Gottfried Wilhelm von Leibniz

Nació en Leipzig el 3 de julio de 1646 y murió en Hannover el 14 de noviembre de 1716. Hijo de Federico Leibniz, profesor de Moral en la Universidad de Leipzig, y sobrino por línea materna de otro profesor, creció en un am­biente muy culto, y reveló precoces aptitu­des y un notable amor al estudio, con lo que puso a veces en grave aprieto, debido a la agudeza de sus preguntas, a sus maes­tros. Huérfano todavía muy joven hubo de estudiar entonces, prácticamente, sin direc­ción; lo hizo, pues, solo, y aun cuando falto de método, con una amplitud y un afán de saber muy grandes, lo cual fue preparando al futuro pensador enciclopédico. Sin em­bargo, hacia los dieciséis años quedaron ya netamente marcadas sus principales aficio­nes: las matemáticas y la filosofía. Oficial­mente, empero, estudió leyes, y, en reali­dad, conservó a lo largo de toda su vida cierto interés por las cuestiones jurídicas, siquiera en este campo no dejara huella alguna en absoluto comparable a la que imprimió en la historia de la filosofía y las matemáticas.

Entre los dieciocho y los veintiún años obtuvo los primeros grados aca­démicos y escribió sus obras iniciales: llegó a «magister philosophiae» (Leipzig, 1663) con la disertación De principio individui; al año siguiente publicó la Conciliatio philosophiae platonicae et aristotelicae, en la que se halla ya en germen la parte fundamental de su pensamiento filosófico; en 1666 consiguió en la Universidad de Altdorf el doctorado en jurisprudencia con la discusión De casis perplexis in jure; y este mismo año dio a la prensa en Leipzig la primera obra ya «leibniziana», el tratado De arte combinatoria, repudiado luego por él mismo, no a causa de las ideas centrales y los conceptos inspiradores, sino debido a la juvenil inexper­iencia matemática que revelaba. Sin em­bargo, y a pesar de todo este fervor, el joven Leibniz no pensaba dedicarse a la ense­ñanza; sus aspiraciones tendían a una exis­tencia más movida y «práctica». Y así marchó a Nuremberg como secretario de la sociedad de los Rosa-cruz; allí trabó amis­tad con el barón de Boineburg, ministro del elector de Maguncia, y con su ayuda in­gresó en la carrera político-diplomática, precisamente en calidad de consejero de la cancillería de este príncipe.

A partir de este momento aparece neta la actuación de Leibniz: hasta su muerte habría de ser cortesano, diplomático, consejero áulico e historiador de la corte. En Maguncia conoció una situa­ción singular: protestante irreductible, trabajaba, en cambio, al servicio de un prelado católico; su mismo protector Boineburg se había convertido en 1669 al catolicismo. Ello dio lugar al ideal perseguido por Leibniz en el curso de toda su existencia, y por él tam­bién empeñado en muchas gestiones diplo­máticas, en una abundante correspondencia, en frecuentes contactos con el ambiente ca­tólico, sobre todo francés (con Bossuet sin­gularmente), y, asimismo, en numerosas polémicas: el de una reunificación de las iglesias cristianas en el clima de un catoli­cismo renovador más ampliamente liberal y tolerante en las divergencias’ teológicas en su propio seno; este cristianismo unificado había de ser, de acuerdo con las intenciones de Leibniz, el medio para obtener la paz en el mundo cristiano y librar a su amada Ale­mania de la servidumbre respecto a los so­beranos extranjeros, situación precisamente provocada y mantenida por las divergencias religiosas internas.

A este sueño pacifista y patriótico se halla vinculada la primera ac­ción diplomática (y también el primer fra­caso) de Leibniz: en el afán de anular la pesadilla de las presiones imperialistas de Luis XIV sobre Europa ideó una empresa que Fran­cia, ayudada por todo el mundo cristiano, debía llevar a cabo en Egipto: la conquista de este país, lo cual proporcionaría al mo­narca francés, quien, en compensación, ha­bría de dejar en paz el continente europeo, gloria religiosa y militar, expansión terri­torial y la ocasión de suplantar a los ho­landeses en el dominio comercial del mar Rojo y de la India. Aprobado el proyecto por Boineburg y el elector, Leibniz marchó a París y lo presentó al Rey Sol, quien se le rió del plan. Ello, empero, constituyó un episodio decisivo para el célebre matemá­tico y filósofo: en la capital francesa entró en contacto con el ilustre ambiente filosó­fico y científico, estableció vínculos de amis­tad con el famoso Huygens, leyó los textos de matemáticas inéditos de Pascal, y preparó las bases de su mayor descubrimiento en este campo: el del cálculo infinitesimal.

