Johann Wolfgang Goethe

Nació en Franc­fort del Maine el 28 de agosto de 1749, murió en Weimar el 22 de marzo de 1832. Los Goethe eran una familia de artesanos oriun­da de Turingia. El bisabuelo había sido albéitar en Artern de Kyffháuser; el abuelo, sastre en Francfort y después acomodado mesonero. El padre de G. fue jurista con el título de consejero imperial, pero sin ejer­cer el cargo. Era una persona de gran cul­tura; el diario de su viaje a Venecia, Roma y Nápoles (1740), escrito en italiano, fue publicado en 1932 por Arturo Farinelli. Su madre, Katharina Elisabeth Textor, descen­día de una respetable familia de juristas de la Alemania meridional. El abuelo ma­terno del poeta, Johann Wolfgang Textor, había sido burgomaestre de Francfort, y sobre todo, en su calidad de alcalde, había tenido en sus manos las riendas del go­bierno de la ciudad. Johann Wolfgang asis­tió, en abril de 1764, a la coronación de José II como rey de Roma, estudió Leyes en Leipzig de 1765 a 1768 y en Estrasburgo de 1770 a 1771.

De mayo a septiembre de 1772 hizo prácticas de abogado en el Reichskammergericht de Wetzlar, después de ha­ber pasado los exámenes de aptitud para la profesión en Francfort en diciembre de 1771. Hasta su marcha a Weimar, en el oto­ño de 1775, se ocupó de veintiocho proce­sos, cuyas actas poseemos todavía. El estu­diante G. quemó en Leipzig sus primeros trabajos de Francfort: un poema en honor a José II y algunos intentos dramáticos; las poesías líricas que escribió en Leipzig nos han sido, en cambio, conservadas ma­nuscritas, en el libro Anette (1767) y en los Cantos con melodía dedicados a Mlle. Friederiken Oeser [Lieder mit Melodien Mil. F. O. gewiedmet]. En otoño de 1769 se pu­blicó, anónima, con la fecha de publica­ción retrasada un año, la primera colec­ción de poesías líricas de G.: Nuevos can­tos con melodía [Neue Lieder mit Melo­dien]. En Leipzig nació también Capricho de enamorados (v.), perla de la comedia pastoril alemana, y en Francfort la come­dia en alejandrinos Los cómplices (v.), que es como una meditación de los tiempos pa­sados en Leipzig.

Pero deben considerarse como fundamentales para la evolución de G. su estancia en Estrasburgo, su proceso na­tural de maduración, el trato con un grupo de contemporáneos que se habían separado del «rococó» y, sobre todo, su contacto con Herder. En las cercanías de Estrasburgo, en Sesenheim, conoció a Friederike Brion, a la que amó y con quien tejió un idilio se- . reno, sin grandes amarguras, terminado en una dolorosa y necesaria separación. Este episodio inspiró a G. las que podemos lla­mar primeras poesías modernas de la lite­ratura alemana (v. Poesías). Bajo la im­presión de la catedral de Estrasburgo y con el título De la arquitectura alemana (v.), elevó un himno en prosa a Erwin von Steinbach, uno de los alarifes de aquel monu­mento. Esta obra señaló en Alemania el comienzo de la estimación de aquel arte gótico que el mismo Oeser, director de la Academia de Leipzig y maestro de G., había rechazado por «excesivo, falto de propor­ciones racionales e incapaz de despertar en los seres pensantes otra cosa que miedo y temor». G., en cambio, precisamente por­que ignoraba el origen francés del gótico, glorificó en Erwin al genio, al creador que, como nuevo Prometeo, supo plasmar un nuevo mundo, sin atenerse a modelos ni principios del exterior, sino buscando la inspiración en su propia alma. Esta obra fue la antorcha del culto al genio y del pe­ríodo del «Sturm und Drang». Lo mismo puede decirse en el campo del teatro en cuanto al drama en prosa Goetz de Berlichingen (v.) que, compuesto sobre el mo­delo de Shakespeare, sin respetar las reglas francesas de las tres unidades de tiempo, lugar y acción, se desarrolla en tomo a la figura de un caballero de la primera mitad del siglo XVI, hombre instintivo, leal, rec­tilíneo, completamente entregado al pueblo a quien quiere ayudar a hacer valer sus derechos.

