y artísticas, y la madre, que estimuló en Ruskin el estudio de la Biblia, fue una rígida puritana y secundó sus gustos por la mú­sica, el dibujo y la observación del mundo. Nada ahorraron los esposos en la prepa­ración de la misión a la cual parecía des­tinado su hijo prodigio, quien a los nueve años iniciaba la composición de un «poema del universo», Eudoxia, y llenaba los carta­pacios con obras poéticas y dramáticas en las que mostraba gran habilidad en la asi­milación de los estilos más diversos. De esta época juvenil dejó Ruskin un bello testi­monio en las páginas de confesiones de Praeterita, su último texto.

La primera publi­cación del autor fue, significativamente, un ensayo sobre los estratos de las montañas y el color del Rhin colaboración en The Magazine of Natural History de marzo de 1834). En 1837 revelóse partidario del apóstol del neogótico, A. W. Pugin, en una serie de artículos acerca de la «poesía de la ar­quitectura» que aparecieron en The Archi­tectural Magazine. Los estudios de Ruskin en la Universidad de Oxford (había ingresado en el Christ church) quedaron interrumpidos durante dos años a causa de una crisis pro­vocada por su amor no correspondido ha­cia Adèle Domecq, la hija del socio de su padre; en el curso del mencionado bienio Ruskin viajó de nuevo por el continente (antes había visitado Francia, Bélgica, el Rin y Suiza). En 1842, finalmente, se graduó. El episodio más brillante de su carrera uni­versitaria fue la consecución del Newdigate Prize gracias al poema Salsette and Elephanta (1839).

En mayo de 1843 apareció anónimo el primer tomo de Pintores moder­nos (v.); la entusiasta defensa del arte de Turner que contiene la obra desconcertó incluso al propio pintor. El segundo volu­men, escrito parcialmente en Italia, donde Ruskin había estudiado las escuelas toseana y veneciana — labor en la cual revalidó a los «primitivos» — y la arquitectura y la escultura de las ciudades italianas septen­trionales, fue publicado en 1846. En Las siete lámparas de la arquitectura (1849, v.) convertíase en apóstol de un gusto formado progresivamente en Inglaterra hacía ya un decenio, gracias a Pugin y a la Camden Society de Cambridge; tal corriente defen­día como condiciones de la creación artís­tica la virtuosa disposición del artista y la imitación de la naturaleza: «Cuanto hay de bello y agradable en arquitectura — afir­maba Ruskin — está imitado de las formas natu­rales». La intransigente actitud protestante de nuestro autor alejóle, empero, de las tendencias neogóticas contemporáneas, sos­pechosas de «papismo». Gracias a esta dife­renciación influyó notablemente en el pú­blico la obra Piedras de Venecia (1851-53, v.), que le presentó como defensor de la adopción del gótico en la arquitectura civil y doméstica de la época victoriana.

El mis­mo año de la publicación de Stones of Venice ofreció su valioso apoyo al prerrafae­lismo en un ensayo sobre este movimiento pictórico (v. D. G. Rossetti). En 1853 Ruskin empezó a difundir sus criterios a través de conferencias. Inducido, por el estudio de la arquitectura gótica, a la reflexión acerca de las virtudes de sus creadores, fue acen­tuando cada vez más su actividad social; y así, de expositor de teorías estéticas pasó a serlo de audaces puntos de vista referen­tes a problemas de la sociedad y la indus­tria, condenó el utilitarismo de los economis­tas, denunció los males que ocasionaba la civilización industrial y defendió el retorno a una actividad iluminada por los propósitos religiosos y la alegría creadora — que era, a su juicio, la de los artistas medievales —, en una serie de conferencias, opúsculos y artículos que en ciertas ocasiones pudieron parecer de carácter revolucionario, como ocurrió, por ejemplo, con los ensayos reu­nidos luego en los tomos titulados Hasta el final (1862, v.) y Muñera pulveris (1872, v.).

En las veinticuatro cartas dirigidas a un obrero y publicadas en Tiempo y esta­ción (1867-72, v.), expuso Ruskin sus ideas acer­ca de la sociedad futura; sin embargo, el más popular de sus ensayos sociales fue el aparecido en 1868 bajo el título de Sésamo y lirios (v.) publicado en 1871 como pri­mer tomo del conjunto de las obras del autor. El apostolado social de éste, empero, no se limitó a los textos polémicos, entre los cuales cabe destacar la serie de verdaderos sermones laicos de Fors clavigera (1871-84, v.), destinada a los trabajadores; y así, Ruskin extendió su actividad al campo práctico mediante subvenciones a casas para obreros, cooperativas y museos, la uti­lización de sus discípulos en construcciones públicas y la amplia colaboración con su patrimonio a este apostolado: como juzgara inmoral la explotación del capital, en 1876 empezó a entregar libremente sus bienes, y a partir de 1887 vivió tan sólo de los ingresos, muy notables, procedentes de los derechos de autor. En 1869 fue nombrado «slade professor of Art» de la Universidad de Oxford, y hasta 1884 dedicóse preferen­temente a la enseñanza.

Con esta brillante carrera de escritor y apóstol contrasta la infelicidad de la vida sentimental de Ruskin: celebró un matrimonio no consumado con Effie Gray, quien, anulada dicha unión al cabo de seis dificultosos años (1848-54), ca­sóse con el pintor John Everett Millais. En los últimos tiempos de su existencia Ruskin experimentó una pasión no correspondida hacia una joven alumna, Kathleen Olander, a la cual declaró su amor en 1888, y la intervención de cuyos padres provocó en Ruskin una depresión de la que no iba ya a recobrarse en el largo crepúsculo de su vida, pasado en Brantjwood, junto al lago de Coniston, donde había adquirido una pro­piedad. Las concepciones de nuestro autor revolucionaron no solamente la estética in­glesa, sino incluso la europea, e introduje­ron en la consideración del arte el ele­mento que luego fue estimado como un pre­juicio ético. Sin embargo, a pesar de las defectuosas premisas y de las contradic­ciones frecuentes, la obra de Ruskin aparece redimida por una ardiente y profunda sen­sibilidad que contribuyó a ensanchar los horizontes del gusto.

M. Praz