Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana

Nació en Carrión de los Condes el 19 de agosto de 1398 y murió en Guadalajara el 25 de marzo de 1458. Hijo del almirante Diego Hurtado de Mendoza y de Leonor de la Vega, noble de las Asturias de SantiIIana, familia de hombres de estado y lite­ratos (López de Ayala, los Manrique, F. Pérez de Guzmán, Garcilaso de la Vega). Muerto su padre cuando apenas Santillana contaba seis años de edad (1404), pasa su ju­ventud bajo los cuidados de su madre y de su tío López de Ayala, a los que debe su esmerada educación y la defensa de las inmensas propiedades heredadas de su pa­dre (señoríos de Hita y Buitrago, etc.). Favorecido por su temperamento y por su ascendencia, pronto sobresale en el típico ambiente de la corte castellana de Juan II. Muy joven figura ya entre los nobles que asistieron en Zaragoza a la coronación de Femando de Antequera. De nuevo en Cas­tilla contrae matrimonio con Catalina Figueroa, hija del maestre de Santiago, Lo­renzo Suárez.

Con el asentimiento de la reina Catalina, viuda de Enrique IV, toma posesión de sus bienes y a partir de enton­ces comienza a intervenir activamente en la confusa política del reinado de Juan II. Contrario al favorito don Álvaro de Luna, aliado de los infantes de Aragón, lucha con­tra éste, e incluso contra el propio rey a partir de la muerte de la reina viuda. (Tordesillas y Montalván, 1420). Retirado un tiempo a sus posesiones y de nuevo recon­ciliado con el monarca, es nombrado fron­terizo de Aragón, oponiéndose con suerte varia a la invasión del rey de Navarra (Campos de Araviana, 1429). En 1437 es en­viado a Córdoba y a Jaén, arrebatando a los moros Huelma y Bexia. Indispuesto de nuevo con el favorito, a causa de los plei­tos que éste le fomenta, reanuda su hosti­lidad hacia éste, llegando incluso a tener que defender con las armas sus propias tie­rras invadidas por don Álvaro de Luna y por Juan II. Gravemente herido se retiró a sus territorios de Guadalajara, confederán­dose con los Cerda y pasando con ellos a una posición neutral.

A ruegos del prín­cipe Enrique asiste, sin embargo, a la ba­talla de Olmedo (19 mayo 1445) al lado del monarca. En recompensa recibe los títulos de marqués de Santillana y conde del Real del Pera, posesiones ambas de su propie­dad. Nuevamente disgustado con don Álvaro de Luna su rivalidad ya no termina­ría hasta el sangriento fin del favorito en la plaza pública de Valladolid (1453). La in­tervención de nuestro autor en el complica­do proceso parece fuera de toda duda. Con ello termina uno de los motivos más per­sistentes de su turbulenta vida política- A partir de entonces, sólo cinco años de vida le restan, queda constituido en el prohombre castellano más prestigioso en armas y en letras. Serio, de buen porte, magnánimo, culto, refinado, tal y como le conocemos en el famoso retrato que nos ha llegado, del marqués orante, tenaz y con­victo como nos hace suponer su implacable odio, incluso muerto, hacia el condestable, y al mismo tiempo religioso, dadivoso. En 1456 dota varios monasterios por él funda­dos ya con anterioridad.

Poco antes habían muerto Juan II y el hijo primogénito del marqués, que retirado ya de la política y dedicado al estudio en Guadalajara, donde poseía su famosa biblioteca, moría serena­mente en 1458. Insistimos en el estoicismo de su muerte: «que ni las grandes cosas le alteran ni en las pequeñas le placía en­tender» (Hernando del Pulgar); «Sois el que a todo pesar y placer / fazedes un gesto alegre e seguro» (Juan de Mena). La obra literaria del marqués de Santillana es el producto de dos tendencias, culta y popular. Entre los presupuestos directos de su obra citamos en esquema de cultura clásica (César Salustio, Tito Livio, Séneca, Homero, Virgilio, Aristóteles…), la cristiana (la Biblia) y las literaturas contemporáneas, catalana, galle­ga, provenzal, castellana y sobre todo fran­cesa e italiana (Dante, Petrarca, Lorris). Sobradamente conocido es su juicio sobre la poesía popular castellana, «con las que la gente baxa y servil se alegra». Nos incli­namos, sin embargo, a creer que el mar­qués de Santillana más que despreciar esta poesía la ignoraba en el sentido de que su entu­siasmo por la literatura francesa e italiana contemporánea y por la «sublime» antigüe­dad, le impedirían comprender la poesía popular castellana.

