Escritor francés. Nació en el castillo de Miromesnil, cerca de Tourville-sur-Arques (Sena Marítimo) el 5 de agosto de 1850; murió en París el 6 de julio de 1893. Descendiente por su padre de una antigua familia lorenesa, ennoblecida por María Teresa de Austria y establecida en Normandía en el siglo XVIII, Maupassant era también por su madre, Laure Le Poittevin, un normando de pura cepa. Cuando sus padres decidieron separarse amistosamente, el niño Guy, junto con su hermano menor Hervé, fue confiado a su madre y ésta cuidó con gran celo de su primera educación. Había sido compañera de juegos de Flaubert y era hermana de Albert Le Poittevin, joven poeta muerto prematuramente, quien le contagió su pasión por las letras, que a su vez ella transmitió a su hijo, del cual favoreció, lo mejor que supo, la vocación literaria.
En su finca de Verguies, en Étretat, donde ella se retiró y Maupassant pasó su infancia, la madre dirigió minuciosamente sus primeras lecturas; entre otros grandes autores le reveló particularmente a Shakespeare. Por lo demás le dejó en completa libertad y los primeros años de nuestro autor, dotado de un notable vigor físico, fueron sin duda los más felices y quizá los únicos realmente dichosos de su vida: sin ataduras, solo o en compañía de una madre indulgente para sus caprichos, corría por el campo, daba largos paseos por la escarpada costa o por el mar, en las barcas de los pescadores. Fue en esa época cuando conoció de manera directa y profunda el país y el pueblo normandos que luego figurarían en muchos de sus cuentos. Al cumplir su hijo trece años, la señora de Maupassant resignóse a internarlo en el pensionado de Yvetot. Allí Guy trabajó bien poco; sentíase aislado, lastimado por la grosería de algunos compañeros; encontraba insoportable el ambiente del colegio y más aún las maneras eclesiásticas, que le hicieron la religión antipática, sentimiento que guardaría toda la vida. Su único consuelo era escribir versos.
Algunos de éstos, en los que se ridiculizaba a los profesores, llegaron un día a manos del director del pensionado y el joven, despedido, pasó, también como pensionista, al liceo de Ruán, donde hizo el bachillerato con bastante lucimiento. Al estallar la guerra de 1870, nuestro autor contaba veinte años: se alistó en el ejército y fue testigo de la invasión de Normandía, episodio que luego describió en unas páginas hoy célebres de su cuento Bola de sebo (1880, v.). Después del armisticio, impaciente por vivir en París, aceptó un empleo en el Ministerio de la Marina, con un sueldo modesto que mejoró al ser trasladado Maupassant, en 1878, al Ministerio de Instrucción Pública. Por lo demás Maupassant distaba mucho de ser un funcionario ejemplar y en realidad conoció la vida oficinesca más como espectador que como actor; en L’Héritage y La Parure quedaron las impresiones de este período. Vigoroso, rebosando salud, muy alegre, bromista, sin que nada revelara en él la dolencia nerviosa a la que debía sucumbir prematuramente, gustó con avidez los placeres de la capital; su afición dominante era el remo; recorría el Sena en compañía de alegres camaradas y señoritas fáciles. Aquellas excursiones semanales eran para él insustituibles: su atmósfera está magistralmente reflejada en Mouche.
Con todo, también trabajaba. Y no precisamente en su oficina del ministerio, sino junto a Flaubert, a quien su madre le había confiado; el gran escritor le asistía con su consejo durante sus años de aprendizaje (1873-78). Le orienta en sus lecturas, le exhorta a sacrificarlo todo a la causa del arte, lee y corrige sus primeros manuscritos, lo toma incluso por colaborador, ya que le encargó ciertas búsquedas con referencia a la redacción de Bouvard et Pécuchet (v.). Flaubert impuso a Maupassant las severas y minuciosas normas de la estética realista; le enseñó a contemplar el mundo, a ejercitarse en la descripción precisa, a buscar pacientemente la exactitud del detalle vivido. Fue también el maestro quien introdujo a Maupassant en la sociedad literaria de la época, quien le presentó a Daudet, Huysmans, Zola, Turguenev, y le acompañó a casa de la princesa Mathilde. Gracias a esta protección y a esas amistades, Maupassant comenzó a colaborar en diversos periódicos; tal actividad fue poco importante en su obra, pero le proporcionó una rica experiencia de la vida en las redacciones parisienses, que luego emplearía en Bel-Ami (1885, v.).
