Heinrich von Kleist

Nació el 18 de octu­bre de 1777 en Francfort del Oder y suici­dóse a orillas del Wannsee, cerca de Ber­lín, el 21 de noviembre de 1811. Bisnieto del poeta soldado Ewald Christian von Kleist (v.), a los quince años fue inducido, se­gún la tradición de la familia, a la carrera militar, y en 1797 llegó a teniente; pero transcurrido un bienio abandonó el ejér­cito y una prometedora carrera y trasla­dóse a Berlín, donde se dedicó al estudio de la Filosofía y las Matemáticas. Esta ines­perada resolución y el turbulento noviazgo, pronto roto, con Wilhelmine von Zenge, fueron las primeras manifestaciones de la inquietud y el incurable desequilibrio espi­rituales que habían de llevarle a su doloroso destino.

Decisivo resultóle el conocimiento, en 1801, de la Crítica de la razón pura (v.) de Kant, obra que, al inducir al poeta a la desesperanzadora certidumbre de la inexis­tencia de la verdad absoluta, hízole adoptar una actitud que constituye un precedente del combate de Nietzsche contra la «Vernunft»: la negación de cualquier idealismo trascendente y la indagación sólo en el sen­timiento, entendido cual «metafísico núcleo esencial», o sea como demoníaca libertad caótica de lo inconsciente, de la verdad que la razón no podía darle. Un viaje a Francia, emprendido en 1801 con su hermana Urike, aproximóle a Rousseau. El rápido entusias­mo por la idea del retorno a la naturaleza le ilusionó hasta el punto de llevarle a esta­blecerse en Suiza para dedicarse a la agri­cultura; sin embargo, el demonio tentador le indujo de nuevo muy pronto a viajar por este país, Francia y Alemania, incapaz de un alto en la perpetua búsqueda de una paz inasequible.

En Suiza escribió la tragedia La familia Schroffenstein (v.), publicada anónima en 1802, e inició Roberto Guiscardo, duque de los normandos: (1802-03, v.); no obstante, esta obra, que había provocado la admiración de Wieland, fue destruida por el poeta en 1803, y luego parcialmente reconstituida y entregada a la imprenta en 1808. Tales dramas iniciales revelan ya no sólo el profundo pesimismo del teatro de Kleist, sino también una soledad, un desor­den y una desesperación que rayan en la locura y le inducen, al mismo tiempo, al aborrecimiento de la vida y a un violento afán de gloria. En sus personajes se desen­cadenan las mismas potencias irracionales y los instintos elementales que, en un mundo sometido a la única ley de la fatalidad agitaron y exaltaron su existencia. El en­cuentro con Goethe y Schiller, a fines de 1802, exasperó, más bien que aplacó, su espíritu abandonado a desmesurados impul­sos; únicamente Wieland, que en el desorden de aquella alma intuyó la genialidad del artista y del mayor de los poetas dramáticos del idealismo alemán después de Schiller, consiguió atraerle y orientarle.

Un intento de ingreso en la administración nacional de Königsberg como empleado y en la facultad de Derecho de la Universidad local en cali­dad de estudiante, fracasó en 1806: Kleist lo abandonó todo bruscamente y marchó pri­mero a Dresde, donde junto a Adam Müller publicó la revista Phöbus (en la que apare­ció un fragmento del Roberto Guiscardo), y luego a Berlín, para dirigir con el mismo amigo el periódico político Berliner Abend­blätter. Por aquel entonces aparecieron dos comedias: Amphitryon (v. Anfitrión), en 1807, en la que Goethe advirtió la- célebre «confusión del sentimiento», y El jarrón roto (v.), en el año 1811 (iniciada, empero, en 1802, terminada en 1806 y presentada a esce­na en Weimar por Goethe en 1808, sin éxito). La expresión más desconcertante del con­flicto entre la ley social y el carácter demoníaco de los instintos desencadenados en orgiásticos frenesíes y sadismos anhelantes de una poesía total, se halla en el drama, duramente atacado por Goethe, Pentesilea (1806-07, publicado en 1808, v.), al que siguió inmediatamente después Catalina de Heilbronn (1810, pero escrito en 1807-08, v.), como si de una contraposición al primero se tratara: Catalina es asimismo, en efecto, una heroína del amor, como Pentesilea, pero en ella tal sentimiento equivale a una en­trega absoluta.

A estos años pertenecen tam­bién algunas de las narraciones más vigo­rosas de nuestro autor, compuestas en una prosa dramáticamente funcional y casi for­rada con la claridad de un relieve en bronce, y aparecidas en 1810-11; figura entre ellas Miguel Kohlhaas (v.), el héroe de uno de los más típicos y trágicos episodios humanos creados por Kleist. Póstumos, en 1821, fueron publicados los dramas La batalla de Her­mann (v. Hermann), escrito en 1809, y El príncipe de Homburg (1809-10, v.), en el que el dramaturgo, inducido por Müller a un romántico nacionalismo, participa con una ardiente pasión en las luchas por la libertad de la patria y supera de esta suerte, en apariencia, el trágico tono demoníaco de Pentesilea. La primera de estas dos obras dramáticas es un exaltado grito antinapo­leónico y una furiosa incitación a la guerra santa por la libertad, así como una expre­sión del afán de una acción grande y he­roica.

El príncipe de Homburg, en cambio, pretende, mediante la reanudación del tema idealista del conflicto entre necesidad y libertad, pasión y razón, instintos y leyes sociales, llegar a una conciliación e incluso a la sumisión de aquéllos a éstas; se trata de una tendencia al dominio de sí mismo y a un equilibrio superior que, en realidad, no pueden dejar de aparecer inconciliables con el exaltado espíritu del poeta. El suicidio, en efecto, junto a la amiga Henriette Vogel y con matices de verdadero sacrificio or­giástico — la única evasión de que Pente­silea fuera también capaz—, incorpora de­finitivamente a Kleist en el titanismo rebelde.

S. Lupi