Joel

Vivió en el s. V a. de C., y es, en el canon del Antiguo Testamento (v. Joel, Libro de), el segundo de los profetas me­nores. El misterio envuelve — y para siem­pre— la figura del hijo de Fatuel cuyo nombre, «Jahvé es Dios», resultaba, a los oídos hebreos, todo un programa, y la fan­tasía del cual, guiada por la fe, vislumbraba en los desastres contemporáneos los signos precursores de una calamidad aún más te­mible. Heraldo del tremendo «día del Se­ñor», clamaba, como centinela de vanguar­dia, ante el pueblo aturdido: «¡Tocad las trompas en Sion! ¡Dad la alarma en mi montaña santa! Tiemblen todos los mora­dores del país, porque se acerca y está ya próximo el día de Jahvé, día de tinieblas y de niebla, día de nubes y de profunda oscuridad».

Residió en Jerusalén. Allí ex­hortaba a los sacerdotes: «¡Clamad, oh mi­nistros del altar! ¡Ea, revestíos de cilicios, oh ministros de Dios!» Sólo en la ciudad santa podía intimidarles: «Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, ministros de Jahvé». A Jerusalén dirigió finalmente su mirada profética, antes de extinguirse en el sueño de la muerte, para contemplar, luego del castigo, su futura gloria : «Pero Judá será habitada perpetuamente, y Jeru­salén de una en otra edad».