En esta época nuestro autor creía en su vocación de poeta, en la que se veía alentado por Flaubert, y los numerosos versos que compuso le dieron materia para su primer libro, Versos (1880, v.), que ostenta una calurosa dedicatoria al autor de Madame Bovary (v.). Al mismo tiempo Maupassant intentaba el teatro; algunas de sus piezas fueron representadas privadamente en su finca de Étretat y en salones parisienses amigos. Su orientación hacia la narrativa data de 1875: primero trabajó en una novela histórica, que fue abandonada; luego, durante el verano de 1879, en una reunión en casa de Zola, quedó decidida la publicación de la famosa colección de cuentos Las veladas de Médan (1880, v.), a la que Maupassant aportó su narración Bola de sebo. El gran éxito de esta obra le impulsó a presentar la dimisión de su empleo en el ministerio y, a partir de aquel momento, y hasta que la enfermedad le impidió toda actividad, sólo vivió para sus libros. Muy pronto convertido en escritor de nota, viose solicitado por los salones, a los que, no obstante, se resistió obstinadamente, ya que sentía por naturaleza una profunda aversión hacia la vida mundana, sentimiento que le inspiró su novela Nuestro corazón (1890, v.).
Las pasiones nunca le distrajeron de su trabajo literario: Maupassant fue hombre de relaciones fugaces, numerosas, pero jamás estuvo realmente enamorado de una mujer. Era el «.verdadero hombre de letras» (E. de Goncourt), pero en el mejor sentido de la palabra, en su total exigencia. Rehuyó la popularidad fácil, ocultó su vida, llegó a prohibir la publicación de retratos suyos, se indignaba al ver entregada a la curiosidad pública la correspondencia privada de los grandes escritores y sostenía que un artista digno de tal nombre sólo debe contar con su obra para imponerse. Guardó una intransigente fidelidad a la ética literaria de su maestro Flaubert, que murió en 1880, en el momento en que el discípulo empezaba efectivamente su carrera. Ésta fue de una fecundidad prodigiosa. En diez años, de 1880 a 1890, Maupassant publicó regularmente tres, y a veces cuatro y cinco volúmenes cada año, con un total de seis novelas, dieciséis colecciones de cuentos, tres libros de viajes y numerosos artículos en diarios y revistas. Ante el éxito obtenido por Boule de Suif, abandonó inmediatamente sus proyectos de poemas y de teatro y aprovechando los recuerdos de su infancia normanda y sus experiencias parisienses, o utilizando otras veces con una exactitud feroz sucesos que le habían contado sus amigos de Étretat, de Yvetot o de Fécamp, escribió los ocho cuentos que aparecieron en 1881 en el volumen titulado La casa Tellier (v.).
El éxito fue inmenso y, al año siguiente, Maupassant escribió La señorita Fifí (1882, v.), cuento inspirado, como Bola de sebo, en la guerra de 1870. Son de inspiración normanda, que es la que dominó en Maupassant hasta 1885, Una vida (1883, v.), Los cuentos de la Chocha (1883, v.), Clair de lune (1884), Las hermanas Rondoli (1884, v.), El caso de la señora Luneau (1884, v.), El animal de maese Belhome (1886, v); pero, entre su abundante producción de estos años de madurez y plena salud, cabe citar, además: El lobo (1884, v.), Mi tío Julio (1884, v.), Pierre y Jean (1884, v.), Miss Harriett (1884, v.) Cuentos del día y de la noche (1885, v.), Yvette (1885, v.), Tonio (1885, v.), Bel-Ami (1886), El señor Parent (1886, v.), La Petite Roque (1886), La mano izquierda (1886, v.). Maupassant era célebre. Tenía fe en su ideal literario y siempre pensó que era de justicia que su obra le proporcionara una vida cómoda y aun la riqueza. Vigilaba de cerca sus derechos de autor, los beneficios de sus traducciones, las cifras de los tirajes de sus reediciones y muy pronto fue una de las primeras fortunas literarias de la época. Siempre atraído por su tierra natal, se hizo construir en Étretat una bonita casa de campo e iba frecuentemente a Normandía, ya sea para trabajar en un aislamiento salvaje, ya para cazar (era ésta una de sus pasiones, cuyos ecos hallamos en Les Contes de la Bécasse), o bien para navegar a bordo del yate que había adquirido.
