Ivan Aleksandrovich Goncharov

Nació el 6 de junio de 1812 en Simbirsk, murió el 15 de septiembre de 1891 en Petersburgo. G. ocu­pa en la historia de la escuela realista rusa de la segunda mitad del siglo XIX un lu­gar de honor, aun siendo sólo autor de tres novelas, la primera de las cuales, Una his­toria vulgar (v.), inaugura casi la nueva corriente. Hombre sedentario (figura de una manera extraña en su vida una vuelta al mundo de 1855 a 1857, del que dejó re­cuerdo en las notas de viaje tituladas La fragata «Palas»), fue G. durante toda su vida empleado primero en el Ministerio de Ha­cienda, más tarde en la censura y su ca­rrera de artista se desarrolló con la misma lentitud que ponía en el desempeño de sus funciones burocráticas.

Algo de la pedan­tería oficinesca se descubre también en el choque que tuvo con Turguenev, a quien acusó de plagio (de tal choque dejó como documento, además de unas cartas, una ex­traña defensa titulada Una historia no vul­gar). Las tres novelas a las que ha quedado vinculada su fama aparecieron con gran­des intervalos: a la Historia vulgar de 1846, siguieron Oblomov (v.) en 1859 (un frag­mento, El sueño de Oblomov, había apare­cido en 1849) y El declive (v.) en 1869. La originalidad de la obra de G. radica en el hecho de que aun no queriéndose hacer personalmente intérprete de los problemas de su tiempo, sino sólo representar la vida, acaba, en realidad, por suscitar discusiones precisamente en torno a los problemas más vivos, como son los de la educación de la nueva generación en el choque entre ideal y realidad, el de la servidumbre de la gleba, en sus consecuencias sobre los que habían gozado de sus ventajas, y, en fin, el del nihi­lismo.

No menos original es la posición del escritor: él pretendía ser «objetivo», pero en sustancia era bastante más «subjetivo» que Turguenev, que no se «contó» en sus propias novelas, como hace G. en las suyas, especialmente en Oblomov, indudablemente la más perfecta e interesante de sus obras, que dio, entre otras cosas, ocasión a un ensayo sobre Oblomovismo del crítico radi­cal Dobroiulvob.

E. Lo Gatto