Herbert Spencer

Nació en Derby el 27 de abril de 1820 y murió en Brighton el 8 de diciembre de 1903. Fue el primogénito y el único superviviente de los seis hijos de William George y Harriet Holms. De salud precaria, poseyó, en cambio, una mente lú­cida, una voluntad tenaz y un espíritu into­lerable en cuanto a autoridad y dogmas, Recibió la formación de su padre y su tío — ambos maestros —, y, en particular, de sus experiencias y lecturas personales. Cuan­do joven, no quiso frecuentar la Universidad, y ya anciano y famoso, rechazó siempre los numerosos honores y nombramientos que las instituciones docentes y académi­cas intentaron ofrecerle. Situado entre el metodismo de su madre y las simpatías de su padre hacia los cuáqueros, manifestóse independiente; y así, permaneció ajeno a vínculos políticos y profesionales, y ni tan sólo quiso doblegarse al del matrimonio. Llegó incluso a considerar la cultura como posible limitación de la libertad; a causa de ello no leyó mucho, ni aun textos filosó­ficos (no parece haber conocido muy profundamente a Kant).

No por esto era mi­sántropo, antes al contrario: amó la conver­sación, frecuentó las tertulias y el teatro y tuvo muchos amigos, entre los cuales figu­raron Mili, Huxley, Tyndall y George Eliot. Adversario del imperialismo en política y del socialismo en sociología, cuando parti­cipó en aquélla — como ocurrió en 1842 — lo hizo en sentido democrático. Su forma­ción resultó esencialmente científica y téc­nica; sintió afición a los experimentos y a las colecciones. Se desinteresó, empero, de las lenguas y particularmente del mundo clásico, griego y latino. Ajeno por completo a los valores artísticos, no vacilaba, sin em­bargo, en juzgar acerca de ellos, ingenua­mente seguro de sí mismo, rasgo que en él fue algo congénito; de ahí sus pasmosas apreciaciones sobre Rafael, Wagner, Homero, Platón, etc. La mente de Spencer, exclusiva­mente lógica y racional, sólo hallaba satis­facción plena en las elaboraciones sistemá­ticas. El primer texto de interés general de nuestro autor es un conjunto de cartas escritas para The Nonconformist sobre el problema de los límites de la autoridad estatal, Letters on the Proper Sphere of Government (1842).

En 1844 estuvo empleado un mes en la redacción de The Pilot, de Manchester, y se ocupó, por primera vez en serio, de metafísica y psicología después de leer el Sistema de lógica (v.) de Mili y la parte inicial de la Crítica de la razón pura (v.) de Kant. Entre 1844 y 1846 actuó de vez en cuando como ingeniero ferroviario. En 1848 ingresó en la redacción de The Eco­nomisti tal circunstancia marcó el fin de su labor en la ingeniería y el principio de su actividad de escritor y filósofo. En 1850 apareció la Estática social (v.), obra que des­pertó cierto interés y orientó decisivamente a su autor hacia la vocación filosófica. Y así, en 1853 abandonó su trabajo en The Eco­nomist y renunció a cualquier otro empeño para dedicarse exclusivamente a la elabo­ración de su sistema de filosofía sintética; sentía, en efecto, como misión propia, esta­blecer una interpretación racionalmente sis­temática del mundo, apoyada en una base científica, y dio una muestra de ello en los Principios de psicología (v.) —texto que apareció en 1855 sin despertar demasiado interés — y, en 1859, el esbozo general en un prospecto.

Firme en el propósito que le inducía a ofrecer al positivismo la concep­ción sintética del mundo que todavía le fal­taba, Spencer empleó treinta y seis años en esta empresa tenaz, que llevó a cabo incluso a través de dificultades económicas y pertur­baciones de la salud. Ésta, siempre débil, le impedía el ejercicio regular de cualquier ocupación; raramente podía dedicar al tra­bajo más de tres horas diarias, y no pocas veces había de abandonarlo por completo durante meses y aun años enteros, como le ocurrió entre 1886 y 1889. Para hacer frente con eficacia a los gastos de la obra procuró publicarla por entregas y mediante suscripción. La primera de aquéllas apa­reció en 1860; a ella siguieron, en períodos de tres meses, cada una de las restantes, con lo que el tomo inicial — Primeros prin­cipios (v.) — quedó ya listo en junio de 1862. Sin embargo, la esperanza según la cual los gastos iban a quedar cubiertos por las suscripciones, se reveló muy pronto ilu­soria. Y así, no estando dispuesto a expe­rimentar ulteriores pérdidas, en 1865 Spencer co­municó a los suscriptores la suspensión de la obra.

Salió airoso de tan difícil trance gracias a una modesta herencia paterna y, singularmente, al apoyo moral y económico de un admirador norteamericano, E. Livings­ton Youmans, quien quedó unido hasta su muerte (1887) al autor por una gran amis­tad. Gracias a este bienhechor los textos de Spencer fueron pronto conocidos en los Estados Unidos; y, así, el filósofo alcanzó la noto­riedad y la fama en la otra orilla del océa­no antes que en su misma patria. La em­presa editorial siguió siendo todavía por algunos años un mal negocio; sin embargo, hacia 1870 la situación empezó a cambiar. Los libros de nuestro autor eran cada vez más solicitados y leídos, y pronto conocie­ron también las traducciones, que habían de multiplicarse y extenderse incluso al sáns­crito y al chino. Mientras tanto, en 1867 habían aparecido los Principios de biología (v.), y, luego, vieron la luz la segunda edi­ción de los Principies of psychology (1872), los Principios de sociología (1877, v.) y los Data of Ethics (1879), primera parte del tratado sobre la ética tan apreciado por Spencer y completado con otras seis secciones, como, parecidamente, lo fue con siete la obra acer­ca de la sociología.

El autor vivió hasta 1898 en Londres, salvo en ocasión de dos largos viajes a la Europa meridional y a los Estados Unidos. En 1894 el filósofo sostuvo una célebre controversia con el famoso bió­logo alemán A. Weismann, quien había refutado abiertamente la naturaleza heredi­taria de los caracteres adquiridos, defen­dida precisamente por Spencer como principio fundamental e indispensable de su teoría evolucionista. Cuando en 1896 apareció el último tomo de la Sociology, punto final del sistema y de los treinta y seis años de labor, el autor fue muy agasajado. En realidad, podía considerarse el filósofo más cé­lebre de la época y el maestro del positi­vismo. Inglaterra le juzgaba con orgullo un genio nacional y toda Europa le reco­nocía y apreciaba como uno de los grandes hombres del siglo. Durante los años siguien­tes Spencer no descansó, antes bien, se dedicó a la reconstitución y a la nueva edición de los tomos de su sistema, así como a la com­posición de artículos y ensayos. La crisis de la ciencia positivista y la aparición de otras corrientes filosóficas idealistas iban modificando, empero, el ambiente cultural.

Y así, a su muerte, ocurrida en Brighton, a donde se trasladara al abandonar Londres en 1898, el filósofo estaba a punto de que­dar superado. Las obras principales de Spencer son las anteriormente citadas; integran los once tomos del System of Synthetic Philosophy. Durante los años en cuyo transcurso no pudo atender a su labor filosófica (1886- 89) empezó a componer la Autobiography, que terminó en 1894 y quiso publicar póstuma; vio la luz, efectivamente, en 1904, en dos volúmenes. Muy numerosos son los en­sayos del autor, reunidos luego (1891) en tres tomos bajo el título de Scientific, Political and Speculative Essays.

F. Amerio