Es el descubrimiento de la caba­llería y de la Edad Media: tanto una como otra se pusieron inmediatamente de moda, difundidas por Heinrich von Kleist y por Walter Scott. También Egmont (v.), drama que es una variante del tema de Goetz, se remonta a la época de Francfort. Junto al «genio» se coloca el «corazón» que contrasta con el culto a la razón de la época anterior y que es característico de la obra goethiana, como ya se advierte en la novela Las cuitas del joven Werther (v.), la cual, gra­cias a una prosa totalmente nueva y al sui­cidio del infeliz enamorado, causó sensación más allá de las fronteras de Alemania, des­encadenando en Europa la fiebre wertheriana. Constituyen la base de la novela su amor por Charlotte Bluff, que el poeta conoció en Wetzlar y ya unida a su amigo Kestner, y la noticia del suicidio de otro amigo suyo, el joven secretario de Legación Jerusalén. Frente a la imposibilidad de vivir su amor, extraño a un mundo distinto, Werther (v.), el único titán de G. capaz de renuncia, se mata.

Genio y corazón, a los que se unía el evangelio de la naturaleza en un sentido rousseauniano, tal es la fuerza creadora de’ una serie de dramas menores, aparecidos en 1773 bajo la impresión de la lectura de las obras de Hans Sachs, el maestro cantor de Nuremberg. G., siguiendo su ejemplo, creó un metro propio, el «Knittelvers». Caracte­rísticos del culto al genio de estos años son los pequeños dramas Mahoma (v.), Sátiro (v.), Prometeo (v.), Peregrinaciones del ar­tista por la tierra (v.); y representativo del culto al corazón ya la sensibilidad, el drama Stella (1775, v.). El Clavijo (1774, v.) nació de la necesidad de experimentar sus pro­pias fuerzas en una obra adaptada al tea­tro, y no de una experiencia fatalmente vi­vida como las demás obras goethianas de aquellos años. En la sociedad de Francfort, conoce G. a Lili Schónemann, la bella hija de un rico comerciante; enamorado, se pro­mete con ella. La muchacha ejerce una fuer­te atracción sobre él. Quisiera inducirle a vivir una vida normal; pero el poeta se rebela: se da cuenta de que aquel mundo en que vive plácidamente la mujer amada no es ni podrá ser nunca el suyo. Después de años de lucha interior, G. se separará definitivamente de ella. En Weimar, adonde el joven duque Carlos Augusto de Sajonia- Wiemar había invitado al poeta, entró G. al servicio del Estado.

En 1776 llega a ser consejero secreto de Legación, con asiento en el Consejo Secreto. Gracias a su afición a la Geología, que le impulsa en los años 1777, 1783, 1784 y 1789 a hacer frecuentes viajes al Harz, le son confiados los asuntos concernientes a la minería del país, ade­más de regir las comunicaciones del Du­cado y la Comisión de guerra. En 1779 es consejero secreto. En 1782 se le confiere un título nobiliario y en el mismo año se ve obligado a asumir la dirección de la Ha­cienda del Estado. En 1815, después del Con­greso de Viena y a consecuencia de la trans­formación del Ducado en Gran Ducado, fue nombrado ministro. La actividad de G. en la política es importante por cuanto obsta­culizaba su actividad poética. «No tengo otra cosa que decirte de mí sino que me sacrifico a mi profesión», son sus palabras en una carta de 29 de julio de 1782. Por otra parte, el diario contacto con las exi­gencias prácticas de la nación le ayudó a superar el culto al genio y el «Sturm und Drang». «Tranquilidad de espíritu» y «pu­reza»: tales son las divisas bajo las cuales pone ahora su vida.