Impelido por una misteriosa necesidad de evasión que aumentó con los años y en la cual puede verse uno de los primeros síntomas de su enfermedad mental, hacía también de vez en cuando viajes más largos: a Córcega (1880), a Argelia (1881), a Bretaña (1882), a Italia y Sicilia (1885), a Inglaterra (1886), a Túnez (1888-89), de donde trajo apasionantes impresiones recogidas en los volúmenes Au soleil (1884), Sobre el agua (1888, v.) y La vida errante (1890, v.). Recordemos por fin que el cuadro de su novela Mont-Oriol (1887, v.) se lo facilitó un veraneo en Auvernia, en 1885. Los primeros trastornos nerviosos de Maupassant, que no se manifestaron hasta 1885, causaron una viva sorpresa entre los amigos de juventud del escritor que recordaban al muchacho sano y robusto, amigo del aire libre y del remo. Con todo, incluso en la época en que su salud parecía perfecta Maupassant pasaba temporadas de gran inquietud y vivía frecuentes crisis de desaliento que en más de una ocasión confiara a Flaubert. No hay duda que el suyo era un caso de funesta herencia: su hermano Hervé murió loco a los treinta y tres años.
Por otra parte su organismo estaba extremadamente fatigado: por su trabajo incesante de escritor, por sus excesos de todas clases, llevado por una sensualidad de despiadada avidez, que se manifestó más en su vida que en su obra; castigado en fin por las drogas, éter, morfina, haschich, que tomaba desde hacía años en la esperanza de calmar sus terribles neuralgias. La aparición de trastornos propiamente físicos fue precedida por una inquietud y una melancolía crecientes, ya que se advierten claramente en’ Fuerte como la muerte (1889, v.), por una necesidad casi maníaca de soledad, por una obsesión cada vez más viva de la enfermedad y de la muerte. Pronto fue atacada la personalidad misma: Maupassant comenzó a ser víctima de alucinaciones, de desdoblamientos; creía tener a su lado seres misteriosos y amenazadores. Pero lograba con todo dominar su angustia y podía describir esos fenómenos morbosos con su serenidad de observador realista, por ejemplo en Lui? (uno de los cuentos de Les soeurs Rondoli), en Qui sait?, una de las narraciones de L’Inutile beauté (1890) y de una manera más completa y más penetrante en El Horla (1887, v.). Hacia 1889 sus amigos advirtieron un cambio evidente en su aspecto físico: el rostro se tornaba descarnado, la mirada fija. Su conversación era a veces incoherente.
Leía sin tregua obras de medicina, hablaba gravemente a sus amigos de la amenaza de los microbios, tomaba toda clase de remedios, apenas dormía, creía recibir por la noche visitas de su doble, etc. Su carácter se tornaba irritable; en su manía persecutoria, acusaba tan pronto a sus editores como a los periódicos, o al propietario del piso que habitaba, al que hacía responsable de sus insomnios, y más a menudo aún a sus médicos. Éstos le ocultaban la gravedad de su estado y lo mandaban a hacer curas en los Alpes o en la Costa Azul. Tras haber acariciado ciertas esperanzas de curación, Maupassant, hacia fines de 1891, se dio cuenta de que caminaba inexorablemente hacia la locura. El 1.° de enero de 1892, después de visitar a su madre que residía en Niza desde hacía algunos años, intentó abrirse la garganta con un cortaplumas de metal, pero sólo se hizo una ligera herida. Sus amigos le llevaron otra vez a París. Fue internado en una clínica donde moriría al cabo de dieciocho meses de inconsciencia casi total, con crisis periódicas de violencia que a veces obligaban a los enfermeros a ponerle la camisa de fuerza. Maestro francés indiscutible del cuento (escribió más de doscientos sesenta), al mantenerse fiel al ideal de adhesión rigurosa a la realidad, no se vio embarazado, como Zola, por aspiraciones sociales y humanitarias.
No existe en Maupassant ninguna filosofía, a no ser una aceptación dolorosa de la monótona mediocridad humana, que pagó con la razón y la vida. Jamás intenta engañarse a sí mismo. El suyo es un mundo negro, o más bien gris, animado sólo por las potencias físicas y materiales. Esta lucidez, tanto como su genio de estilista, explica la inmensa influencia que ejerció su producción, mayor tal vez fuera de Francia, y le convierte en el más cabal representante de la escuela realista y, sin duda, también el más duradero.
M. Mourre

