Giuseppe Gorani

Nació en Milán en 1740, murió en Ginebra el 13 de diciembre de 1819. Su vida aventurera y repleta de peripecias — desde su juvenil participación en la gue­rra de los Siete Años hasta sus prisiones en Prusia, desde los viajes ricos en experien­cias nuevas por Portugal, España, Ingla­terra, Alemania y Holanda hasta su actitud favorable a la Revolución francesa, y en fin, hasta el rápido cambio que le hizo pasar al campo de los adversarios de la mis­ma Revolución para terminar, en un pro­fundo aislamiento moral y espiritual, en Suiza — se impuso hasta tal punto sobre sus contemporáneos e incluso sobre muchos historiadores, que hicieron que quedara en olvido la fundamental seriedad de su espí­ritu y que se le confundiera con uno de tan­tos aventureros de que tan pródigo fue el siglo XVIII.

La verdad es que ardió siem­pre en G. el deseo de vivir nuevas expe­riencias políticas, a pesar de lo cual se ad­vierte en él una unidad de intenciones. En efecto, bien cuando aceptaba el reformismo de los soberanos, bien cuando lo criticaba duramente (en las Mémoires secrets et cri­tiques des Cours, des Gouvemements et des Moeurs des principaux États d’ltalie, Pa­rís, 1793), bien, asimismo, cuando aprobaba la Revolución como cuando la condenaba, una sola era la doctrina que seguía: la doc­trina fisiocrática, de la que se había hecho activo e inteligente partidario. Había reci­bido de sus amigos fisiócratas franceses, es­pecialmente, el apasionado sentido de la li­bertad individual, de la propiedad personal, como garantía de tal libertad, el explícito reconocimiento de las leyes naturales ante­riores a las leyes escritas, etc.

Cuando ad­vino la Revolución, llevó G. a sus últimas consecuencias aquella doctrina, asumiendo una posición decididamente hostil al «des­potismo sacerdotal, aristocrático y ministe­rial de los gobernantes». Adhirióse a la Re­volución porque le pareció que sus primeros pasos afirmaban aquellos ideales, y se alejó de ella cuando la misma Revolución derivó hacia igualitarismos que se encontraban insertos naturalmente en sus premisas. En­tonces, ante tales consecuencias, se encerró en una estéril negación, que lo puso frente a todo el mundo, a él que estaba inclinado a gozar y sentir los variados aspectos de la vida. Sus Memorias para servir a la histo­ria de mi vida (v.), nos proporcionan un cuadro vigoroso y animado de la sociedad europea del siglo XVIII.

F. Catalano