El amor ideal por una dama de la corte, Charlotte von Stein, re­fuerza y favorece en él esta posición. Na­cen de ella los dos grandes dramas, escritos primero en prosa y después en pentámetros yámbicos, característicos del primer dece­nio weimariano: Ifigenia en Táuride (v. In­genia) y Torquato Tasso (v.). En el mismo tiempo se encuentra absorbido por una no­vela, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (v.), comenzada en 1777. El nombre del protagonista es el de Shakespeare, y la novela es ante todo una obra sobre el tea­tro, que trata de las ilusiones experimen­tadas por Guillermo, deseoso de convertirse en poeta dramático, en la búsqueda de co­mediantes. Pero también aquí el teatro no es más que el espejo del mundo, de la nobleza y de la vida de corte que G. elogia y de la que al mismo tiempo desenmascara los vicios… El 3 de septiembre de 1786 parte desde Carlsbad (donde estaba hacien­do una cura termal) hacia Italia, secretamente, a fin de que nadie pudiera impedir la realización de su más caro deseo juve­nil que los relatos paternos le habían ins­pirado. «¡A Italia! ¡A Italia! París será mi escuela; Roma, mi universidad.

Es, en efec­to, una universidad, y cuando se la ha visto, se ha visto todo», encontramos en una carta escrita en 1770. En el verano de 1775, durante su primer viaje a Suiza, se había detenido vacilante en el paso de San Gotardo: la imagen de la prometida de Francfort, Lili Schónemann, lo reclamaba. En el otoño, cuando la carroza que lo te­nía que conducir a Weimar parecía que no llegaba, se había puesto ya en viaje hacia el sur, hacia Italia. Ahora, nadie lo podía retener. Huía de la opresión del papel se­llado, de los actos públicos, de la corte: tenía que salvar al poeta que había en él. Las etapas son Verona, Vicenza, Padua; sólo en Venecia se detiene dos semanas. Atra­viesa después la llanura lombarda pasando por Ferrara y Bolonia, se permite una pa­rada de tres horas solamente en Florencia, llega a Perusa y a Asís, y, finalmente, el 29 de octubre, alcanza Roma. Vive en el Corso, n.° 18. Frecuenta el ambiente de los artistas alemanes, sobre todo de los pinto­res Heinrich Wilhelm, Tischbein y Philipp Hackert, de la pintora Angélica Kauffmann y, entre los italianos, del grabador Giovanni Volpato.

Queda unido, con recíproca simpatía, con la bella y joven milanesa Maddalena Riggi. En febrero de 1787 parte hacia Nápoles, el 29 de marzo se embarca para Palermo y visita Sicilia; a mediados de mayo regresa a Nápoles y a principios de junio a Roma. El 23 de abril de 1788 aban­dona la Ciudad Eterna, y el 18 de junio se encuentra de nuevo en Weimar. Los años romanos fueron los más felices de la vida de G. Más tarde confesará haber llorado amargamente todos los días al despertarse, en las semanas que precedieron a su partida. En Roma se había vuelto a encontrar con­sigo mismo como artista, y había vivido en contacto con el mundo clásico que dejó una huella definitiva en toda su existencia. La Antigüedad clásica, que sentía con el espí­ritu de Winckelmann, constituía para él una humanidad superior y a partir de enton­ces fue el módulo con que había de medirlo todo. Un segundo breve viaje a Italia en la primavera de 1790 no le llevó más allá de Venecia. El reflejo literario de los años ro­manos quedó en el Viaje a Italia (impreso en 1829, v.) que es, juntamente con Poesía y verdad (1811-33, v.), una descripción de su juventud, la más importante obra autobio­gráfica de G. El regreso a Weimar hizo caer al poeta en la trivial realidad cotidiana. Nadie le comprendía. Evitaba lo más posi­ble la corte.

