Giovanni Pierluigi da Palestrina

Nació en Palestrina (Roma) en 1525 o comienzos de 1526, hijo de Sante y Palma Veccia, y murió en Roma el 2 de febrero de 1594, «a la edad de sesenta y ocho años». Esta indicación, contenida en la necrología del monje Melchior Major, y otras, que discrepan poco de ésta, son las únicas fuentes que valen para establecer, aunque sea de un modo aproxi­mado, la fecha de nacimiento del composi­tor, puesto que los archivos de su localidad fueron pasto de un incendio en 1557. Una precisión posterior es aportada por mons. Raffaele Casimiri, al fijar la fecha de naci­miento, presumiblemente, en el 27 de di­ciembre de 1525, «fiesta del santo cuyo nombre le fue impuesto». El apellido (patronímico) lo tomó de su abuelo paterno Pierluisci o Pierluisco (Petrus – Aloysius), llamándose en fin él mismo, por su lugar de nacimiento, Giovanni Pierluigi da Pa­lestrina (Joannes Petrus-Aloysius Praenestinus) y apareciendo en los documentos de la época en varias formas, más o menos co­rrompidas, de tal denominación.

Poco se sabe de su niñez; es probable que las pri­meras nociones musicales las hubiera reci­bido en la «Schola cantorum» de la cate­dral de San Agapito de su ciudad natal, en la que la parte musical de los servicios litúrgicos fue, al parecer, muy cuidada con la probable ejecución de obras de los mejo­res polifonistas de la época. Llevado a Roma para proseguir seriamente los estudios, por recomendación del obispo de Palestrina, car­denal Andrea della Valle, nombrado en 1534 arcipreste de Santa María la Mayor, fue acogido como niño cantor de aquella basí­lica; como tal figuraba en 1537; pero debía haber entrado con anterioridad en la basí­lica Liberiana, puesto que el límite de edad para la admisión de niños en aquella «Scho­la» oscilaba entre los siete y los diez años. Allí recibió las enseñanzas de los maestros que se sucedieron en la dirección de la ca­pilla durante aquel período: Robin Mallapert, que renunció al cargo en 1539, Robert de Févin y Firmin Le Bel, nombrado maes­tro del coro en 1540.

Salvo una breve inte­rrupción, permaneció en la Liberiana hasta el otoño de 1544. Con fecha 28 de octubre de este año fue nombrado organista y cantor de la catedral de San Agapito, siendo nuevo obispo de la diócesis el cardenal G. Del Monte, quien lo tuvo en gran consideración, hasta el punto de que cuando fue elevado al solio pontificio con el nombre de Julio III, en septiembre de 1550, le otorgó el título de maestro de capilla de San Pedro, suce­diendo a su primer maestro Mallapert. En señal de reconocimiento, Palestrina dedicó al papa su primer libro de Misas (v.), publicado en 1554, así como, al mismo tiempo, el primero de Madrigales (v.): «Con dulce, altivo y amoroso gesto». Sensible al homenaje, quiso el papa premiar al compositor admitiéndolo sin examen, en enero de 1555, en el coro pontificio de la Capilla Sixtina, lo que pro­vocó el resentimiento de los otros cantores, en gran parte también porque al parecer Palestrina estaba dotado de poca voz.

Mientras tanto se había casado en 1547 con Lucrezia Gori, de la que tuvo tres hijos: Rodolfo, Angelo e Iginio. A la muerte de su protector Ju­lio III, y tras el pontificado de tres semanas de Marcelo II, el nuevo pontífice Paulo IV, atendiéndose a los reglamentos, que esta­blecían entre otras condiciones la necesidad de ser eclesiástico para formar parte del coro pontificio, despedía en mayo de 1555 a Palestrina, al mismo tiempo que a otros dos can­tores, Ferraboseo y Barri, asignándoles ex­cepcionalmente una pensión equivalente a la paga completa de 10 escudos, como com­pensación por el suministro de la música. Pocos meses después, en octubre de 1555, fue nombrado maestro de capilla de la Archibasílica Lateranense, donde permaneció hasta finales de julio de 1560, cuando, a consecuencia de la decisión del Capítulo de hacer economías, renunció al cargo. Al año siguiente asumía la dirección de la Capilla Liberiana, donde había sido escolano, suce­diendo a A. Valent. Conservó este cargo hasta el otoño de 1566, aceptando al mismo tiempo el encargo de enseñanza de canto en el Seminario romano, creado hacía poco, a donde llevó a sus dos hijos Rodolfo y Angelo. De los documentos hallados por mons. Raffaele Casimiri, resulta, además, que Palestrina volvió al servicio del Capítulo late­ranense sólo durante la Semana Santa de 1567 (recibió como honorarios, aparte la manutención y la suma de ochenta «bolognini», dos cabritos), y que desde agosto de este año hasta el 31 de marzo de 1571 estuvo intermitentemente al servicio del cardenal Ippolito d’Este, en su vila de Tívoli.

