Imrulqais

Poeta árabe preislámico del siglo VI, que murió en Angora (hacia 540?). Pertenecía a la tribu de Kinda, que durante la segunda mitad de la centuria anterior había logrado establecer la hegemonía (casi una especie de monarquía embrionaria) so­bre otras de la Arabia centro-occidental. Sin embargo, en tomo a 530 la rebelión de los Banu Asad puso fin a la efímera suprema­cía kindita y provocó el asesinato del ré­gulo Hugr, padre del poeta que nos ocupa. La vida de I. estuvo llena del vano esfuerzo que realizó para vengar a su progenitor y recobrar su primacía casi real. A tal fin anduvo errante a través de las tribus de Arabia (la tradición árabe le conoce por «el rey errabundo») y acabó pidiendo ayuda a Bizancio, donde, según parece, su petición viose, hasta cierto punto, atendida, debido al interés de la política bizantina en man­tener sujetas mediante pequeños estados vasallos a las inquietas gentes nómadas del desierto; no obstante, en el curso del viaje de retorno el príncipe poeta enfermó y mu­rió, no sin despedirse antes de la vida en patéticos versos.

Es indudablemente legen­dario el relato según el cual falleció víctima de un manto envenenado — especie de ca­misa de Nesos — que le entregara el empe­rador en venganza de sus amores con una princesa bizantina. El Dīwān (v.) de I., la primera figura con personalidad definida que aparece en los umbrales de la literatura árabe antigua, refleja ampliamente un fondo biográfico. El deseo de vengarse de los ase­sinos de su padre y de los otros jefes de los Kinda queda expresado en los versos diri­gidos contra los Banu Asad; en otros resuena él eco de la desilusión que tuvo el poeta cuando, consultado con las flechas adivinatorias el ídolo Dhu l-Khùlasa acer­ca del propósito de vengar a su progenitor, obtuvo de él una respuesta desfavorable; los hay que aluden a la expatriación y al viaje de Arabia a Bizancio; y se dan tam­bién los referentes a aventuras amorosas, bordadas por la tradición con abundan­tes detalles.

Dada la dudosa autenticidad de muchos de tales versos, no resulta fácil de­terminar cuándo se basan en sucesos real­mente acontecidos y cuándo son fruto de vagas y novelescas tradiciones. Con todo, la personalidad de I., siquiera envuelta en la leyenda, pertenece indudablemente a la historia, y, a través del Diwán y de la tra­dición histórico-literaria, nos aparece im­petuosa, pasional, sedienta de vida y, luego, amargamente desilusionada por esta misma. La legendaria ñgura del rey-poeta ha sido aprovechada tanto en Oriente como en Oc­cidente como tema de evocaciones literarias (Rückert, M. Taimür).