Jenofonte

Nació en Atenas hacia el año 430 (según las noticias que él mismo da en la Anábasis), no en torno a 440 ó incluso antes, como creyeron los biógrafos antiguos, y murió después de 355 a. de C. Hijo de una familia aristocrática, recibió una educación señorial; fue alumno de Sócrates, y tam­bién, probablemente, de Prodicos. Parece haber luchado por vez primera en la cam­paña de 409; en 404, bajo el gobierno de los Treinta, combatió en calidad de caba­llero contra los demócratas de Trasibulo. Victoriosa la democracia, fue amnistiado; pero quedó también, evidentemente, al mar­gen de toda actividad política. Por lo demás, y a pesar de su formación filosófica, era un conservador obstinadamente fiel a la moral y a la religión de los antepasados. En 401, impulsado por las exhortaciones de su amigo Proxeno de Beocia, participó en la expedición de Ciro el Joven contra su hermano Artajerjes II, rey de Persia.

A ex­cepción del espartano Clearco, jefe de los voluntarios griegos, nadie conocía el verda­dero objetivo de la empresa; hablábase de una expedición contra los Pisidas. Y antes de partir, J. pidió consejo a Sócrates, quien le recomendó consultar el oráculo délfico. El joven, empero, ávido de viajes y aventuras, en vez de interrogar a Apolo para saber si debía o no seguir a Clearco al Asia, supli­cóle, como él mismo cuenta, que quisiera indicarle a qué dioses había de ofrecer sacrificios a fin de realizar en las mejores condiciones la expedición proyectada. Só­crates se lo reprochó; pero dejóle partir. Luego, derrotado y muerto Ciro en Cunaxa y asesinados a traición todos los estrategas por el sátrapa Tisafernes, J., que había par­ticipado en la empresa sin ser «general, ni oficial, ni soldado», alentó con un discurso a los griegos, vacilantes y temerosos, quie­nes le eligieron entre los generales; de esta suerte desempeñó un importante papel en la famosa retirada de los Diez Mil, que refi­rió luego, con todos los detalles de la expe­dición, en su Anábasis (v.). Vuelto a Grecia, apenas iniciada en el verano de 400 la guerra entre Esparta y Persia alistóse como jefe de los mercenarios en el ejército espar­tano.

Con ello se mantenía fiel a sus ideas políticas y a sus profundas simpatías, por cuanto la aristocrática Esparta era el ideal de todos los griegos del partido señorial. J., pues, permaneció toda su vida al servicio de los espartanos. Por otra parte, al lu­char contra Persia obedecía al criterio panhelénico, al que guardó siempre fidelidad. La condena de Sócrates, que tuvo lugar el año siguiente (399), debió de contribuir a su progresivo alejamiento de Atenas, y a su hostilidad también creciente respecto de la democracia. Tomó parte en la campaña de Agesilao contra Farnabazo, en el Asia Me­nor (396-395), y estableció una gran amistad con aquel soberano. Cuando, posteriormente, Agesilao fue llamado a Grecia para comba­tir a los tebanos y a los atenienses, que se habían aliado contra Esparta, luchó en Coronea (394) en las filas espartanas, o sea frente a sus compatriotas, quienes le deste­rraron y confiscaron los bienes. J. siguió todavía durante algún tiempo junto a Age­silao en las empresas de éste; luego, hacia 386, retiróse a Scillunte, en Trifilia, donde los espartanos, en compensación de los per­juicios que el servicio de Esparta le ocasio­nara, entregáronle una gran extensión de campo y bosque.

Allí vivió tranquilamente por espacio de quince años, dedicado a la caza, a la agricultura, al culto de Artemisa y a la composición de sus textos; en tal retiro campestre escribió, seguramente, la Anábasis. Tras la batalla de Leuctra (371), donde el genio militar de Epaminondas puso fin a la hegemonía espartana, los eleos, rebelados contra Esparta, le expulsaron de Scillunte, y J. se refugió primeramente en Lepreo, en la Elide, y más tarde en Corinto. Hacia 365, cuando los atenienses y los espartanos se aliaron contra la hegemonía de Tebas, los primeros revocaron el decreto de expatriación. Sin embargo, el escritor no volvió ya nunca a Atenas, y sólo hizo alistar a sus dos hijos en el ejército ateniense en calidad de caballeros; ambos combatieron en Mantinea (362) junto a los espartanos y contra Tebas, y uno de ellos, Grillo, pereció luchando valerosa­mente. J. vivió todavía algunos años; hacia 355 compuso la obrita titulada Los recur­sos (v.), su último texto. Nuestro autor fue un verdadero polígrafo: escribió acerca de temas históricos, políticos, morales, econó­micos y técnicos.