De estos años es la publicación del primer libro de Motetes (v.), dedicado al obispo de Ostia, cardenal Carpi (1563), y del segundo volumen de Misas (1567), dedi­cado a Felipe II de España, a quien dedicará también el tercero en 1570. En el segundo volumen está contenida la célebre Misa del papa Marcelo (v.), a seis voces, compuesta o empezada a componer años antes, en la época del fugaz pontificado de Marcelo II, y que la tradición pretende vincular a la reforma de la música sacra, considerando a Palestrina como «salvador» de ella: esto es, sal­vador del canto figurado (polifonía) que el Concilio de Trento pretendía — se dice — expulsar de los templos. Pero si la opinión sentía la necesidad de una reforma de la polifonía eclesiástica que la hiciera menos complicada y más inteligible — y el mismo papa Marcelo se había hecho intérprete de esta tendencia —, su pretendida abolición resulta totalmente legendaria. La acomoda­ción de las naturales exigencias de la mú­sica litúrgica a las razones artísticas aparece clara en la Missa Papae Marcelli, aunque no se observa en ella un cambio profundo de estilo con relación a las misas compues­tas anteriormente por Palestrina.

La pregonada «sal­vación» puede consistir en esto: que ha­biendo sido encargados los cardenales Vitellozzo Vitelli y Carlos Borromeo del cum­plimiento de las deliberaciones del Concilio de Trento, escucharon, por vía de experien­cia, en enero del año 1565, algunas misas de Palestrina, entre las cuales la Papae Marcelli, de cuya especie de examen salió victorioso el compositor; y ello habría inducido al papa Pío IV a no exigir con rigor la apli­cación de las deliberaciones trentinas, por lo demás harto vagas a este respecto. En cuanto a la obra de arte en sí y a las mejo­ras que la acompañan en la producción del mismo período, se manifiesta en ellas el total y consciente dominio de la técnica del contrapunto heredada de la polifonía fla­menca, pero exenta de aquellos «virtuosis­mos» que a veces la hacen árida, y con la luminosa expresión de un sentir humano transfigurado y exaltado por el sentimiento religioso. Todas las páginas más insignes del arte sacro palestriniano, por lo demás, re­flejan esta suprema armonía de espíritu y forma, la cual se concreta en una plurivocalidad magníficamente articulada, en una majestuosa y esencial trabazón sonora, que no sin razón fue llamada solar y romana a «tutto sesto»; el arte, en suma, precisa­mente, de la Iglesia de Roma.

A finales de 1567 había entrado Palestrina en relación con el emperador Maximiliano II de Austria, quien le ofrecía el puesto de director mu­sical en su Corte de Viena; pero fracasa­ron las negociaciones por las exigencias del compositor, consideradas excesivamente gravosas (400 escudos anuales), y se prefirió a Filippo de Monte, que percibió 300 escudos. Al año siguiente, nuestro composi­tor trababa respetuosa amistad con el duque de Mantua, Guillermo Gonzaga, compositor aficionado, que en lo sucesivo enviará en muchas ocasiones sus composiciones a Palestrina para que las revise y le encargará, además, que escriba misas y motetes para la iglesia de Santa Bárbara, hecha construir por él en Mantua. La relación entre el duque y Palestrina duró hasta la muerte de Gonzaga, ocurrida el 14 de agosto de 1587, a pesar de que cinco años antes el duque había rechazado el ofrecimiento de Palestrina de asumir el cargo de director musical en su Corte, también en esta ocasión por las condiciones excesi­vamente gravosas impuestas por el compo­sitor (200 ducados anuales, alojamiento y manutención de toda su familia y gastos de viaje de Roma a Mantua).

De todos modos, se debe a la intensidad de estas amigables relaciones un notable grupo de composiciones que Palestrina escribió para el du­que, entre las cuales las 10 Misas, llamadas precisamente por ello «mantuanas», que no se han encontrado hasta hace poco, después de la segunda Guerra Mundial, por el his­toriador de Palestrina, Knud Jeppesen, en el Fondo Santa Bárbara de la Biblioteca del Conservatorio de Milán. De tal grupo forma parte, al decir del mismo Jeppesen, la úni­ca misa para voces «mutate» (Sine nomine) que se conoce de Palestrina. Mientras tanto, a la muerte de Giovanni Animuccia, en 1571, le había sucedido Palestrina en la dirección de la Capilla Julia en San Pedro, puesto que conservó hasta su muerte. Pero una serie de desdichas habían de afectar poco des­pués la vida del compositor: la muerte de su hijo Rodolfo, músico de buena repu­tación, el 20 de noviembre de 1572; la de su hermano Silla, el 1.° de enero de 1573, y dos años más tarde, la muerte de su se­gundo hijo, Angelo. Sólo sobrevivió el últi­mo, Iginio, quien en 1576 casó con Virginia Gurnecci, teniendo de ella diez hijos. Pero otra desgracia se abatía sobre el maestro: la pérdida de su mujer Lucrezia, el 28 de julio de 1580.

