Nació en Lavater el 28 de octubre de 1854 y murió en Mentón el 31 de marzo de 1888. Poeta y filósofo, «su primera religión había sido el idealismo platónico»; así habló de él su futuro suegro, el filósofo Ernest Fouillée. Pronto, empero, se entusiasmó por Corneille, Lamartine, Hugo y Musset. Sus versos iniciales (Vers d’un philosophe) nos lo muestran en comunión con la naturaleza y la vida palpitante y cálida que circula y se propaga por doquier. De esta suerte fue desarrollándose en él un panteísmo de sentido moral, influido por la lectura de los estoicos. Víctima, aún adolescente, de una enfermedad que poco a poco menguó sus limitadas energías, pero no su lucidez ni su capacidad de trabajo (siguió escribiendo hasta el fin de sus días), buscó en el Mediterráneo un clima más suave y la luz que amó por encima de cualquier otra cosa.
Trasladóse a Menton, y allí escribió sus obras principales, en un estilo que figura entre los más puros de la lengua francesa, superior incluso al de Bergson: La morale d’Épicure; La morale anglaise contemporaine; una nueva colección de versos, La Méditerranée, publicados inicialmente en Revue des Deux Mondes; Les problèmes de l’esthétique contemporaine ; El esbozo de una moral (v.); Éducation et hérédité; La genèse de l’idée du temps, y, finalmente, el bello poema La irreligión del porvenir (v.), donde, en una verdadera mística del don de sí mismo, de la invención poética y de la liberación mediante el sacrificio, se funden todos los temas precedentes. Podría resultar muy interesante una confrontación entre las ideas de G. con las de Nietzsche/ quien compuso, no lejos de Menton, en la colina de Eze, y ante los mismos paisajes, su Así habló Zaratustra. Sin embargo, aun cuando el filósofo alemán leyera las obras del francés e incluso anotara sus páginas, este último nada supo de Nietzsche. Los temas iniciales de ambos — la apología de la vida y de la alegría de la cual es fuente la existencia — resultan idénticos; sin embargo, los sentimientos que los inspiran son muy distintos.
El filósofo alemán acepta el mundo del conflicto originado por la exaltación de la voluntad de poder, y opone la moral de los dominadores, de los superhombres, a la resignación de los esclavos y a la caridad cristiana, según él moral gregaria establecida sobre valores falsos. Para G., por el contrario, la existencia bien entendida y admitida comprende, en su misma intensidad, un principio de ilimitada expansión, de propagación fecunda y de generosidad desinteresada.
J. Chaix – Ruy

