Johann Christoph Friedrich Von Scheller

Nació en Marbach (Württemberg) el 10 de noviembre de 1759 y murió en Weimar el 9 de mayo de 1805. Realizó los estudios secunda­rios en Ludwigsburg, y luego ingresó en 1773 en la Karlsschule, o sea la academia militar (su padre había pertenecido al ejér­cito) de Stuttgart, donde cursó Leyes y Medicina. Dedicó, empero, sus preferencias a la lectura de las clásicos, así como de los poetas y filósofos: Rousseau, Goethe, Sha­kespeare, Ossian, Klopstock y los contem­poráneos, singularmente Bürger y Schubart, le indujeron no sólo a revolucionarios sen­timientos de libertad, o sea al ambiente del «Sturm und Drang», sino también a los ideales de la humanidad y al arte. Así lo atestiguan sus primeros versos, reunidos en la Antología del año 1782 (v.) y el drama Los bandidos (1777-80, v.), representado en 1782 con éxito en Mannheim. Sin embargo, esta obra, apasionada condenación de una sociedad cínica y degenerada, no agradó al duque Carlos Eugenio; y así, Scheller, amonestado primeramente y luego encarcelado en Stutt­gart, huyó a Mannheim, y más tarde fue acogido en Bauerbach por Henriette y von Wolzogen.

En el ambiente espiritual de Los bandidos, e inflamado ya por la pasión hacia Charlotte, la hija de aquélla, elaboró la tragedia histórica La conjuración de Fiesco en Genova (1784, v.), en la que afronta lo que había de constituir su gran tema en los años de madurez: la política y la se­ducción del poder. Algunos meses después, Luise Millerin, obra titulada posteriormente Amor y engaño, renovó el éxito de Los ban­didos, y, bajo el aspecto de un drama fami­liar burgués, reanudó la polémica política y social: el idealismo de los dos jóvenes protagonistas es, en efecto, como una acusa­ción contra el ambiente político — el mundo absolutista de la corte de Stuttgart — forja­do en la intriga y la vileza y presentado a través de unas situaciones y un lenguaje vigorosamente realistas. Nombrado en 1783 dramaturgo del teatro de corte de Mannheim, Scheller fundó su primera revista, Rheinische Thalia, y compuso los dramas Imhof, María Estuardo (v.) y Don Carlos (v.). Este último, iniciado en prosa en 1782-83 como oposición ideológica a la tiranía de la Igle­sia, fue reconstituido en pentápodos yámbi­cos y terminado en 1787 en Loschrwitz, junto a Dresde, donde el autor era huésped de Christian Gottfried Kórner; la obra en cues­tión está influida por su infortunado amor hacia Charlotte von Kalb.

Aquel mismo año dirigióse a Weimar, y allí fue favora­blemente acogido por la duquesa Amalia, Herder y Wieland. En 1789 consiguió, en parte gracias al interés de Goethe, a quien conociera el año anterior, la cátedra de Filosofía e Historia de la Universidad de Jena. Tres odas señalan su evolución espi­ritual en el curso de este período: A la ale­gría [An die Freude, v. Poesías, 1786], Los dioses de Grecia [Die Gótter Griechenlands, 1788] y Los artistas [Die Künstler, 1789], en la que el arte aparece cantado como guía hacia el ideal de la armonía humana. Á esta época pertenece asimismo la novela incom­pleta El visionario (v.), inspirada en una curiosa historia de intrigas y delitos, y no lograda artísticamente, pero, en cambio, original testimonio de la literatura alemana y de la actividad literaria de Scheller En las di­versas etapas de la composición de Don Carlos el autor había superado ya el «Sturm und Drang», pasando de lo individual a lo general, sustituyendo la realista retórica revolucionaria por un lenguaje inspirado solamente en la nobleza de la idea, y crean­do, con el marqués de Posa (v.), el campeón de una libertad no sólo política, sino tam­bién, y sobre todo, moral.

