Jacques Mesnil

Nació en Bruselas en 1871, murió el 5 de noviembre de 1940 en una pe­queña localidad del departamento de Dróme (Francia), donde se había refugiado al comenzar la última guerra huyendo de Alfort (París), su morada habitual. Había vivido en Francia, Inglaterra, Alemania, Rusia y sobre todo en Italia. Atraído por numerosas aficiones, se había apasionado al principio por problemas sociales y cientí­ficos, lo que le indujo a estudiar Medicina, en Bolonia, con Augusto Murri, que lo esti­maba de un modo especial. Pero su natu­raleza poética y contemplativa acabó por prevalecer encaminándolo hacia la historia del arte, a la cual aportó la severidad de método propia de los estudios científicos. La historia del arte lo vinculó para siem­pre a Italia, donde vivió casi sin interrup­ción desde los comienzos del siglo hasta la víspera de la primera Guerra Mundial.

Vol­vió después a este país muy a menudo, ya que para él Italia y Florencia significaban sus estudios, es decir, todo. Trabajador len­to, de extremada circunspección, nunca sa­tisfecho de sus resultados y siempre ansioso de perfeccionamiento, estudió la vida artís­tica florentina desde los comienzos del Quattrocento hasta principios del siglo XVI, es­pecialmente a través de las dos grandes personalidades de Masaccio (v. Masaccio y los comienzos del Renacimiento en Italia) y Botticelli. Aunque él mismo había tenido ocasión de declarar que razones de índole práctica habían concurrido en la lentitud de avance de sus estudios, sin embargo la «lentitud» debe sobre todo atribuirse a la gran escrupulosidad del escritor, que tra­bajaba de un modo profundo, viviendo su tema durante años.

Un tal método queda atestiguado, por ejemplo, por el interés que mostró por aproximar el arte flamenco al arte toscano del Quattrocento, interés del que nació el libro de estudios comparati­vos, hoy un poco envejecido, pero siempre importante: L’Art au Nord et au Sud des Alpes á l’époque de la Renaisssance, de 1911. Aunque parezca increíble, Mesnil escribía pa­seando por el campo; decía que la natura­leza — de la cual era sensible contempla­dor — ejercía sobre su espíritu una acción clarificadora.

M. Pittaluga