Pareció que Palestrina no había de rehacerse del duro golpe. Resuelto a tomar las órdenes sacerdotales, presentó una ins­tancia en tal sentido al papa Gregorio XIII, quien con viva satisfacción decretó el opor­tuno breve. Mientras el «clericus» (así de­signado en el documento pontificio) se aprestaba a recibir las órdenes menores, ocurrió un hecho nuevo que le hizo renun­ciar a su propósito. Habiendo conocido a una rica viuda romana de cuarenta años, Virginia Dormuli, propietaria entre otras cosas de una peletería, casó con ella el día 28 de febrero de 1581. Con esta unión, que produjo al mismo tiempo sorpresa y pena, se introduce Palestrina en una actividad mercantil que mejora sensiblemente su situación eco­nómica. Interviene provechosamente en la marcha del negocio, compra terrenos, cons­truye y arrienda casas y aumenta, en suma, notablemente sus rentas. A este propósito, se ha dicho por muchos biógrafos que Palestrina amaba mucho el dinero. En realidad, de­dicó gran parte de sus nuevos ingresos a la publicación de muchas de sus obras hasta entonces inéditas.

En los últimos trece años de su vida, precisamente de 1581 a 1594, fueron publicadas no menos de dieciséis colecciones de obras diversas: tres volú­menes de Misas, tres de Motetes, tres de Madrigales, dos de Ofertorios, dos de Leta­nías, dos de Lamentaciones (v.), uno de Himnos, uno de Magníficat: un conjunto imponente, que Coates estima en unas cua­trocientas composiciones. Bien puede de­cirse que su vida se desarrolla ahora tran­quila «entre la iglesia y la casa», sólida­mente sostenida por la estimación univer­sal y por la prosperidad económica. No había conseguido, sin embargo, volver a entrar en la Sixtina, aunque el papa Peretti (Sixto V), elegido en 1585, había reformado la constitución del clero sixtino aboliendo la antigua cláusula que establecía el estado eclesiástico de los cantores pontificios; pero decretando al mismo tiempo que el cargo debía corresponder a «los miembros del coro por orden de antigüedad». Ello fue causa de no poca amargura para Palestrina, que se veía excluido así para siempre «de lo que había sido su máxima aspiración y la constante esperanza de su carrera romana: el cargo de maestro en la Capilla pontifi­cia» (Liuzzi).

En enero de 1594, cuando se daba a la imprenta el VII volumen de Mi­sas, se veía atacado Palestrina de repentina enfer­medad, y el 2 de febrero, fiesta de la Puri­ficación de la Virgen María, rendía el alma en su casa situada detrás de la basílica de San Pedro (en el callejón llamado desde entonces «del Pelestrino»). Fue sepultado en San Pedro, al pie del altar de la «Ca­pilla Nueva», en medio de unánimes mani­festaciones de pesar de «los músicos de Roma y de una gran muchedumbre popu­lar». En su caja de plomo se colocó una inscripción que rezaba «Musicae Princeps». Dejaba un ingente repertorio de obras edi­tadas y no pocas inéditas, que fueron apa­reciendo en años sucesivos. Pero hasta fina­les del siglo XIX, cuando renació el inte­rés por el arte de Palestrina y se emprendieron serios estudios sobre su producción, no se procedió a la publicación de la obra com­pleta, en treinta y tres volúmenes (de 1862 a 1903), por iniciativa de la Casa Breitkopf y Haertel de Leipzig.

La publicación de la Opera Omnia en Italia dio comienzo en 1939, con la edición patrocinada por los hermanos Scalera y dirigida por Raffaello De Rensis. El Instituto italiano para la Historia de la Música se ha asociado a las ediciones Scalera a partir del tomo XVIII. Es de no­tar que de la producción entera palestriniana, ya la publicada en vida del com­positor, ya la póstuma, sólo se conocen poquísimos manuscritos autógrafos, el más importante de los cuales es el códice 59, encontrado por Casimiri en el archivo mu­sical de la Basílica Lateranense, y que comprende, entre otras composiciones: La­mentaciones, Antífonas, Himnos, Salmos e Improperios (v.).

L. Colacichi