Pero no pudo negar su com­pañía al duque que, desde 1786 a 1794, mi­litó en el Ejército prusiano durante aque­lla campaña contra la Francia revolucio­naria que duró hasta el célebre cañonazo de Valmy (30 de septiembre). La frase de G. en el campamento: «Hoy se inicia aquí una nueva época de la historia del mundo», nos explica la importancia de la reti­rada alemana. En 1793, en el séquito del duque, tomó parte G. en el sitio y rendi­ción de Maguncia. En 1797 se propuso ha­cer un tercer viaje a Italia; pero las cam­pañas napoleónicas en Lombardía lo detu­vieron en Suiza, país que había visitado ya en 1775 y 1779. Para aligerar la situa­ción del poeta, el duque le había descar­gado de las obligaciones de su cargo, con­servándole los títulos y honorarios. Conti­nuó G. ejerciendo hasta 1817 la dirección del teatro de Weimar, y hasta su muerte la superintendencia de los «Institutos para el arte y la ciencia de Weimar y Jena». Con su amor a Christiane Vulpius, muchacha de la burguesía media de Weimar (con la que no se casará hasta 1808), había encontrado G. a su regreso de Roma, un hogar y un refugio.

Pero sólo la amistad con Friederich Schiller, el poeta que enseñaba Historia en la cercana Universidad de Jena, dará nueva levadura a su vida. El encuen­tro decisivo tuvo lugar en julio de 1794. Es significativo que la conversación no versara sobre poesía, sino sobre las rela­ciones entre las ciencias naturales y la Filosofía. Lo mismo que Fausto (v.), tam­bién G. se esforzaba en desentrañar las leyes y secretos de la Naturaleza. Ya en los primeros años de Weimar se había dedi­cado a estudios de Geología y dé Botánica. En el Jardín Botánico de Palermo había concebido la idea de la «Urpfianze», de la planta originaria, y había intuido el prin­cipio «de la identidad primitiva de todas las partes de la planta». En 1784 había publicado un tratado de Osteología compa­rada y en 1791 había hecho imprimir con­tra Newton las Contribuciones de óptica [Beiträge zur Optik], a la que siguió en 1810 una obra más vasta en tres partes: Teoría de los colores (v.). Un tratado titu­lado Metamorfosis de las plantas (v.) había aparecido en 1790, y en 1820 publicó la Metamorfosis de los animales (v.); tanto en una como en otra, quería G. documentar la unidad de la naturaleza, probar la géne­sis, ocurrida por continua autotransformación, de las variedades de las formas feno­ménicas a partir de una estructura origi­nariamente simple.

El trato con Schiller, que hasta la muerte de éste (1805) incluyó grandemente sobre G., tanto en la vida íntima como en la exterior, dio lugar a un recíproco cambio de ideas sobre las formas estéticas y sobre las leyes de la poesía. También aquí se advierte la influencia de la Antigüedad clásica. En 1797 compuso G. un poema épico burgués, Hermann y Doro­tea (v.), en hexámetros. También escribió epigramas en dísticos. Un gran drama ale­górico, Pandora (1807-1808, v.), que quedó sólo en fragmento, habría tenido que celebrar, basándose en los mitos griegos, un mundo futuro de civilización y arte más elevados. En la segunda parte del Fausto (v.), precisamente aquellas páginas poéti­camente más grandiosas, es decir, «la noche clásica de Walpurgis», y el episodio de Ele­na (v.) están escritas bajo la influencia de la versificación clásica y de la poesía grie­ga. G. escribió cuatro grandes novelas.

