Homero

Las más antiguas noticias que tenemos acerca de H. le asignan como pa­tria Quíos. De Quíos lo consideraba el poeta Simónides de Amorgos (segunda mitad del siglo VII a. de C.), y Pindaro cita a Quíos al lado de Esmima. No es improbable que la tradición relativa a Quíos se basara en la atribución que los antiguos hicieron a H. de un himno a Apolo Delio (v. Himnos homéricos), en el cual, el autor, sin decla­rar su propio nombre, dice de sí mismo que es ciego y que vive en la rocosa Quíos; de donde salió también la leyenda de la ceguera de H. Además, hubo en Quíos una sociedad de poetas que se llamaban los «Homéridas» y pretendían descender de H. Bien pronto otras ciudades disputaron a Quíos el honor de ser cuna del poeta: Colofón, Cu­mas, Pilos Ítaca, Argos, Atenas; pero se trata siempre de atribuciones arbitrarias. Nos han llegado siete Vidas de H., las cua­les son todas novelescas y fantásticas.

La más antigua y pormenorizada, atribuida fal­samente por los antiguos a Herodoto, se remonta quizá al siglo V a. de C. En ella se refiere que una huérfana, Creteidas, natu­ral de la Cumas eólica, fue seducida, y que su tutor, para evitar la vergüenza, la llevó a Esmirna, colonia cumea. Allí, Creteidas, un día que había asistido a una fiesta sacra en la desembocadura del río Meles, dio a luz un niño al que llamó Melesígenes, del nom­bre del río. Un maestro elemental, Femio, tomó a su servicio a Creteidas y la guardó celosamente al darse cuenta de que el niño, al correr de los años, demostraba señaladas disposiciones artísticas. Bien pronto fue Me­lesígenes objeto de admiración, no sólo por los ciudadanos de Esmirna, sino por todos los forasteros que acudían a aquel frecuentadísimo emporio. Entre otros, un patrón de una nave, un tal Mente, hombre culto y sensible, le tomó mucha simpatía a Mele­sígenes y le demostró lo útil que le sería viajar y conocer directamente países y hom­bres.

El poeta se dejó convencer y marchó a correr mundo. A dondequiera que lle­gaba observaba, se informaba y tomaba notas, Arribado a Itaca, de vuelta de Ibe­ria y de Italia, enfermó de los ojos, y Mente, obligado por sus negocios a conti­nuar el viaje, lo confió a un amigo suyo, Mentor, hombre rico y hospitalario. En Itaca, aprendió Melesígenes muchos detalles referentes a las aventuras de Ulises, que conservó cuidadosamente. Cuando Mente pasó de nuevo por Itaca, el poeta, que en­tretanto se había curado, se reunió con él y continuó viajando durante largo tiempo, hasta que en Colofón enfermó de nuevo y perdió la vista. Obligado, por ello, a renun­ciar a los viajes, se estableció en Esmirna y se dedicó a la poesía. Pero, como no con­seguía ganar lo suficiente para vivir, deci­dió trasladarse a Cumas. Durante un viaje a Neotico, en una aldea y junto a la tien­da de un zapatero improvisó estos versos: «Respetad a quien tiene necesidad de hospitalidad, vos que habitáis en la excelsa ciudad, hija de Cumas, la de los bellos ojos, al pie de Sedene lleno de selvas, vos que bebéis la ambrosía agua del río divino, del Hermos vertiginoso, del que fue padre Zeus inmortal».

El zapatero — que se llamaba Tichio — movido a compasión hospedó al poeta, que compuso entonces algunas obras, como La expedición de Anfiarao contra Tebas e himnos a los dioses. Todavía en la época en que fue redactada la Vida seudoherodotiana, mostraban los habitantes de Neotico el lugar en que H. acostumbraba sentarse y componer versos, y un chopo que había crecido en aquel tiempo. Cuando, des­pués de algún tiempo, Melesígenes vio que sus ganancias disminuían volvió a Cumas y compuso entonces el famoso epigrama a Midas: «Hasta que el agua fluya y florez­can los grandes árboles y el sol naciente resplandezca y la brillante luna, yo aquí, sentado sobre el llorado sepulcro, anun­ciaré a los transeúntes que ésta es la tumba del gran Midas». En Cumas alcanzó el poeta gran éxito y solicitó que se le alimentara a expensas del erario público, lo cual sería un timbre de gloria para la ciudad. Defen­dió su propia causa en la asamblea; pero uno de los príncipes se opuso haciendo ob­servar que si la ciudad se dedicara a man­tener a todos los ciegos, pronto se atraería una muchedumbre de parásitos.

