Nació en 1595 en Kaiserswerth (cerca de Düsseldorf) y murió en Tréveris el 7 de agosto de 1635. Fue señor de Langenfeld (hasta 1739 no recibió la familia el título condal). Su padre, Pedro von Spee, prefecto del Príncipe-elector arzobispo de Colonia y católico riguroso, hizo educar al hijo en un colegio de esta última ciudad, donde las congregaciones juveniles dirigidas por los jesuítas ejercían gran influencia. Promovido «magister artium» en 1610, ingresó como novicio en la Compañía de Jesús, a impulsos de una intensa vocación misional que le inducía a seguir, en la India y el Japón, el ejemplo del gran Francisco Javier. A partir de entonces vio en la pasión de Jesucristo un ideal de amor que se propuso llevar a la práctica.
Abandonado por voluntad de sus superiores el ideal de las misiones, trabajó en la Contrarreforma alemana, en la cual, empero, luchó únicamente con las armas del amor. Terminados con brillantez los estudios, fue profesor en Worms, Maguncia, Paderborn y Colonia; en 1622 recibió las sagradas órdenes. Dedicóse a la cura de almas, obtuvo grandes éxitos en las conversiones, sobre todo en las de algunos nobles protestantes, y defendió a las víctimas de la injusticia y la persecución. Contrariamente a lo que hasta las recientes precisiones de la crítica se creía, no ocupó jamás el cargo oficial de confesor de las brujas en Würzburg; sólo excepcionalmente se relacionó con algunas mujeres acusadas de brujería, a las cuales, empero, consideró siempre inocentes. En 1628 fue enviado a trabajar en favor de la Contrarreforma en la región de Peine, en Westfalia, donde sus dotes de elocuencia y bondad le ganaron muchos corazones. Con todo, un desgraciado decreto del arzobispo provocó en 1629 un atentado contra la persona de Spee, quien resultó gravemente herido. Parece haber pasado luego un período de convalecencia en la abadía benedictina de Corvey y en una propiedad de los jesuítas de Falkenhausen, donde seguramente empezó a componer su cancionero El ruiseñor que desafía (v.).
En 1630, mientras era profesor de Teología moral en Paderbom, terminó su famosa Canción criminal (v.), dura requisitoria dirigida contra el gran delito judicial del siglo: los procesos de brujería. La obra apareció anónima en Rinteln en 1631, gracias a la audaz iniciativa de un amigo; el autor, empero, fue identificado rápidamente, y ello provocó un grave conflicto entre Spee y los superiores de la Compañía, salvo en cuanto al padre provincial y al general Vitelleschi, de Roma, quienes le defendieron y protegieron. Aquel mismo año el torbellino de la guerra le condujo nuevamente a Colonia, donde por su cristiana actitud sobre la cuestión de las brujas se vio desposeído muy pronto de la cátedra de Teología moral. Cuando luego, en 1632, apareció en Francfort una segunda edición de la Cautio, esta vez absolutamente a espaldas del autor, se desencadenó una verdadera tempestad, sobre todo porque el texto en cuestión resultaba netamente opuesto a varios miembros de la Compañía y notables protectores de la misma.
Sólo el favor del padre provincial y las agitaciones propias de una época de guerra salvaron a Spee de la expulsión de la Orden y, quizá, de la condenación a la hoguera. El religioso continuó dedicándose a la cura de almas y a la composición de su cancionero y de un texto de edificación, el Libro áureo de la virtud (v.). En 1633 pasó a enseñar Teología moral en el Colegio de Tréveris y a actuar como confesor de los seminaristas. Sin embargo, el arzobispo, francófilo, clausuró poco después la mencionada institución docente. En 1635 la ciudad fue ocupada por las tropas imperiales; Spee entregóse por completo al cuidado de los heridos y prisioneros y pereció víctima de una epidemia que se extendió por la población. Los discípulos y sacerdotes veneraron como santo a este religioso poeta que supo fundir en su vida el místico amor a Dios con la activa caridad cristiana hacia las criaturas, y, en su labor erudita y poética, unir a la profundidad de pensamiento y de la doctrina la gracia lozana y espontánea de la inspiración artística, y al cándido entusiasmo del cantor de las excelencias divinas la combatividad noble, y a menudo sarcástica, del delator de una infamia pública.
E. Rosenfeld