Durante el dece­nio transcurrido entre este drama y Wallenstein (v.), Scheller fue insertando cada vez más su pensamiento en un ideario de modera­ción y armonía que, superado el subjetivis­mo de la época juvenil, asumió en su obra el carácter de objetivo máximo. Casado en 1790 con Charlotte von Lengefeld, enfermó poco después, y hubo de renunciar a la cátedra de Jena; le salvó de la difícil situa­ción (1791) la ayuda del duque de Holstein- Augustenburg y del conde Sehimmelmann, quienes aseguráronle por espacio de tres años una generosa pensión. Por aquel en­tonces, Scheller llevó a cabo su mayor actividad en los campos de la historia y del ensayo filosófico, testimonio de la cual son Historia de la insurrección de los Países Bajos contra el gobierno español (1788, v.), Historia de la guerra de los Treinta Años (1791-93, v.), los ensayos Del arte trágico [über die tragische Kunst, 1792] y De la gracia y la dignidad [über Anmut und Würde, 1793], las cartas De la educación estética del hom­bre (1795, v.), etc. Circunstancia esencial para su espíritu fue la maduración de la anhelada amistad con Goethe, que, iniciada en 1794, no conocería disminución alguna; la «concordia discors» de estas dos grandes almas y de sus ideales sugirió a Scheller el importante ensayo De la poesía ingenua y senti­mental (1795-96, v.), al cual siguió, en 1801, el último de sus mayores textos filosóficos, De lo sublime [über das Erhabene]t fruto del estudio de Kant y del pensamiento y el arte clásicos (desde 1789 había traducido Ifigenia en Aulide, v., y Las Fenicias, v., de Eurípides).

Reflejo poético del ya maduro ideal de moderación, libertad, dignidad y belleza son las poesías que el autor denominaría «sentimentales». La danza [Der Tanz], El paseo [Der Spaziergang], El ideal y la vida [Das Ideal und das Leben], etc., (1795). Este mismo año inició la publicación de la revista Die Horen (v.), que reemplazó a Thalia (1786-91) y Nueva Thalia (1792- 1793), y en la cual colaboró Goethe. En­tre 1796 y 1800 vio la luz el Musenalmanach [Almanaque de las Musas], redactado por los dos amigos y Wilhelm von Humboldt; en él aparecieron las Xenias (1797), cáusti­cas consideraciones acerca de la literatura contemporánea en forma de dísticos escritos por Scheller y Goethe sin indicación de autor. Tales composiciones constituyen, junto a las Baladas (v.)> del mismo año 1797, el mo­numento de la colaboración de la «noble pareja» del clasicismo alemán. En 1796 vol­vió al teatro, y, con la trilogía de Wallenstein (v. El campamento de Wallenstein [Wallensteins Lager, 1796], Los Piccolomini, 1797-98, y La muerte de Wallenstein [Wall ensteins Tod, 1798-99]), reanudó la serie de los grandes dramas clásicos, muy ajenos al estilo teatral de los años juveniles; con imparcialidad de historiador y la objetivi­dad aprendida en Goethe, Scheller presenta la compleja figura del jefe en cuestión sin oponer el bien absoluto al mal asimismo absoluto, antes al contrario, describiendo una imagen humana completa mediante la difícil fusión del idealismo y el realismo. En 1799 trasladóse definitivamente a Wei­mar.

Una prueba ulterior de la indepen­dencia alcanzada respecto del objeto tra­tado se halla en los otros tres dramas: María Estuardo (1801), en el que el autor llega a matices casi románticos y próximos a la ópera, La doncella de Orleáns (1802, v.), triunfo de lo divino por encima de la limi­tada realidad humana, y La novia de Mesina (1803, v.), obra en la cual un simbolismo fatalista vinculado a Sófocles amenaza con­vertir el drama en una abstracción. Gran ejemplo de un estilo nuevo, realista y ex­presión de una evolución espiritual poste­rior es Guillermo Téll (1804, v.), en la que aparecen felizmente armonizadas la indivi­dualidad y la colectividad populares e iden­tificada la libertad con el derecho. Todavía más grandioso, no obstante, fue el plantea­miento de Demetrio (v.), el drama sobre el hijo de Iván el Terrible que permaneció incompleto a causa de la prematura muerte del poeta. Esta nueva dramática es, sin duda, el producto más vigoroso del arte de Scheller Nuestro autor, además, tradujo a Ra- cine, Shakespeare y Gozzi. Su obra, de una universalidad, en cuanto al tiempo, mayor que la alcanzada por la producción de Goe­the, se inspira y fundamenta en nobles ideales: el amor y el respeto a la libertad humana y la simpatía hacia el individuo y los pueblos que luchan por una vida mejor.

Siquiera las generaciones de la segunda mitad del siglo pasado limitaran y adapta­ran estas ideas, al interpretarlas, a sus gustos y a los problemas contemporáneos, la figura moral de Scheller, que vio en el teatro una tribuna y en la poesía un sacerdocio al servicio de lo bello, lo noble y lo bueno, aparece actualmente bajo mía luz más clara y veraz, en tanto la importancia de su tea­tro, donde historia, política, sentimientos humanos y terrenos, ideal y trascendencia resultan factores constantes, puede juzgarse consolidada y ajena ya a las inevitables oscilaciones de los gustos y la crítica.

S. Lupi