Como el príncipe había designado así al poeta en su discurso, éste fue llamado desde entonces H. y no Melesígenes. Habiendo abandonado Cumas, reanudó H. su vida errabunda y encontró en Focea a un tal Testórides, maestro de escuela, el cual se ofreció a mantenerlo a sus expensas a condición de que H. le diera copia de todas las com­posiciones que había redactado hasta en­tonces y de las que escribiría posteriormente. H. aceptó y compuso La pequeña Ilíada y la Fócida. Pero Testórides lo abandonó y se trasladó a Quíos, donde se hizo famoso con las poesías de H. Cuando se informó éste del indigno proceder del maestro, decidió marchar a Quíos. El viaje estuvo lleno de aventuras, y después de varios incidentes, H. consiguió desembarcar en las pro­ximidades de la ciudad, en Bolisso, donde Un pastor, Glauco, tuvo compasión de él. lo hospedó y lo presentó a su amo, el cual le confió la educación de sus hijos.

Homero pasó entonces un período de vida tranquila, com­puso muchas obras y se hizo tan famoso en Quíos que Testórides juzgó oportuno marchar de allí. El poeta acumuló también una cierta hacienda, se casó y tuvo dos hijas, una de las cuales murió núbil y la otra casó con un habitante de Quíos. Fue entonces cuando H. compuso la Odisea (v.), y de toda Grecia acudía gente a verlo. De­cidió por ello marchar al continente; pasó todo el invierno en Samos, luego partió a Atenas; pero en la pequeña isla de los enfermó y murió. Fue sepultado en la mis­ma playa. Este es el contenido de la Vida seudoherodotiana. Las otras Vidas, atribui­das a Plutarco, a Proclo o anónimas, no añaden muchas noticias y no merecen ma­yor fe. Ni tampoco nos da otros detalles de algún interés una composición titulada Certamen de Homero y Hesiodo, que en la redacción que ha llegado hasta nosotros es de la época de Adriano, pero que contiene un núcleo más antiguo.

En ella el autor imagina que H. y Hesiodo se encuentran por azar en un certamen convocado por Gannitor para celebrar las exequias de su padre Anfidamante, rey de Eubea, lo que da lugar a una admirable competición entre los dos poetas y que ganó Hesiodo, porque el rey quiso dar la palma a quien había exaltado la agricultura y la paz frente a quien había cantado las guerras y los estra­gos. En la introducción a esta obra, en la que ambos poetas son considerados natural­mente contemporáneos, se repiten las noti­cias ya conocidas. En realidad, todo el con­tenido de las Vidas es legendario. Del poeta, sólo sabemos con seguridad el nombre, el cual no significa «ciego», ni siquiera «es­clavo» — porque su padre habría sido vendido como esclavo por los chipriotas a los persas —, sino «rehén»; y Homero es un verdadero y auténtico nombre de persona no un nombre simbólico. Los modernos están de acuerdo en juzgar muy incierto el lugar de nacimiento; la mayoría propende a otorgar mayores probabilidades a Esmirna o a Quíos; otros niegan que haya moti­vos válidos para conceder preferencia a cualquiera de estas dos ciudades.

Un dato de la leyenda es, sin embargo, bastante vero­símil: el de la vida errabunda. Los poemas demuestran, en efecto, que su autor tenía . conocimiento de muchos países y pueblos que sólo puede haber sido directo. Es ver­dad, por otra parte, que tal problema se encuentra unido a la famosísima cuestión homérica sobre la redacción de los poemas. La pobreza, la ceguera y el ambiente ple­beyo son elementos de las Vidas que mu­chos críticos rechazan, porque ven en los dos poemas, especialmente en La Ilíada (v.), una obra cortesana; y un pasaje de este poema (libro XX, versos 303 y sig.), en el que se presagia que los descendientes de Eneas reinarán un día sobre los troyanos, ha parecido ser profecía «ex eventu» y por ello demostrar que el autor vivía en la Tróade, en la corte de una dinastía que se jactaba de descender de Eneas. Sobre la época en que vivió el poeta, los antiguos no sabían nada concreto.

Herodoto creía que H. había vivido cuatro siglos antes que él; y si aceptamos esta hipótesis, que pa­rece verosímil, podríamos colocar la vida de H. en el siglo IX a. de C. Por lo demás, el estado actual de la llamada «cuestión homérica», iniciada por François Hédelin, abate d’Aubignac (1604-1676) y tratada luego por muchos eruditos, entre los que des­tacan G. B. Vico, Wolf, Lachmann y Her­mann, puede resumirse en los términos si­guientes: La Ilíada y la Odisea no son obra del mismo poeta y reflejan culturas, usos y costumbres muy distintos. Uno fue el poeta autor de la Ilíada, o, por lo menos, de la mayor parte del poema, el cual a lo lar­go del tiempo sufrió ampliaciones y la adi­ción de algunos cantos (por ejemplo, el catálogo de las naves en los libros II y X). Ningún motivo impide admitir que tal poeta se llamara Homero, el cual quizás, era de Esmirna y vivió en la corte de algún prín­cipe de la Tróade. Los poemas homéricos presuponen la existencia de breves composiciones épicas en hexámetros, que a su vez fueron precedidos de canciones — probable­mente eólicas — en estrofas de versos cor­tos, tal vez rimados.

V. de Falco