Jan Sibelius

Nació el 8 de diciembre de 1865 en Tavastehus (Finlandia), en el seno de una familia de origen sueco, y murió el 20 de septiembre de 1957 en Järvenpäa (Fin­landia). A los diez años empezó a cultivar la música; no obstante, siguió al mismo tiempo los estudios humanísticos, y en 1885 inscribióse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Helsingfors (Helsinki). Al año siguiente, empero, luego de haber asistido al curso de composición dé Martin Wegelius en el Conservatorio de la misma ciu­dad, resolvió dedicarse completamente a la música, y en 1889 presentóse públicamente por vez primera con una Suite para cuerda y el Cuarteto en la menor. Por aquel enton­ces trabó amistad con Ferruccio Busoni, profesor de piano del Conservatorio, y re­cibió, en el curso de las frecuentes conver­saciones entre ambos, aliento y consejo res­pecto a la orientación de su labor. Posterior­mente estudió en Berlín con Albert Becker (1889-90) y en Viena con Robert Fuchs y Karl Goldmark (1890-91).

En 1892, vuelto a Helsingfors, fue nombrado profesor del Conservatorio. Alcanzó la notoriedad tras el éxito de Una saga (1892), confirmado, un año después, por el de El cisne de Tuonela, los dos poemas sinfónicos que, junto con Finlandia, han contribuido mayormente a la difusión del nombre de este compositor y cooperado al mismo tiempo a la indepen­dencia de su país. Un estudio más profundo de la literatura y del espíritu de éste llevóle a inspirarse luego en el poema nacional Kalevala (v.). En 1897 el Estado, reconocido a sus méritos, le asignó una pensión vita­licia para que pudiera dedicarse libre de preocupaciones a la composición, a la cual se entregó completamente una vez dejada la enseñanza en 1901. Y así, salvo en el curso de algunas «tournées» durante las cuales difundió fuera de su patria las pági­nas más significativas de su producción y de las de otros músicos finlandeses, vivió tranquilo y activo en su casa de campo de Järvenpäa, distraído por la compañía de sus familiares y de unos cuantos amigos que desde todas partes iban a visitarle.

Des­contadas algunas composiciones breves para piano y violín publicadas en 1929, la obra conocida de Sibelius termina en 1926, con la mú­sica escénica para La tempestad (v.) de Shakespeare, fecha que algunos retrotraen a los años 1924 y 1925, los de la creación de la Séptima sinfonía y del poema sinfó­nico Tapióla respectivamente. Durante los últimos treinta años de su existencia el compositor pudo presenciar la fortuna cre­ciente de su producción, que mereció elevados reconocimientos no sólo en su patria (el Gobierno finlandés instituyó una «Me­dalla Sibelius», que se concede cada cinco años a un autor musical de singular re­lieve), sino asimismo en el extranjero, sobre todo en los países anglosajones y, de una manera particular, en Londres, donde una «Sibelius Society» promueve periódicas ejecuciones cíclicas de las obras del músico.

Siquiera el compositor deba su mayor popu­laridad al éxito de una página modesta como el Vals triste (v.) (perteneciente a la música escénica para el drama Kuolema de Járnefelt, v.), y, asimismo, a algunos de los poe­mas sinfónicos mencionados, caracterizados por un ambiente «nacional» (cuyo rasgo principal es una reflexiva melancolía, muy propia del paisaje finlandés), la crítica más reciente le ha asignado un lugar de pri­mera categoría sobre todo a causa de sus siete sinfonías, compuestas entre 1899 y 1924, indudablemente la principal produc­ción del género desde la Cuarta de Brahms. En tales composiciones aparecen concreta­dos, cada vez con mayor evidencia, la per­sonalidad y el ideal artístico de Sibelius, quien, libre de la influencia rusa (de la de Borodin en particular), afianza progresivamente sus peculiaridades de expresión y estruc­tura; cierta persistencia en las fórmulas rít­micas y una predilección singular por los «pedales» pueden hallarse en toda su obra sinfónica, de la cual cabe considerar con destacado interés la Cuarta y la Séptima sinfonías (en un solo tiempo), en las que se vislumbran curiosas afinidades con los últimos cuartetos de Beethoven, la concep­ción wagneriana de la melodía infinita y ciertos recursos propios de la estética im­presionista.

Entre las restantes composicio­nes de Sibelius cabe mencionar el Concierto en re menor para violín y orquesta (1903), los poemas El bardo (1913) y Las Oceánidas (1914), y, dentro de la abundante produc­ción de música de cámara, el cuarteto en re menor Voces intimae (1909), que pre­senta interesantes aplicaciones del criterio sinfónico a la forma del género en cues­tión. Se le deben, además, numerosas obras corales, textos musicales escénicos (entre ellos los de Pelléas et Mélisande, v., de Maeterlinck) y la ópera en un acto La mu­chacha de la torre.

G. M. Gatti