Marcabrú

Dos antiguas biografías provenzales nos facilitan datos no comproba­bles y contradictorios de este autor. Lo úni­co seguro es su origen humilde. Dícese que, recién nacido, fue abandonado junto a la puerta de un rico gentilhombre. Las inves­tigaciones de la crítica llevadas a cabo a través de los indicios que contienen sus poesías permiten suponer que salió de la oscuridad en torno a 1130, época en la cual debió de estar al servicio de Guillermo VIII de Poitiers, en guerra contra los angevinos; un serventesio del poeta contiene, en efecto, una alusión a esta contienda. Varios pasa­jes referentes al mencionado señor que figuran en otras composiciones permiten creer que le sirvió durante largo tiempo, quizá en calidad de juglar o soldado. Pasó luego al servicio de Alfonso VII de Castilla; a este período pertenece su canto de cruzada más famoso. Intercambió tensones con otros trovadores. Una canción enviada a ultramar (Tierra Santa), a Jaufré Rudel, nos ofrece la última fecha segura (1148) de su vida.

Marcabrú fue, indudablemente, una gran persona­lidad poética, e inició un estilo peculiar: el «trobar clus» (v. Poesías). Empleó sus serventesios en una campaña moralizadora y literaria, y de una manera animada y vio­lenta, a veces trivial, pero siempre muy eficaz, predicó contra los vicios y la decadencia de las costumbres. Aun cuando no presente un pensamiento original, sabe crear imágenes vigorosas capaces de dar vida a los fantasmas alegóricos. Por ello resulta con frecuencia oscuro, difícil, consciente­mente sutil y ambiguo en la búsqueda de efectos sonoros a través de rimas extrañas, vocablos insólitos o neologismos de su in­vención. En ello reside la aristocracia de Marcabrú, hombre de origen plebeyo, posiblemente clérigo frustrado que se hizo juglar, pero asimismo fue poeta de notable ingenio y buen conocedor de su arte.

C. Cremonesi