Es el literato más univer­sal del período clásico; pero también, sobre todo, un diletante, enfrentado consciente­mente con misiones superiores a sus fuerzas. La Anabasis, relato de la expedición de Ciro y de la retirada de los diez mil mercenarios griegos tras la batalla de Cunaxa, responde a un evidente objetivo apologético. Algunos de los miembros de la empresa, entre ellos cierto Sofeneto de Stinfalos, habían narrado la hazaña sin tener en cuenta los méritos de J.; evidentemente, el autor de la Anaba­sis pretendió reivindicar su participación en los acontecimientos. Sin embargo, y para que la obra resultara más eficaz, procuró ocultar su carácter apologético publicándola bajo el seudónimo de Temistógenes de Sira­cusa y refiriéndose en ella a sí mismo siem­pre en tercera persona. En una segunda versión del texto, la que ha llegado hasta nosotros, al describir su vida en el retiro de Scillunte se reveló claramente autor de la obra y abandonó el velo del seudónimo. La importancia de su participación en la empresa aparece, sin duda, exagerada y situada siempre en el mejor de los puntos de vista, aun cuando con gran habilidad; y así, el lector común no lo advierte.

Jenofonte, por ejemplo, no dice nunca haber sido el jefe supremo de los griegos durante la retirada; sin embargo, mediante las exageraciones de ciertos episodios y, singularmente, las nu­merosas reticencias, hace todo lo posible para dar a los lectores una impresión heroi­ca, hoy todavía muy difundida. Las Heléni­cas (v.) comprenden el período extendido entre el año 410 (batalla naval de Cizico) y 362 (batalla de Mantinea). Muy probable­mente, el autor escribió primero sus me­morias militares incluidas entre el año 399 y la paz de Antálcidas (386), que después completó en una Historia griega en la que el relato parte de 411, fecha final de la narración de Tucídides, y prosiguiéndolo hasta 362. Sólo exteriormente, empero, re­sulta un continuador de éste, a quien imita en meros detalles externos: así, por ejemplo, en los discursos, que emplea para emitir sus juicios acerca de los aconteci­mientos. En realidad, nada tiene de común con Tucídides. Cree en los sueños, en los prodigios y en la intervención de los dioses en las cosas humanas por razones morales; suele moralizar según la ética tradicional, y sólo algunas veces de acuerdo con la socrática, y gusta de referir anécdotas.

Se halla mucho más cerca de Herodoto que de Tu­cídides. No acierta a distinguir entre lo se­cundario y lo esencial; carece, pues, de con­ciencia histórica. Su verdadero interés tien­de a las cuestiones militares, las únicas en las cuales muestra una indudable competen­cia. J., además, se revela narrador muy par­cial, extremadamente hostil a Tebas y amigo de Esparta; no sabe ocultar sus odios ni sus afectos. Carácter no histórico, sino enco­miástico y retórico, ofrece Agesilao (v.), breve y enfático elogio del rey homónimo inspirado en el modelo del Evagoras de Isócrates; obra de escaso valor y compuesta apresuradamente, contiene una exaltación de Agesilao sincera, pero excesiva. La cons­titución de Esparta (v.), escrita durante los años pasados en Scillunte, revela mejor que ningún otro texto las ideas políticas del autor. En ella considera éste la antigua constitución de Licurgo superior a todas las restantes y causa principal de la grandeza espartana, y la expone sin sentido crítico, idealizándola; y así, en un estado milita­rista como Esparta, J. no encuentra nada censurable: todo es, para él, digno de admi­ración. El texto en cuestión revela sobre todo una finalidad de propaganda; el escri­tor desea el restablecimiento de las antiguas leyes, de las cuales también los espartanos se habían separado un tanto.

Análogas in­tenciones presenta la Ciropedia (v.), en la que el autor sitúa asimismo su propio ideal político en el pasado. Esta obra es la pri­mera novela histórica del mundo occidental, y se halla inspirada en el diálogo Ciro de Antístenes y en la historia persa de Ctesias. La educación de Ciro y el estado venerado por J. se fundamentan aquí en una curiosa mescolanza de filosofía socrática y disciplina espartana. Sin embargo, aparece ya supe­rado por vez primera el concepto profunda­mente griego de la ciudad-estado, al que Platón y Aristóteles siguen permaneciendo fieles: la monarquía absoluta presentada por el autor anuncia el Estado helenístico. El grupo de obras referentes a Sócrates y en él inspiradas — denominadas, a causa de ello, «socráticas» — comprende: Apología de Sócrates (v.), Dichos memorables de Só­crates (v.). Económico (v.) y Banquete (v.). La Apología es una defensa del sabio escrita luego de su muerte para reivindicar su me­moria, y falsea completamente la actitud de Sócrates ante los jueces: éste pasa a ser un anciano que quiere morir para sustraerse a los achaques y contratiempos de la vejez. La comparación con la Apología de Sócra­tes (v.) de Platón resulta francamente per­judicial para J. Se ha intentado, siquiera inútilmente, negar la autenticidad del texto.