Des­pués del Werther (1774) y de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, terminado en 1796, apareció en 1808 Afinidades elec­tivas (v.), novela de la vida conyugal, en la que basta la ruptura intencional del sagrado vínculo para determinar la catás­trofe. En aquellos años había vuelto a ver G., en Jena, a Mina Herzlieb, hija adoptiva del librero Frommann. El amor que sintió el poeta por esta muchacha un poco extraña — la Otilia (v.) de la novela— en­contró su expresión en los Sonetos (v.) y le inspiró la novela misma. Continuó tam­bién Los años de aprendizaje con Los años de peregrinación de Wilhelm Meister (v.), en dos partes (1821-29). En lugar de la edu­cación subjetiva y del ideal de la perso­nalidad que constituyen el núcleo central de Los años de aprendizaje, en Los años de peregrinación aparece el elemento colec­tivo, junto a la propiedad privada la comu­nidad de bienes y junto a Europa se alinea América, país de nuevas formas sociales y económicas.

El segundo libro de la segun­da parte contiene la descripción de una «provincia pedagógica», utopía basada en el ejemplo de institutos de educación en boga entonces en Suiza. Numerosos cuentos y fábulas incluidos en las páginas de la no­vela deshacen su estructura. Como lírico, G. supera en mucho a todos los demás poetas alemanes. También en este campo, el abandono de la tradición en favor de un tono personal ocurre durante los años pa­sados en Estrasburgo. El lenguaje propio del «rococó» enmudece, cesa su juego anacreóntico, y habla e impera el corazón. La temática de esta poesía está representada por el binomio amor-naturaleza. De la natu­raleza hablan los versos con una visión nue­va, con nuevas composiciones de palabras y con un ritmo melódico personalísimo. La lírica de G. se benefició de un sentido pic­tórico — conservamos de él más de dos mil paisajes, la mitad de los cuales son italianos—. Pero también sus Baladas (v.) y sobre todo las poesías filosóficas constitu­yen otras tantas joyas de la poesía ale­mana. A los sesenta y cinco años todavía encontró un nuevo tono particularísimo: inspirado por traducciones de la poesía per­sa, escribió un libro de cerca de doscientas cincuenta composiciones: el Diván occidental-oriental (v.).

La lírica de la naturaleza pasa aquí a segundo plano. Cambian los temas, se habla de Dios, de la misión del poeta, de la amistad y de la enemistad, del amor y de la renuncia. Las poesías que componen esta colección nacieron en su mayor parte durante los años 1814-15, mu­chas junto al Rin y al Main, en su tierra natal, suscitadas por el encuentro con Ma­rianne von Willemer. El Diván fue impre­so en 1819. En 1821, conoció G. en Marienbad a Ulrike von Levetzow, de dieciocho años, y a consecuencia de este conocimiento nació en 1823 el último amor que le dictó la Trilogía de la pasión (v.). La mayor obra de G. es Fausto (v.). Trabajó en ella se­senta años. Los comienzos se remontan a los años de Francfort. La figura del mago (v. Fausto) que quiere arrebatar sus secre­tos a la Naturaleza es una protesta contra la ilustración que no consigue crear un camino para llegar a lo suprasensible. La tragedia de Margarita (v.), la amada de Fausto, que pierde la razón a consecuencia del abandono de éste, mata a su hijo y es ejecutada, refleja un hecho ocurrido realmente en Francfort en 1772, y es, al mismo tiempo, la manifestación de la conciencia y del remordimiento que sintió G. por una muchacha a la que conoció en Estrasburgo cuando era estudiante, a la que había ama­do y a la que abandonó después. La «Se­gunda parte» del drama, nacida sobre todo después de 1825, se enlaza exteriormente con la leyenda faustiana del siglo XVI.

Fausto, convertido en gran colonizador, aca­ba sus días a orillas del mar, y pese a su pacto con Mefistófeles (v.) encuentra gra­cia en el cielo. «Wer immer strebend sich bemüth, den können wir erlösen». El 2 de febrero de 1832 abandonó el poeta, a pesar suyo, la composición del drama. La muerte del glorioso anciano estaba muy próxima.

E. Beutler