Posteriormente pasó a Londres (1673), fue presentado por su compatriota y amigo Oldenburg a la Royal Society, de la que éste era secretario, ofreció a la consideración de tal entidad un proyecto de máquina calcu­ladora (en esencia un perfeccionamiento de la de Pascal) y recibió el nombramiento de socio de tan célebre organismo académico. En realidad, empero, los medios científicos ingleses nunca sintieron grandes simpatías respecto de Leibniz; sin embargo, éste pudo rela­cionarse, primero de una manera personal y más tarde a través de Oldenburg, mediante el contacto epistolar, con los grandes mate­máticos de Inglaterra (entre ellos Newton), y llegar así con éstos a un intercambio de ideas que pronto le resultaría fecundo. Mien­tras tanto (1672) había muerto Boineburg, y el año siguiente falleció el elector de Maguncia. Falto de empleo, Leibniz volvió a Alemania pasando por Holanda (aquí cono­ció personalmente a Spinoza) y Francia, donde (1675) tuvo la primera intuición del cálculo infinitesimal, que desarrollaría luego en el Nuevo método para los máximos y mí­nimos (v.) publicado en 1684 en los Acta eruditorum de Leipzig. En 1676, ingresado como consejero de corte y bibliotecario al servicio del duque Juan Federico de Brunswick-Luneburgo, se estableció en Hannover, donde habría de permanecer (salvo en el curso de algunos intervalos) hasta su muerte.

En 1679 sucedió a Juan Federico su hermano Ernesto Augusto, cuya esposa Sofía del Palatinado, mujer de inteligencia y cultura excepcionales, sintió respecto de Leibniz mucha simpatía y admiración; precisa­mente estos años fueron los del apogeo del sabio y los de mayor intensidad en su labor política y diplomática. De 1687 a 1690, y a fin de reunir documentos referentes a la historia de los güelfos de Brunswick, efec­tuó un prolongado viaje por Austria e Italia, donde relacionóse también con muchos eru­ditos, entre ellos Magliobechi. Por aquel entonces, además, escribió y publicó en parte sus primeras grandes obras: de 1686 es la redacción del Discurso de metafísica (v.), y de 1695 la del Nuevo sistema de la naturaleza (v.), en la que por vez primera presentaba la notable tesis de la armonía preestablecida; algunos años después empe­zó las notas de los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (v.). Mientras tanto compuso y dio a la prensa también varios textos de matemáticas, física (Specimen dynamicum, 1695) e historia (Codex Juris Gentium Diplomaticus, 1693).

Paralelamente, estallada en Inglaterra la «gloriosa revolu­ción», Leibniz inició una densa labor de intriga diplomática destinada a llevar la casa de Brunswick-Luneburgo (desde 1692 linaje electoral de Hannover) al trono inglés; mientras tanto, los Hohenzollern, con quie­nes mantenía asimismo el sabio estrechas relaciones, recibían la corona real de Prusia. Como sus protectores, también Leibniz iba mejorando su situación: en 1690 era nom­brado consejero áulico y bibliotecario de Wolfenbüttel, en 1699 miembro de la Aca­demia de Ciencias de París, en 1700 presi­dente perpetuo de la Academia de Berlín, creada según sus consejos, y, finalmente, en 1711, consejero palatino y barón del Sa­cro Imperio Romano. Aquellos mismos años escribió sus últimas grandes obras: en 1710 los Ensayos de teodicea (v.), y en 1714 la Monadología (v.) y los Principios de la na­turaleza y de la gracia (v.). Sin embargo, también entonces empezó para Leibniz una rápida y amarga decadencia.

Jorge Ludovico de Hannover, el hijo de Sofía, no mostró res­pecto al filósofo simpatía alguna; y, así, cuando llegó al trono de Inglaterra le pro­hibió explícitamente acompañarle a Londres. Newton y los ingleses desataron contra él, en parte por la imprudencia y el orgullo muy alemán de nuestro autor, una ruidosa polémica, prolongada incluso más allá de su muerte, y, no contentos con negarle la gloria de la invención del cálculo infinite­simal, llegaron a acusarle de plagiario del gran físico británico. Hasta en la misma Prusia habría de verse olvidado una vez muerta la reina Sofía Carlota, discípula y protectora suya. Y así, en 1716, Leibniz acabó sus días solo y aislado, con el consuelo de la fiel amistad de unos pocos entre los muchos que en los años de triunfo le cortejaran o se valieran de sus servicios.

G. Preti