Ignacio Ramírez

Político y poeta me­xicano nació en San Miguel el Grande (Guanajuato) en 1818 y murió en 1879. Uno de los más violentos debeladores de la tradición española y de las ideas religiosas tradicio­nales de su pueblo. Era todavía un mucha­cho cuando leyó en la Academia de Letrán su tesis titulada No hay Dios: los seres de la Naturaleza se sostienen por sí mis­mos. Utilizó el seudónimo «El Nigromante». Sus apasionados adversarios han venido injuriándolo por su actitud rebelde, que han atribuido a que era «mulato y plebeyo, colegial de limosna de San Gregorio», sin pensar en que el proselitismo religioso en­contró la enorme masa de sus adeptos en el mestizaje hispanoamericano. Su famosa negación cobró actualidad cuando Diego Rivera pintó su famoso mural del Hotel del Prado, en el que reprodujo la frase al pin­tar a Ramírez; se produjo un gran escán­dalo, una mano irreverente borró la ins­cripción y el artista hubo de sustituirla.

Ramírez se hizo abogado en la capital mexicana, enseñó en el Instituto Literario de Toluca, donde tuvo como discípulo a Altamirano; fue perseguido por Santana, ocupó un es­caño en el Congreso Constituyente, sirvió a Benito Juárez como ministro de Justicia y Fomento, volvió a desempeñar el minis­terio de Justicia en la primera etapa de Porfirio Díaz y se reintegró después a su si­llón de magistrado, que ocupó hasta su muerte. Más que un escritor en prosa, es un polemista cuya obra quedó muy dispersa y no fue agrupada, en dos volúmenes, hasta después de su muerte (1889). Pero por sus trabajos en prosa, no figuraría en estas pá­ginas (v. Obras de Ramírez). Lo citamos como poeta y señalamos la curiosa contra­dicción — no es el único caso — entre su conservadurismo literario (es un estimable neoclásico) y su revolucionarismo político, apoyado en un volterianismo singular.

Este curioso iconoclasta, que se enamoró en su madurez de Rosario la de Flores y de Acu­ña, mereció como poeta los elogios de un crítico tan severo como Menéndez Pelayo. Y en efecto, son dignos de singular mención sonetos como Al amor, A mi musa, compo­siciones en tercetos como Por los muertos y Por los desgraciados, y algunas otras de sus composiciones, que en conjunto no lle­gan a cincuenta.