Henry Louis Mencken

Nació en Baltimore el 12 de septiembre de 1880, murió el 29 de enero de 1956 en la misma ciudad y en la casa de su propiedad donde había vivido siempre. Mencken pertenecía a una familia de origen teutón. Su padre, que se dedicaba a negocios y se ocupaba de ingeniería, le envió al Instituto Politécnico cuando tenía doce años; pero en 1899 se dio a conocer en el periodismo, que cultivó ya durante toda su vida. Del Morning Herald pasó en 1903 al Evening Herald, después al Sun y, a partir de 1910, al Evening Sun} que no abandonó ya. Paralelamente a esta activi­dad en los diarios, se dedicó también a colaborar asiduamente en revistas: en 1908 era crítico literario de The Smart Set. Fue el período en que empezó a influir sobre el gusto literario y a presentar al público a numerosos escritores nuevos.

Esta activi­dad suya se intensificó en 1923, cuando fun­dó y dirigió The American Mercury. El círculo en que se inició y plasmó esta re­vista estaba constituido por adeptos a la estética europea «fin-de-siécle», que tenía como númenes a Ibsen, Wagner y Nietz­sche. No obstante, en los años precedentes a la primera Guerra Mundial, Mencken, alcan­zada la total madurez, era una voz que se anticipaba con mucho a los tiempos que corrían. Su hora quedó señalada en el de­cenio 1920-30. Mencken no salió victorioso de la lucha contra el moralismo y la aversión a la literatura contemporánea que caracte­rizaron el neo-humanismo de I. Babbitt y de P. E. More; pero la misma lucha le hizo aparecer como un libertador a los ojos de los jóvenes de «la generación perdida». Adalid del naturalismo y de todos los movi­mientos de vanguardia surgidos en la lite­ratura norteamericana después de la pri­mera Guerra Mundial, escribió, contra las acusaciones de S. Sherman, una famosa defensa de T. Dreiser; estimuló y ayudó a escritores tan distintos entre sí como S. Anderson y Cabell, B. Hecht y W. Cather, C. Sandburg y E. O’Neil, a quien dio a conocer Ibsen, todavía desconocido en el teatro norteamericano.

Por sus críticas re­cogidas en seis tomos de Prejudices (1919 y 1927), que no perdonaban a la sociedad de su país, ha sido comparado a Shaw; también fue una especie de «enfant terri­ble». Sus ideas, sus críticas aparecieron en el momento oportuno y quedaron vincula­das a dicho momento; su influencia fue declinando lentamente después de 1930. Más duradero es su vasto estudio The American Language, en el que trabajó de 1936 a 1948 y que, aunque fruto de una curiosidad eru­dita más que de un rigor científico, cons­tituye una base preciosa sobre la cual pue­de establecerse un método comparativo para el estudio de la historia lingüística del inglés en América del Norte.

S. Rosati