Ibico

Nació en la Magna Grecia, en Reggio, a principios del siglo VI a. de C. Es muy probable que perteneciera a una familia noble; sin embargo, resulta legendaria la noticia según la cual pudo llegar a tirano de su patria, pero prefirió, en cambio, emi­grar. Hacia el año 560 marchó a Samos, a la corte de Eaces, padre de Polícrates, a los primeros tiempos de su permanencia en la isla se refiere sin duda el extenso fragmento encomiástico hallado en un papiro y que ensalza la belleza del joven Polícrates. No sabemos hasta cuándo estuvo en Samos, ni dónde murió. Una leyenda tardía, posterior al poeta en cuatro o cinco siglos, dice que había sido robado y muerto en un lugar desierto, y que, moribundo, invocó a una bandada de grullas rogando que atestigua­ran el delito y lo vengaran; más tarde, en el curso de un espectáculo público celebrado en Corinto, uno de los asesinos, al ver ca­sualmente algunas de tales aves, habría dicho: «¡Mirad las grullas de Ibico!», lo cual llevóle a tener que dar explicaciones y a ser castigado con todos sus compañeros.

Tal relato legendario se debe, probablemente, a un origen etimológico: el nombre Ibico po­día fácilmente relacionarse con el del ave denominada ibis, afín a la grulla. Las poe­sías de nuestro autor se hallaban divididas en siete libros; hasta nosotros ha llegado menos de un centenar de versos (v. Odas). En parte debió de seguir el estilo de Estesícoro, según lo demuestran los metros por él empleados, el dialecto (épico y con un lige­ro matiz dórico) y la incertidumbre de los antiguos en cuanto a la atribución de algunos pequeños poemas épico-líricos, como los Juegos para Pelia, acérca de cuya paterni­dad se dudaba entre I. y Estesícoro. Sin embargo, toda una parte de sus poemas, aquella a la cual pertenecen los fragmentos conservados, había de revelarle poeta pro­fundamente distinto de este último. En la Antigüedad nuestro autor fue célebre sin­gularmente por sus encomios y la ardiente pasión amorosa expresada en sus versos. El elogio de Polícrates, del que ha sido encontrado un extenso fragmento, queda frío e incoloro; se trata en este caso de poesía de homenaje cortesano.

Gran valor poético ofrece, en cambio, otro en el que el autor establece el contraste entre la alegría de toda la naturaleza, que en la primavera flo­rece y se renueva en el jardín de las ninfas, con su espíritu agitado por la pasión amo­rosa, que le sacude como una tormenta y en ninguna estación le da tregua. La pro­funda intensidad del sentimiento y la apasionada contemplación de la naturaleza recuerdan a Safo; a ésta, en realidad, se parece I., cuya poesía, no obstante, es más grave y más opulenta; tiene el mismo vigor de aquélla, pero no su sencillez y su gracia. En otro fragmento el poeta, ya anciano, ve de nuevo, lleno de espanto, cómo el amor se aproxima, le acecha con toda suerte de hechizos y le envuelve en sus redes inex­tricables, y se compara él mismo a un cor­cel, numerosas veces victorioso, que, ya viejo, toma parte en una carrera. Este pa­rangón, referido no ya al amor, sino a la actividad poética, resultará célebre por las imitaciones de Ennio y Horacio; sin embar­go, sólo en I. la imagen aparece poderosa, como lo es también la de Eros, que le contempla lánguidamente para vencerle con la fascinación voluptuosa de los ojos.

G. Perrotta