Gregorio Marañón y Posadillo

Na­ció en Madrid en 17 de mayo de 1887, murió el 27 de marzo de 1960. Estudió en la Facultad de Medicina, en la que se licenció y doctoró con premio extraordinario en ambos grados. Su fama como médico fue enorme. Se espe­cializó en Endocrinología y su difusión en España y las investigaciones que en ella hizo le dieron un gran prestigio. Titular de la cátedra en la Facultad de Madrid. Entre sus aciertos científicos se cita cierta reacción vasomotora que se denomina «signo de Marañón». Estudió las glándulas paratiroideas y sus enfermedades, la significación biológica de las secreciones internas, reu­matismo, etc. La sociedad madrileña vivió pendiente de sus trabajos que tanto interés tenían no sólo patológico sino general, como La edad crítica o Gordos y flacos. Su valor científico le hizo acreedor a numerosas distinciones médicas como los premios Mar­tínez Molina y Álvarez Alcalá, de la Real Academia de Medicina de Madrid. Sus aciertos profesionales le granjearon popula­ridad en todas las clases sociales. Fue pro­fesor clínico del Hospital General de Ma­drid. Doctor «honoris causa» por la Sorbona y por otras universidades extranjeras.

Las más altas distinciones y condecoraciones nacionales y extranjeras — como caballero de la Legión de Honor — le fueron confe­ridas. Fue académico de número no sólo de la Real de Medicina, sino de la de Historia, de Bellas Artes, de la de Ciencias Morales y Políticas y, desde luego, de la de la Lengua. Pues a su enorme reputación científica se unió la de escritor y conferen­ciante admirado en todo el mundo por su excepcional personalidad y por su saber que exponía con amenidad e interés en libros y coloquios. Fue una cumbre de la intelec­tualidad española, admirado por la aristo­cracia y el pueblo, en los años del reinado de Alfonso XIII y de la segunda República española. Durante ésta fundó con Ortega y Gasset y Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República. Fue diputado a Cortes. Como escritor sus artículos han sido muy apreciados en la prensa y publicaciones de todo el mundo, y como ensayista es una figura cimera de la que no se puede pres­cindir en la literatura española.

El ensayo científico nunca ha apasionado tanto como en las divulgaciones de Marañón, cuyos ensayos nos lo muestran polifacético, en­trando por todos los temas de nuestro tiem­po. Y hasta descendiendo a lo vulgar como al escribir una frase en una bodega sobre la incalculable «eficacia del vino en la lucha contra el tedio vital». Gozan del máximo interés, entre sus estudios, los relativos a temas sexológicos: Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), Amor, conveniencia y eugenesia (1931), La evolución de la sexua­lidad y los estados intersexuales; etc. La im­portancia y eternidad del tema le ha llevado a valiosas observaciones y advertencias so­bre ese misterio de la vida. En sus interpre­taciones llega a ejemplos prácticos en libros de maravillosas notas y sugerencias. El mé­dico, el artista de la expresión y el creador se compenetran en realizaciones maestras como en Amiel. Un estudio sobre la timidez (1932) y en Don Juan. Ensayos sobre el ori­gen de su leyenda (1940). El mito donjua­nesco ha producido la exégesis marañoniana más realista y también más seductora al juzgar la creación teatral de Tirso de Mo­lina como obra del ambiente español bajo el reinado de Felipe IV.

Don Juan, «el varón constantemente amado y perdurablemente incapacitado para amar» como obra «de los elementos religiosos encrespados, que con­movían el alma del hombre peninsular: su gran fe acechada por todas las herejías; y de las violentas corrientes de humanidad exótica que cruzaban sobre nuestro suelo — por nuestra alma — encrucijada tumul­tuosa de todas las civilizaciones». Ilustra el tema con apasionantes ensayos como Los misterios de San Plácido, con capítulos tan significativos como Los alumbrados y el donjuanismo, o Verdad y misterio de Sor Margarita; como Gloria y miseria del conde de Villamediana, donde encontramos las más concretas apreciaciones del tema. Don Juan, falso o verdadero, ha representado una rea­lidad en «todo el juego teatral, aventurero y romántico que suponía la seducción de la mujer» que hoy se ha hecho innecesario («el pequeño automóvil y el teléfono han matado a Celestina y a Ciutti, colaboradores, en parte, creadores del prestigio del bur­lador»). Don Juan busca a la mujer como sexo con la misma actitud indiferenciada del adolescente.

Considera en el físico de Don Juan una indecisa varonía. Sus supuestos modelos como Mañara presentan rasgos fe­meninos. No es un homosexual, «ama a las mujeres pero es incapaz de amar a la mu­jer». Marañón habla del estupor de los espectadores españoles ante don Juan «anti­español que no tiene miedo de afrentar lo que para un ibero de pura sangre es tan sagrado como Dios: el honor de la estirpe». Opone el amor gitano, el del cante jondo (entrañable, eterno, monogámico, incapaz de olvidar, casi místico). Responde Don Juan a un instinto «indeciso y no a una idea proverbial del varón magnífico». En cuanto a la leyenda, por nacer en España, se unió a lo fúnebre y religioso, tan típicamente ibero. Se compuso con el hombre fascinador y el tema religioso. A partir del siglo XIX la personalidad de Don Juan se convirtió en un problema de biología sexual. En cuanto a los ensayos marañonianos de La novia de don Juan (la leyenda, la reina olvidada, la herencia del Beamés, la de los Médicis, etcétera) despiertan el brillante interés que con esta temática alcanza con profundidad.

Con documentado rigor histórico y, sin olvidar lo biológico, como en el tema de Don Juan, llega a admirables interpretacio­nes en Estudio biológico sobre Enrique IV de Castilla y su época (1941), El conde-duque de Olivares o la pasión de mandar (1936) que Valbuena Prat ha considerado obra maestra «como interpretación médico- psicológica, como estilo y comprensión de historia»; Tiberio, historia de un resentimiento (1939) con la psicología, pasiones, fracasos y complejos del emperador romano; Luis Vives. Un español fuera de España (1942), una penetrante evocación del gran humanista en su tierra natal valenciana y en la Sorbona, amando a su patria y a la paz pero con su corazón estremecido ante el espectáculo de la violencia; Antonio Pé­rez. (El hombre, el drama, la época) (1947) en la que no sólo desentraña la compleja y tortuosa figura del personaje sino la de personalidades como la del propio rey Felipe II y aun otras de Francia e Inglaterra en ese importante momento europeo. El gran humanismo de Marañón funde ciencia y arte en sus demás estudios como Ideas biológicas del P. Feijoo, El Empecinado visto por un inglés, etc.

Como ensayos modelos se pueden considerar tantos otros como Vida e historia, Tiempo viejo y tiempo nuevo, Vocación y ética y otros ensayos, Ensayos liberales, Españoles fuera de España, Raíz y decoro de España, etc. Una visión de ciu­dad española figura como ejemplo de su brillante prosa propiamente literaria: Elogio y nostalgia de Toledo (1940), con su amor a aquellos paisajes que tan familiares le eran. Fue un gran escritor. Su saber de gran humanista le impulsaba a escribir con el arte y la eficacia que lo hizo. Fue su gran vocación, esa vocación de la que decía que había que hablar incesantemente: «Todo lo que se hace con vocación, aunque parezca insignificante, fructifica para siempre».

A. del Saz