Estamos aún en una época en que el entusiasmo y la nove­dad tienen un sentido total. No obstante, hay una parte de tendencia popular en su obra, si bien enlazada con tendencias cul­tas. Consecuencia de estas influencias en la obra del marqués de Santillana son fundamental­mente, aparte, como es natural, el carácter refinado y culto de su producción, el sentido alegórico que predomina en muchos de sus poemas y el intento de adaptar los metros italianos a la poesía castellana, admirable precedente del definitivo intento de Garcilaso. Del ambiente de su época, decadente pero todavía preocupado, había de tomar el tono sentencioso y didáctico, o su antagónico el satírico, tan característico de la literatura del tiempo. De su obra en prosa y con ca­rácter popular son los Refranes que dicen las viejas tras el fuego (v.), obra que viene a afianzar el dualismo antes apuntado en­tre las tendencias popular y culta. A esta última pertenecen el Prohemio e carta al condestable de Portugal (v.) decisivo para la comprensión de su labor literaria y ver­dadera obra de preceptiva y de historia de la literatura; los Prólogos o prohemios a sus diversas obras; las Glosas a los prover­bios, comentario de su propia obra; la La­mentación en profecía de la segunda des­trucción de España, de tema tomado de la Crónica general. Nos han llegado también algunas cartas, v. gr. a Alonso de Carta­gena Sobre el oficio de caballería, o a su hijo, sobre la utilidad de las traducciones, etcétera.

En su producción poética se ad­vierte igualmente el carácter culto y el popular. Dentro del primero tenemos los cuarenta y dos Sonetos fechos al ytálico modo (v.), primer intento de adaptación del metro endecasílabo al castellano; recor­damos entre estos «Clara, por nombre, por obra e virtud», «Sitio de amor con gran artillería», «En el próspero tiempo de las serenas». Un grupo de obras doctrinales lo constituyen los Proverbios de gloriosa doc­trina (v.) en versos de pie quebrado, Diá­logo de Bías contra Fortuna (v.) y Favor de Hércules contra Fortuna que recuerdan a la obra didáctica de Sem Tob y a la del canciller López de Ayala. El Diálogo cons­tituye una noble exposición del estoicismo (no en vano figuraban en su biblioteca las obras de Séneca) dirigida a su primo el conde de Alba, detenido por don Álvaro de Luna. De carácter político y moral son el Doctrinal de privados (v.), dedicada a su enemigo don Álvaro de Luna, uno de los poemas más intencionados y chocantes de la literatura castellana, símbolo de toda una actitud y energía valientemente pro­rrogadas más allí de la muerte.

Existen también Otras coplas del dicho Marqués sobre il mesmo caso (v. Doctrinal de pri­vados). Poemas alegóricos, inspirados en la literatura italiana, con la metafísica amo­rosa preferida por la poesía cortesana con la Denfunssion de Don Enrique de Villena (v.), su amigo y maestro, de evidente grandiosidad, con intervención del poeta y de la naturaleza y con sorprendentes y pe­queños detalles de gran vigor poético; casí como niño que sacan de cuna»; Coronación de Mossén Jorde (v.); El planto de la rei­na; Margarida; Querella de amor («ya la gran noche passaba, e la luna se escondía»); Visión, pequeña obra maestra; el Infierno de los enamorados (v.), inspirado en el canto sexto del infierno de Dante; El trionfete de Amor, tomado de Petrarca; la Comediata de Ponza (v.) el más completo de sus poe­mas alegóricos; la Canonización del maes­tro Vicente Ferrer. Finalmente sus encan­tadores poemas populares dentro de una línea culta Canciones y decires (v.) y las Serranillas (v.), pequeñas composiciones ta­lladas minuciosamente pero sin romper la fluidez del sentimiento, y al cabo su mejor poesía, con títulos tan encantadores como éste de Cantar que fizo él Marqués de San­tillana a sus fijas loando su hermosura.

Como siempre, el tema mismo es ya la poe­sía: don Iñigo López de Mendoza, sus hi­jas y el canto que un día las hizo loando su hermosura. De antología son sus serra­nillas, de un acendrado lirismo al mismo tiempo refinado y popular, entre ellas «Moga tan fermosa». Sensible pero sobrio y contenido, aún refuerzan más esta sobrie­dad y continencia una peculiar tenacidad y un característico atrevimiento y valentía muy personales. El marqués de Santillana es, sin duda alguna, uno de los autores de mayor personalidad y más delicada pluma de la literatura castellana.