Henri-René Lenormand

Autor dramá­tico francés. Nació en París el 3 de mayo de 1882, murió en la misma ciudad el 16 de fe­brero de 1951. Hijo del compositor René Lenormand, del cual heredó su afición a la música, fue alumno del liceo Janson. Habiendo obtenido un primer premio de in­glés en el concurso general, pasó luego a la Sorbona, donde pudo familiarizarse con los dramaturgos de la época isabelina. Al mismo tiempo leía Nietzsche, Poe y Dostoievski. Su primera obra fue una colección de poemas en prosa, Les Paysages d’âme (1905) y se inició en el teatro con el dra­ma La Folie blanche, estrenada en el tea­tro del Grand Guignol el 23 de octubre de 1905. Siguió otro drama, Les Possédés, que excluyó más tarde de su teatro completo; apareció en 1918 junto con otras dos pie­zas; Terres chaudes y Los fracasados (v.). Su primera obra notable fue estrenada por la compañía Pitoeff a la cual guardaría fidelidad toda su vida : El tiempo es una ilusión (1919, v.). Poco después estrenó El simún (1920, v.) y La dent rouge (1921).

Estas tres obras, a pesar de ser muy distin­tas entre sí, anunciaban un dramaturgo ori­ginal, muy consciente de sus medios y de­seoso de innovar sin permitirse la menor concesión. Prescindiendo, en efecto, de la división corriente en la comedia, Lenormand la sus­tituyó por una serie de cuadros cortos que resultaban siempre significativos, tanto por su misma brevedad como por la riqueza natural del diálogo. Libre ya de toda retó­rica, pudo explotar las oscuras zonas de la subconsciencia, cuyo estudio había sido des­de un principio el objeto de su teatro. Esta tentativa, cuya importancia es innegable, constituye la nota distintiva de nuestro dra­maturgo. Testimonio de ello son Le Man­geur de rêves (1922), L’Homme et ses fan­tômes (1924), Le Lâche (1925), L’Amour magicien (1926), L’innocente (1926), Mix­ture (1927), Una Vie secrète (1929), Les Trois chambres (1930), Crépuscule du théâ­tre (1934), Asie (1935), La Folle du ciel (1938), La Maison des Remparts (1943). Cabe mencionar la trilogía africana Le Simoun, ya citado, A l’ombre du mal (1924) y Terre de Satan (1943).

Entre todos los dramatur­gos franceses del siglo XX, Lenormand es uno de los de vena más abundante. Le ha sido repro­chado el carácter insólito de su teatro: tanto si insiste en los problemas del subcons­ciente como si se complace en evocar pa­siones morbosas o pinta sin reservas cria­turas caídas para siempre en la ignominia. Ciertamente este autor revela un pesimismo radical. A menudo extrae sus temas del psi­coanálisis. Diríase obsesionado por averi­guar en qué medida el hombre es juguete de fuerzas oscuras, ya provengan de su pro­pio humor, de la herencia o de donde sea: «de qué modo las nociones aparentemente establecidas de la moral se descomponen a veces, como la luz a través del prisma». Fácilmente se comprende la dificultad de semejante empresa. Si Lenormand consigue a me­nudo llevarla a buen término es gracias a su don de animar tales meditaciones. A la vez observador y visionario, se preocupa ante todo de la verdad. Su gran mérito consiste en haber sabido mostrar en forma penetrante la secreta connivencia del hom­bre con las fuerzas que lo destruyen.

No puede negarse que Lenormand supo evocar las som­bras inquietantes que surgen del universo desvelado a medias por el psicoanálisis. Aparte tres series de cuentos exóticos (Les Désirs, 1944; Coeurs anxieux, 1947, y L’Enfant des sables, 1950), Lenormand compuso dos no­velas, Le Jardín sur la glace (1906) y Une filie est une filie (1949), y un texto auto­biográfico, Les Confessions d’un auteur dramatique (1949).