Giuseppe Verdi

Nació el 10 de octubre de 1813 en Le Roncole, barrio de Busseto (Parma), y murió el 27 de enero de 1901 en Milán. Fue hijo de una familia pobre, y muy pronto demostró una precoz afición a la música. Protegido por un comerciante local, em­prendió los estudios musicales, que poste­riormente perfeccionó en Milán. A los veinte años dirigió la interpretación de La Creación (v.), de Haydn, en un círculo aristocrático de esta última ciudad. Fallecido su pro­tector, volvió a Busseto, donde se puso al frente de la banda municipal. No pudo, en cambio, obtener el cargo de organista. Mien­tras tanto, dedicábase a la composición de un libreto de ópera que llevara consigo de Milán: Oberto, conte di San Bonifacio (v.), de Temistocle Solera. En 1836 contrajo ma­trimonio con Margarita Barezzi, hija de su protector.

Tras el modesto éxito de la men­cionada obra, estrenada en 1839 en el Scala de Milán, consiguió un contrato para la composición de dos óperas cómicas y una seria. Fracasada una de las primeras, com­puesta en el curso de varios contratiempos familiares, Verdi pasó por una crisis de des­aliento. Levantóle de ella el empresario Merelli, quien le ofreció otro libreto de Solera, Nabucco (v.). La ópera correspondiente al­canzó en la Scala un notable triunfo (1842). La energía de los ritmos, la concisión y la concepción viril y trágica dieron a entender la aparición del músico nuevo que anunciara Mazzini en Filosofía de la música, destinado a llevar el melodrama italiano más allá de la alegría de Rossini y del romanticismo erótico de Donizetti y Bellini. El éxito de Nabucco viose pronto confirmado por el de I lombardi alla prima crociata (v.), cuyo libreto inspiró Solera en un poema de Grossi.

El compositor, empero, no podía seguir repitiendo indefinidamente ese tipo de ópera colectiva, que ocultaba el dra­ma individual de los personajes tras un grandioso encuentro de pueblos; por otra parte, estas obras, procedentes de Moisés (v.), de Rossini, presentaban notables difi­cultades de realización. El nuevo género individualista alcanzó una apasionada inten­sidad en Emani (Venecia, 1844, v.), inspi­rada en el drama de Victor Hugo. Menores méritos artísticos presentan las composicio­nes siguientes: 1 due Foscari (Roma, 1844, v.), Giovanna d’Arco (Milán, 1845, v.), Alzira (Nápoles, 1854, v.) y Attila (Venecia, 1846, v.). Mejores resultados consiguió Verdi en su primera aproximación a Shakespeare, Macbeth (v.), ópera escrita en 1847 para Florencia y una de las más importantes del autor. Il corsaro (Triestre, 1848, v.), com­puesta con mala voluntad, ocupa el lugar más bajo de la trayectoria artística ver­diana.

La batalla de Legnano (v.), destinada a la Roma republicana (1849), manifiesta ya un arte más concienzudo, unido al entu­siasmo patriótico. Posteriormente, con el fracaso momentáneo de las ilusiones nacio­nales se cierra el ciclo juvenil de la pro­ducción de Verdi, quien, mientras tanto, había logrado adueñarse de la escena italiana. En 1848 adquirió la villa Santa Agata, donde establecióse con la cantante Giuseppina Strepponi, primera intérprete de Nabucco; esta mujer ejerció una benéfica influencia en el tosco temperamento del músico. En 1859 ambos contrajeron un matrimonio que no tuvo descendencia. Tal modificación de las circunstancias públicas y particulares que rodea daban al autor debe ser tenida en cuenta para la comprensión de la nueva fase de su arte, en el curso de la cual aparecieron, entre otras óperas, Luisa Miller (v. Nápoles, 1849), Amor e intriga, Rigoletto (v. Vene­cia, 1851), El rey se divierte), Il trovato­re (Roma, 1853, v.) y La traviata (v. Vene­cia., 1853, La dama de las camelias).

En estas tres últimas producciones el género llega a una gran perfección. Después de ellas la obra de Verdi experimenta un declive, que, sin embargo, no lo es, en realidad, del arte del compositor, por cuanto obedece a causas circunstanciales. A esta otra etapa corresponden I vespri siciliani (París, 1855, v.), Simon Boccanegra (Venecia, 1857, v.), Un ballo in maschera (Roma, 1859, v.), La forza del destino (v. San Petersburgo, 1862, Don Álvaro) y Don Carlos (Paris, 1867, v.). Se trata de una fase muy interesante, en la cual se dan motivos de carácter europeo y una morbidez psicológica casi decadente. Como es natural, una vez unida” y libre Ita­lia, Verdi ocupó en ella un lugar glorioso, y participó en la política. Liberal de derecha en este aspecto, viose inducido en arte, por el contrario, a una posición conservadora, debida a la misma grandeza de su fama; y, así, no comprendió las inquietudes de ciertos artistas jóvenes, quienes procuraban introducir en la vida musical italiana las novedades procedentes de la instrumenta­ción romántica alemana.

Ello influyó de una manera prolongada y nada benéfica en la música de Italia. En realidad, empero, la evolución artística de los últimos años de Verdi en el campo de la práctica resultó más sana que la de sus opiniones teóricas. Por aquel entonces sólo en ocasiones excepcio­nales compuso para el teatro. Así ocurrió con Aida (1871, v.), ópera que le encargó el Gobierno egipcio y pareció sancionar la primacía del autor en tal género. La muerte de Manzoni, a quien apreciaba intensamen­te, llevóle, con la Misa de Requiem (1874, v.), a una producción musical completa­mente distinta. La amistad del hábil libre­tista Arrigo Boito y, en parte, la desapari­ción de Wagner (1883), fueron causa del retorno de Verdi al teatro ya en plena ancia­nidad; surgieron, así, Otello (Milán, 1887, v.) y Falstaff (v. Milán, 1893, Las alegres comadres de Windsor).

Con ello, práctica­mente, cerróse un ciclo de cincuenta años, que, iniciado sobre la base de Rossini, ter­minó en el clima europeo determinado por Wagner y Brahms, Los últimos años de la vejez del compositor viéronse amargados por la tristeza de la soledad que siguió a la pérdida de los amigos y de la esposa, falle­cida en 1897. La muerte sorprendióle en Milán, donde solía pasar el invierno. Los funerales del músico dieron lugar a una imponente manifestación de duelo nacional.

M. Mila