James Clerk Maxwell

Nació en Edimburgo, en el seno de una antigua familia escocesa, el 13 de junio de 1831, y murió en Cambridge el 5 de noviembre de 1879. Siguió los estudios secundarios en su ciudad natal y demostró cierta inclinación por las Letras, fruto de la cual serían únicamente las pequeñas poesías jocosas acerca de temas científicos que Maxwell iría escribiendo a lo largo de toda su vida. Muy pronto, en efec­to, dedicóse por completo a los estudios de Física y Matemáticas, y ya a los quince años presentó en la Royal Society of Edin­burgh su primera memoria (publicada nuevamente en The scientific Papers of James Clerk Maxwell, 1890, I, p. 1). Ingresado en 1847 en la Universidad de Edimburgo, pasó en 1850 a la de Cambridge, donde terminó los estudios en 1854. En 1856 fue nombrado profesor de Filosofía natural del colegio de Aberdeen, y luego, después de su ma­trimonio (1858), ocupó la cátedra de Física y Astronomía del King’s College de Lon­dres; allí permaneció durante el período 1860-68. En la capital inglesa conoció per­sonalmente a Michael Faraday, quien ejer­ció sobre el joven físico una profunda in­fluencia.

Sus estudios experimentales acer­ca de la electricidad y el magnetismo, con la introducción de las «líneas de fuerza» que eran, a sus ojos, la misma realidad, habían llevado a Faraday a trasladar el centro de los fenómenos eléctricos y mag­néticos de los cuerpos electrizados y mag­netizados al espacio, y a eliminar, con ello, el criterio de la acción instantánea a dis­tancia, opinión tan grata a los matemáticos, desde Newton en adelante, y que él susti­tuyó por la contigüidad de la acción casual en el tiempo y el espacio. Sin embargo, los nuevos puntos de vista de Faraday eran acogidos fríamente por aquella generación formada bajo la influencia de los virtuo­sismos matemáticos de Laplace, Ampère y Poisson. Maxwell, inclinado a la aceptación de los criterios de Faraday, procuró darles una forma matemática, y, tras una primera me­moria de 1864 sobre la teoría electromag­nética, retiróse a una propiedad que poseía en el campo y allí se dedicó al trabajo que denominaba de «traducción». Al cabo de tres años de una labor interrumpida sólo por un viaje a Italia y algunas visitas a Lon­dres, terminó su obra maestra, el Tratado sobre la electricidad y el magnetismo (v.), publicado en 1873, y en el cual figura la célebre hipótesis de la naturaleza electromagnética de la luz, ya vislumbrada por Faraday.

Además de sus enormes repercu­siones científicas, el texto en cuestión tuvo notables consecuencias filosóficas, puesto que de una parte quebrantaba la rígida clasificación de las ciencias debida a Comte, y daba lugar a las grandes teorías unita­rias, a la unidad de las fuerzas físicas, se­gún la concepción de Faraday, y, por otro lado, fortalecía la opinión de los «mode­los», substracto filosófico de toda la física de Maxwell: un fenómeno físico resulta plena­mente explicado cuando de él podemos ofre­cer un modelo mecánico. Cierto criterio de nuestro autor habría de influir asimismo en toda la ciencia posterior. Ya Daniel Bernouilli había (1738) considerado un gas como un sistema de partículas móviles, to­das ellas provistas de la misma velocidad y sometidas a continuos choques recípro­cos; tal «teoría cinética» de los gases, des­arrollada y perfeccionada por diversos físi­cos, permitía explicar bastante bien los fenómenos comunes de las masas gaseosas. No obstante, Maxwell observó (The scientific Papers, I, p. 377; II, p. 26) la excesiva simplicidad del esquema de Bernouilli, y creyó muy improbable, por el principio de razón sufi­ciente, que las partículas del gas, a pesar de los ininterrumpidos choques recíprocos, pudieran desarrollar una velocidad igual; consideró, en cambio, necesario admitir que tales velocidades son muy variadas, e in­cluso que, dentro de ciertos límites, asumen todos los valores posibles.

Debe, pues, exa­minarse la distribución de las velocidades, y atribuir a las partículas una que sea la resultante del promedio de aquéllas; en otras palabras, cabe afirmar que las leyes de los gases son de tipo estadístico. Ello introdujo por vez primera en la física un nuevo concepto: el de probabilidad y de ley estadística, que modifica la posición y el significado de la ciencia en el conjunto de los conocimientos humanos. En 1871 Maxwell rea­nudó el ejercicio de la enseñanza como profesor de Física experimental de la Uni­versidad de Cambridge; prosiguió tal labor hasta el fin de sus días. Hombre de gran actividad, no sólo trabajó en sus investi­gaciones científicas originales sino que se interesó también por la historia de la cien­cia, y publicó los textos de electrología de Henry Cavendish (The electrical Researches of the Honourable Henry Cavendish, Cambridge, 1879), que contribuyeron nota­blemente al aumento de la fama de este científico; se dedicó asimismo a la divul­gación, ya mediante la compilación de tra­tados escolares sobre el calor y la electri­cidad o bien con la composición de artícu­los, reseñas y críticas para revistas de gran difusión y para la Encyclopaedia Britannica. Así como sus textos científicos no presen­tan, ni tan sólo para los especialistas, una lectura fácil, los de divulgación, en cam­bio, resultan modelos de claridad, sencillez, elegancia estilística e incluso agudeza.

M. Gliozzi