Cuando nuestro autor escribió la Apología ignoraba todavía la Acusación de Sócrates, compuesta por el sofista Policrates hacia el año 394; posteriormente, conocidas estas nuevas acusaciones, quiso defender también de ellas al sabio, y, a tal fin, compuso Dichos memorables, obra carente de unidad y de verdadero orden. J. no se muestra más fiel que Platón a la realidad histórica; lo ma­nifiesta suficientemente haciendo hablar a Sócrates de arte militar, materia que inte­resaba mucho al autor, pero no al filósofo. El objetivo principal del texto es la demos­tración de la falsedad de las acusaciones de impiedad; y, así, Sócrates aparece muy respetuoso con la religión tradicional. Por doquier éste queda reducido a las propor­ciones de J., y resulta ser un buen anciano, virtuoso y de cortos alcances, que repite lugares comunes con el tono propio de quien dice cosas de gran trascendencia. El Eco­nómico es una de las obras más escuetas y sinceras del escritor, que en ella se limita al elogio de su vida familiar y rural. Alaba la agricultura como ocupación noble, digna de un hombre libre; por primera vez en el mundo griego, tan aferrado a la ciudad y al ágora, son ensalzadas las alegrías senci­llas y sanas de la existencia campesina.

El campo es amado por su utilidad y su ame­nidad, no a causa de su poesía; y un am­biente feliz de idilio envuelve el cuadro de la vida hogareña. En el Banquete, Sócrates habla del amor; pero no dice nada bello ni profundo. El fondo del diálogo aparece des­crito con animada gracia; sin embargo, nadie creería, como en realidad debe admi­tirse, que el autor pudiera haber compuesto este Banquete después de la obra maestra homónima de Platón, y, premeditadamente, para oponérsela. Gerón (v.) es un diálogo entre el tirano de Siracusa así llamado y el poeta S’mónides. Tratan temas técnicos el Hipárquico (v.), referente a los métodos que debe seguir el jefe para el adiestra­miento de la caballería en tiempo de paz y su empleo en la guerra, De la hípica (v.), sobre la forma de cuidar, montar y adiestrar para la lucha los caballos, y Cinegético (v.), en la que el autor habla ampliamente de los perros, describe los diversos tipos de caza y pone de relieve la utilidad de tal ejercicio como preparación para la guerra; la auten­ticidad de esta última obra, empero, ha sido puesta en duda, posiblemente con razón y por motivos estilísticos.

Los recursos, el úl­timo texto de J., señala el renovado interés del escritor por su patria, después de la reconciliación. Está integrado por una serie de consejos dados a los atenienses respecto al restablecimiento de su economía. La obra, llena de proposiciones juiciosas, curiosas o ingenuas, resulta singularmente notable a causa de sus valiosas informaciones sobre la antigua organización financiera de Ate­nas. Como literato, J. es admirable en cuan­to a nitidez, perspicacia y claridad; su expresión, empero, carece muy frecuente­mente de vigor y relieve. Ante él se percibe una agradable simplicidad, una «inaffectata iucunditas», como decía Quintiliano; tal sencillez, no obstante, aparece a menudo insípida, y monótono el placer que propor­ciona. J. es una personalidad poco acusada, y por ello ni sus ideas ni su estilo influyen en el espíritu del lector. No llega a ser un gran hombre ni un gran escritor; salvo en el arte militar y en la hípica, fue un aficio­nado. Algunos críticos le denominaron «la abeja ática», y consideraron su prosa reflejo del más puro aticismo; otros, en cambio, se mostraron muy reservados acerca de tal pureza.

Éstos llevaban la razón: alejado siempre del Ática desde su juventud, J. es­cribe en un lenguaje ático no puro, sino mezclado con vocablos jónicos y del griego común; por otra parte, su estilo y su sinta­xis resultan escasamente elegantes, y los períodos presentan una uniformidad algo mecánica y pedante. En cuanto a pureza y elegancia, nuestro autor queda muy por debajo de los oradores contemporáneos.

G. Perrotta